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miércoles, 11 de enero de 2012

Cauces de centeno

Burdeles de luz,
Rutilantes avenidas,
Si sólo soy un noray nocturno
Arrancado del fango del suburbio
que ansía amarrarse a sus heridas.







En un callejón de brillo jugoso, donde noche tras noche los contornos simulaban cuarzos lunáticos incendiándose en charol, ocurría algo sutilmente profundo. Dos enigmas se engarzaban en una sucesión de cópulas diferidas. Cada fugaz estremecimiento ahogaba el inicio del siguiente de modo que nunca se alcanzara la precisión de lo absoluto.
Si el ocaso -que en esos instantes rompía- se desfondara en su propio desguace, existirían los borbotones de ónice más que de nube o todo el carbón atormentado de la historia parecería ascender a la espera de su canonización vertical e irrevocable. Pero cada rigor de atmósfera negra no era obra de ningún cráter ni de un titán de grava incandescente. Era la consecuencia salvaje de aquellas arcadas de fiebre que en sí mismas protegían su secuestro lanzándose como cauces de centeno hacia el infinito.

Estos flujos de copo aporreado pudieran ser o bien eclosiones de una progenie transitoria -que aquellos dos enigmas tendieran a engendrar con cada privación de máximos- o algoritmos torrenciales que revelaran la verdadera sinrazón de tales enigmas.

Pronto supe que los géiseres que abrían el éter eran poemas.



Burdeles de luz,
Rutilantes avenidas,
Si sólo soy un noray nocturno
Arrancado del fango del suburbio
Que ansía amarrarse a sus heridas.


Vivir como un seísmo
Robado al inframundo,
Como una carótida exhumada.
Hay lenguajes de abismo
Que rebañan el nirvana.

(Hurgad esta alborada
Y desclavarme de su beatitud).

La verdad comienza
En cada punta de lanza,
El resto es sólo esclavitud.


La eslora de una mano
No se ha de medir a puños,
La profundidad de un grito
No se calcula con bengalas,
No se calcula.
No se traduce la fisura
Ni el miedo se pospone.
No existe en el fuego
La precisión o el orden,
Ni la furia de las bestias
Se podrá jamás besar.


Fastuosos tejidos,
Flamantes discursos,
Tan impecablemente encauzados,
Como glandes de mármol
Púdicamente endurecidos
Para servir a la golfa eternidad.


Disfrazada de sed
Es posible que me encuentre la boca.
Disfrazada de atasco
Podré rebuscarme,
Removerme
O precisar incluso mi escombro.
Y una flota de alientos
Encallará en tanto derribo
Y al fin dejarán de picotear.
Entonces mis pestañas corsarias,
Entonces el pómulo bandido,
Emprenderé más batallas,
Socavaré a los benditos
Con tan sólo gesticular.
No, hoy voy a desarmarme,
Hoy únicamente sostengo
Coraje sencillo,
No es más que eso,
El de una loba galopada
Que por mucho
Que la vejen
Para hacerla ladrar
Nunca renunciará a su aullido.



La imagen pertenece a la obra de la fotógrafa Susan Burnstine


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Cauces de centeno by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
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