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sábado, 23 de octubre de 2010

Las edades de Odetta.


Una pequeña mujer, arrugada por la espalda, como si un cristalino y tenso sedal intentara coserle la boca a los pies, buscó acomodo a su mecida silueta junto a la joven encinta. Odetta, como así se llamaba la presunta bienaventurada, saboreaba, con una mano relamiendo su vientre, fotos de niños preciosos estampados en una revista desvencijada que se consagraba a la algodonada temática del bebé. A su lado, invadiendo la intimidad de su espacio, respiraba aquella mujercita plegada, que no era todo lo mayor que se esperaba de ella pero el polvo de una vida errante incrustaba en su alma su remanente, apelmazando piel y corazón. El declive de sus vértebras era, en todo caso, hereditario.
Visualmente, el acoplamiento entre el inflamado vientre de Odetta y la cóncava mueca del cuerpo de Reina era perfecto, como dos piezas de un puzzle condenadas a encajar eternamente una con la otra. Como lo era, perfecta también, la antítesis formada por el reflejo que manaba de cada una de ellas: Odetta esparcía vacío, aquel que siente una preñada que sabe que no va a poder renunciar al amor de un mínimo cuerpo, de un ser no nacido que se oculta en sus entrañas, un desconocido que, haga lo que haga en la vida, dispondrá eternamente del latido de su madre, de tal modo que, simultáneamente, se gesta feto y devoción en el cuerpo de Odetta; en cambio Reina escanciaba plenitud, se le caía de los ojos, pese a su vientre mordido y succionado por el vértigo que produce la hambruna en el estómago. Y así, sin ellas saberlo, existían como dos caras de la misma moneda y, como tales, era imposible que pudieran compartir una mirada mutua, asomarse a las retinas de la otra.
Al parar el autobús Odetta se levantó del asiento y dejó en él aquella revista, de madres cariñosas y bebés felices, de la misma forma en que la había encontrado, abierta por una rígida página de publicidad. Odetta se desvaneció por la bajante del autobús y Reina, con un movimiento mecánico e incluso intuitivo, cogió aquellos papeles preñados de imágenes de niños pelones pues alguna utilidad podría sacarles. Ninguna de ellas se dio cuenta de la presencia de la otra. Tampoco sabían que se volverían a encontrar, que estaban condenadas a encontrarse.
Fue en un banco anclado a un viejo parque, en un banco cansado de esperar… Fue Reina quién consumó el encuentro con él, la que daba vida a la madera del asiento como si fuera su barniz, y los dos juntos, Reina y el asiento, respiraran a través de un cuerpo que no era de ninguno de los dos, ni siquiera del banco. Entonces una joven ensombrecida aplomó sus carnes frías junto a la mujer mecida. Y ambas contemplaron sincrónicamente, como si un mismo control remoto sirviera para sus dos cabezas, el espacio que había entre ellas y las estrellas. Del mismo modo se levantaron y buscaron otro tipo de silencio, desapareciendo cada una hacia cada lado, y el banco volvió a su estado de inexistencia.
Pasaron dos años y Reina, callejera indomable, ya se fundía con asfalto y comía luz de farolas y mendrugos de pan rellenos de cotidianeidad de otros. Quería atrapar a un pequeño gorrión caído pero su espalda ya no se enderezaba como antes, estaba definitivamente cosida hacia sus pasos y no podía alcanzar la rama que acogía a una vida parecida a la de ella. Al tiempo que alzaba su huesuda mano hacía el gorrión la ráfaga de una mujer se detuvo ante la imagen del pájaro. Su tristeza parecía querer las alas del ave y su cuerpo frío ansiaba ser ocupado por otro ser que le diera más calor, otro aliento que no fuera el de Odetta. Cuando Reina giró, como pudo, sus hombros al sentir la presencia de Odetta, ésta ya estaba a años luz de la escena.
Otro reencuentro se produjo en un cine desmantelado a las afueras de la ciudad, otro más en un callejón de oscuridad amarillenta, dos veces aterrizaron sus rostros al mismo tiempo sobre el cristal del escaparate adornado con ropas de bebé. El reflejo que ambas proyectaban ahora parecía encontrarse, al igual que sus cuerpos: Odetta estaba llenándose y sus ojos se comían el aire mientras Reina estaba ya saciada de todo lo que había comido. Incluso la espalda de Odetta se solidarizó con la de Reina pues una leve languidez tapizaba su dorso esbozando su silueta el contorno de una nota musical que buscaba incesantemente a la clave de sol representada por el cuerpo de Reina.
En el autobús urbano ya solían acomodarse una al lado de la otra pero sus ojos seguían sin asomarse al balcón mutuo pues continuaban siendo dos caras de una misma moneda. Pero poco a poco la realidad comenzó a descartar la coincidencia y su bagaje compartido las llevó al mismo hospital…
Iban cada una en su camilla con la cabeza ladeada y la mirada perdida, tal vez en la vida de la otra. El historial médico de ambas era el siguiente:

Fecha de ingreso: 2 de octubre de 1.988.
Nombre del paciente: Dª Odetta Alminar Redken.
Fecha de nacimiento: 3 de mayo de 1961.
Dirección: C/ del Árbol Seco, número 11, 3º.
Causa de ingreso: paciente que presenta lesiones en brazos y piernas producidas con arma blanca y con un cuadro de depresión severa probablemente debido a trastorno esquizo-afectivo sin diagnosticar.

Fecha de ingreso: 23 de enero de 2.008.
Nombre del paciente: dice llamarse Reina. (no posee documento de identidad)
Fecha de nacimiento: no sabe.
Dirección: no sabe.
Causa de ingreso: rotura de cadera producida por caída desde la rama de un árbol de un parque público, a dos metros de altura aproximadamente.

Por supuesto, se volvieron a encontrar. Y fue en el mínimo espacio del ascensor del hospital, cuando sus camillas chocaron inevitablemente. Las cuatro retinas se buscaron y al fin se dieron cuenta de que pertenecían a la misma persona.
De este modo Reina recordó quién había sido y Odetta supo en quién se convertiría.




(Imagen perteneciente a la obra del artista Vladimir Kush titulada To the top. http://www.vladimirkush.com/)
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Las edades de Odetta by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

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