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jueves, 28 de julio de 2011

Amanecer en clave nocturna



     

Lucerna matutina, no me cosas con ansia a mi esqueleto, deja que el ocaso me deshuese y así no habrá acueductos que encaucen mi carne.


La noche es para morirla, para arrastrarte sin que nada te componga.


Arpón constelado, desentierra de mí esta alambrada, desclávame el barrote sumergido que encarcela desde adentro, como una estaca apuntalada por derrames.
     
Hiérveme con ascuas de pantano y escúpeme el destello inyectado por tu barro. Este aerosol me perfora inversamente, igual que una vidriera de llovizna arruinada por el óxido.


Transfúndeme tu oscura sotana, quebrántala sobre estos relámpagos de seno y sangre, como desliz de pantera que descarna con sus fauces mientras besa.


Frota tus terrones de crepúsculo a mis yemas, que las varas de este billar ya no necesitan azules. Golpéame contra una bóveda de perla que de luna es para rendirse.

Este sudor antiguo simula un fósil de redes de bahía. Patíname entonces y espúmalo… aunque has de lloverlo antes, que fue rocío de ardor y reconoce su ciclo.

Te susurro desde estas tejas, o cánulas de labio y de locura, empeñando tan sólo la ocasión y tan poco el verbo. Y cada vez que la holocáustica alborada te ejecuta y seguidamente te absuelve, a ti, porque sabe que eres su fosa irrefutable, me intenta cardar en silencio los escombros pero crujen como pólvora sin gobierno y, por tanto, sin derrota.

Resbalemos siendo culebras mudando su escafandra y así nos recordaremos como lenguas confundidas pues nunca podremos distinguir de quién fue el cuerpo o a qué temblor pertenecimos.

Hazme de ti la sombra que nos pertenece, restituye a la luz tu sepulcro y quédate sin nombre, porque esto son estados donde el ser ya no tiene cabida y a donde nunca pudo llegar el hombre, que sólo busca identidades.

Enciende con tus brasas de ónice toda esta sangre que al fin se eriza sin cortafuegos ni presas. Ya sabes que ningún brillo negro pudo jamás apagarse.







Imagen perteneciente a una obra cosecha propia (o sea, pintado por mí, que me cuesta decirlo), óleo sobre lienzo titulado "Éxodo".









  Licencia de Creative Commons
Amanecer en clave nocturna by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

domingo, 17 de julio de 2011

Génesis 0.0

       




       



        Cuando los hombros se derrotan proyectamos una sombra de hórreo, resignada, desidiosa.
La boca, única branquia que puede renacer engullendo a nudos el aire mientras oculta las patadas de su duelo.
El ocaso, noray de la conjura.


Le separo las nalgas a la noche y un ascua blanca se aprieta en un abismo de barranco. Parece un esputo terminal que reverbere encallado entre muslos sucios y tristes.
       
        El frío se desaprende, al igual que el miedo. No tiritaré, no enhebraré con vello el aire, no me escanciaré un cerco fraudulento para rendir la razón a su muralla. Veneramos a una cáscara inextricable que nos aísla de la terminación de nosotros mismos. Y dentro de ese caparazón existimos como cigotos exaltados.
        Y dentro de su vanidosa metralla cada hombre es un órgano que proyecta la divinidad para sentir el mundo.

       
        Decido despeñarme hacia la flema. Caigo abocardada como un borbotón de sangre o un reflujo de esperma (quién sabe si en una u otro se gestó la constelación de mi demencia).
        Mientras desciendo me destruyo, como rapaz que olvida su vuelo en el umbral del barrote, que hinca el préstamo de su carne y esqueleto hacia la faringe roída de su carcelero.
Intentamos burlar la deriva del camino primigenio, la ley que nos expande hacia lo incierto. Pero ahora, proyectil de sacrificio, empiezo a saberme materia…
       
        La vista, azotada por el vértigo, va demorando la imagen del ascua. Al fin aterrizo ilesamente, impugnablemente. Me cierno sobre el origen de aquella lucerna blanca: es una vaina de migas de nácar. Nada flanquea la indivisible rotura de su iridiscencia aunque presiento cercana la masculinidad del océano, se revuelcan los gramos del subsuelo. Si no fuera de sal mi coronaria ni la posidonia se hubiera blandido sobre estas encías no habría rumbo para descarrilar mis pasos. Y como esqueje que soy de marea, rauda encuentro la playa o una orilla de inhóspita rabia.

Nunca aparto la boca del agua, es un conducto.
Que se reconozcan en este paladar los naufragios, que se espeje la saliva con el fanal del océano, siempre fui el faro de los tercos.

Presiento que va a comenzar una adoración inverosímil, previa a su propia causa, razón o discernimiento.

El océano se espuma y jadea mortecino. Si el horizonte siempre gozó de solemnidades exento de verticalismos, ahora sus aguas irrigan pértigas que aguijonean a la mismísima autocracia de los cielos. Se erigen desde la lejanía como escarpias sin ley ni bautismo, como aspersiones desquiciadas, como hilos de baba de unas fauces inmensas que van aproximándose a la costa.

Retiro la visión, por extremista, y miro la franja de este litoral poseso. Veo cáscaras asfixiando la orilla, crujen como fritos de cerámica vidriosa y pretenden emular cadáveres de conchas pero son uñas desprendidas de seres indecibles. Los conozco a todos ellos, sé de sus patronos, de aquellos que las abandonaron declinando forcejeos. Todavía no entiendo la causa de esta insostenible certeza.

        Cuando reintegro mis córneas al océano descubro que aquellos mástiles disléxicos son ristras infinitas de presencias envueltas en mortajas sombrías (o así mi todavía conciencia lo registra). Se atornillan contra el aire levitando con el torneado propio de columnas salomónicas o tal vez son cadenas de ADN de la misma muerte.
        Comienzo a sentir la preexistencia de mis talones milenarios. Percibo cómo me voy aproximando a mi mismo cuerpo… sin embargo  permanecimos incrustados a esta orilla bulliciosa y arañante todo este tiempo,… no es posible. La confusión propia del laberinto entierra sus pasadizos en una clarividencia nunca antes conocida…

        A lo lejos se apolilla una pequeña figura al tiempo que se acerca hacia nuestro destino. Escucho los golpes de su pensamiento en el mío. Se registran sus pasos en mi carne, también sus desvaríos. Dice que todo lo que acontece aquí sucede fuera de tiempo y de la historia, no está catalogado, es previo a sí mismo. Mientras me usurpa pensamientos propios va susurrándome otros de su cosecha: ¿Quieres tocar lo que no han tocado antes los hombres? ¿Quieres escuchar lo que nadie todavía escucha? ¿Quieres que tu cuerpo se mueva a espaldas de tu consentimiento? Verdaderamente todo está por crear.

        Y ya no sé si me acerco yo misma o es la silueta la que se aproxima, si me conozco o me reconozco. Miro de nuevo el hervidero de uñas… sí, allí subsisten ahora las mías, junto con las nuestras, las distinguimos sin vacilaciones, allí se eternizan antes de su coexistencia.

        El contorno y yo nos sorbemos recíprocamente la visión y cuando advertimos que siempre hemos sido la misma vida, idéntico organismo, empieza a engullirnos hacia sí el tornado: a mí, a la mujer inescrutable, y a mí, a un anciano extenuado y errante.

        Percibimos como propias todas las inflexiones de los que generan la tormenta de sudarios, hasta que pasamos a ser del tornado, de la misma materia y única precognición verdadera.

Compartimos preexistencia, Una, Indivisible e Infinita.

Pronto inventaremos la fe en los edenes y perderemos el tiempo en aplazarnos, en diferirnos. Nunca nos alcanzaremos





Fotografía pertenenciente a la obra de Mitch Dobrowner, "Wall Cloud" ( http://www.mitchdobrowner.com/)








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Génesis 0.0 by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

domingo, 10 de julio de 2011

Embrión de poetas (Dedicatoria)



(Dedicado a Scarlet 2807, Rossana Arellano, Mercedes Ridocci, Julio Díaz-Escamilla, Toro Salvaje, Mixha Zizek, Diana Profilio, Pierrot, Raúl Ariza, Beatriz Cáceres, Morgana, Jorge Rodolfo Altmann y Eurice)

Nunca se besaron
Sus costados
Las almenas
Aun formando parte
De la misma huella.

Nunca el páramo dobló su espalda
Como una estera sumisa
Para abrirse a la floresta y al grano.

Nunca se alzó el crepúsculo
Para que la alborada midiera su fuero
Ni el hilo del ocaso
Brocó magnolias de magma.

Nunca lamió la espada
A la fragua que la tienta
Ni agrietó la escarcha su molde.

Nunca la ceniza resurgió como arteria
Ni los líquenes rodaron
Como egagrópilas de mármol.

Nunca el eco selló la garganta
A su frecuencia
Y rebatió su vasallaje
Por clamar su credo antes
Para invadir como elixir el aire
Con la extirpe torrencial de la insistencia.

Nunca se taló al rocío
Para honrar a los estratos de su fuente,
Ni se prendió cual brecha al témpano
Para forjar la blanca sierpe
Que al elevar el pálpito traza
El buche de su pájaro.

Nunca el éxodo fue más célula de labio
Que de andadura
Ni unos pétalos libaron
Tanta vendimia de polen
Para saberse manos.

Nunca el cristal
Atravesó la nube
De su eterna transparencia
Ni hubo lágrimas de albatros
Que golpearan
Idéntica cresta marina.

Pero ahora
Entre huestes de granizo incierto
Todo lo imposible se realiza
Y entre odas cenicientas
Intuimos el sabor de las mejillas.

Le pedimos a las moras
Que se abran como dedos
Para envolver a cada amanecida
Y como pértigas de helecho fatigado
Desplegamos las pestañas y la vela.


Y si en el útero materno
Nunca consiguieron
Brotar las alambradas
Este embrión de poetas
Es un puño, una fragua,
Es un único cabello que eriza su savia,
Es el filo de la sombra que a la luz baranda.

Y cuando las hogueras se derrumben entre niebla
Allí subsistirán las brasas, antes que las teclas.






(Imagen perteneciente a la obra de Vladimir Kush, "La danza del fuego").










Licencia de Creative Commons
La emocion indomable by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.


(Dedicado a Scarlet 2807, Rossana Arellano, Mercedes Ridocci, Julio Díaz-Escamilla, Toro Salvaje, Diana Profilio, Mixha Zizek, Raúl Ariza, Pierrot, Morgana, Beatriz Cáceres, Jorge Rodolfo Altmann y Eurice)

miércoles, 6 de julio de 2011

Poema dedicado de Mercedes Ridocci

 

CICLÓPEO PICO - a Gabriela Amorós -




a Gabriela Amorós
http://www.laemocionindomable.com/


En lo alto de un cerro habitan letras blancas sobre páginas negras.
La sabia y joven reina del singular pergamino,
ataviada de azabache y claros de luna,
me recibe entre jeroglíficos de palabras.

A ciegas palpo los conductos de su alma,
a tientas recorro sus atávicos enigmas,
respiro sus símbolos secretos.

Poco a poco mi cuerpo se transmuta en águila.
Planeo sobre su feudo.
Con vista sagaz arranco con ciclópeo pico
luminarias de su piel sapiente.

Alzo el vuelo y en la distancia aún puedo sentir en mi costado
la cómplice sonrisa de la soberana reina del lugar.

Mercedes Ridocci


     Este es el comentario de Gabriela Amorós, espero paseis por "su reino" y saboreéis sus letras

    Una Reina evanescente traspasa el alambique de mi alma para magnificar el Imperio del Aire, para irradiar su néctar de ocaso y convertir a la noche en un mero disfraz.
     Majestuosa y libertaria tu presencia, Mercedes, mi amiga, poeta y belleza mecida por el éter, la presiento unas veces en mis textos y otras me deleito descubriéndote, sabiéndote en los mundos que me impulsan a escribir,... aunque otras veces siento que el pálpito de mis dedos sobre las teclas son obra de tu danza hechizada.
     Es un poema increíblemente maravilloso, de un impulso visual poderoso y un mensaje intenso. La imagen que elegiste me ha parecido muy especial y es curioso que así me imaginé el escenario.
     Gracias amiga mía, mi admiración y cariño, mi emoción por estos versos que me dedicas y también por toda tu obra poética que sabes que está hermanada con la mía.

     Ha sido maravilloso saberte aquí en la blogosfera.

     Un abrazo infinito.

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     En el universo de Mercedes descubriréis un don que sólo pocos poseen. Si bien nuestro lenguaje escrito muchas veces deviene en insuficiente por no alcanzar la inmensidad de nuestras emociones y estremecimientos, la composición poética de esta Reina evanescente no sólo la constituye un océano de escritura excelsa sino que su cuerpo, libre de sedales y de redes, sí es capaz de expresar todo aquello, sí es capaz de descubrirnos que los contornos de la atmósfera pueden ser movidos por su danza, que es ella la soberana de su envoltorio, que hechiza la brisa con los gestos de su libre albedrío corporal para fundir su halo a lo intangible y que, en todo caso, los hilos son los del aire, que enreda a su antojo porque es su telar simbiótico.
     Iba a poner el enlace sin más pero me es imposible no seguir hablando de Mercedes Ridocci pues es un lujo encontrar esta bellísima trinidad entre escritura, danza y generosidad. 



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