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sábado, 28 de mayo de 2011

Cópula Iluminata







     
      Estas dos manos, apariciones marianas de lo cotidiano, pretenden a su carne cual ramera arrepentida para acotar la devoción de la búsqueda, para ser contempladas como el limbo del tacto.
      Estas dos manos, embaucadoras sacrosantas que rozan apenas manivelas como asen los lirios las vírgenes, tal bocinas invisibles que causan la sordera de la lucha.
      Estas dos manos que beatifican el impulso del roce para esgrimir el grito triunfal del engañado, “al fin lo he tocado”, “por fin lo he sentido”… No, no habrá fin, no habrá desenlace al desplazar la materia. La causa.

      Distinguir una puerta de su ostentación, abortar la sombra del linaje del marco, moldear el umbral en cualquier mendrugo para penetrar sibilina e involuntariamente, como un vello aguijonea a su poro,… igual que copular antes de intuir el deseo de serte atravesado. El objetivo.

      Escaldar el tacto, pero no bajo estridente ebullición anclada a alguno de los tres estados. Lo haré con el tórrido rotor del Faro, borbotón que quema mira y lame, arrastra ojo y su derrame, descarna y descarga otorgando al estigma el don de la cóncava llaga. El método.

     
      Cuando las manos arden en quinqué poseso que espera un exorcismo su antorcha confiere… sabe que ha de saltar a otro cuerpo.




      El ocaso palpita. Camino hacia el Faro. Su glande sacude en rotación un chorro de polen. Extasiada en su base provoco a la puerta y se frunce. Penetro y subo peldaños como tabletas obscenas, recostadas disputándose la erección vertical del eje. Este andamio de lengua y deseo culmina en un nudo de escombro. Distinguir la puerta de su ostentación… vale, la desgrano sin contratiempos. Ya me espolea la pirueta demente del foco…

      No expongo sólo las manos, me trilla, me apuñala toda la carne y esqueleto. Y luego desova en su giro hacia la luz del otro faro, el de la isla, justo cuando ambos se besan al chocar la fulminación de sus rayos. Y en esta transfusión lumínica que sólo los faros acaudalan viaja mi contorno humano, transita de haz en haz cada vez que un faro vomita en otro su lucero. Recorro mundo. Tiemblo.

      Decido volver sin silueta y llueve.

      Lluvia: punzadas de aguja anfibia, metrallas de pasta de larva que zurcen volúmenes.

      Charcos: guijarros sin piedra que parten la pierna mitad en ameba y mitad en indignación.

      Jadeo: apuñalar con vacío y guillotina la ráfaga interna, puntillear el aire con aire, los pasos de la mudez.

      Luna menguante: visera de las tinieblas contra el titilo, guadaña de glaciar luminiscente, asoma el párpado el invierno.

      Sorpresa: Pero… ¿Qué haces ahí empapado? No te esperaba esta noche…

      Tú: Andén estepario que trasvasa raíles a mis brazos para encauzar al deseo, pecho de magma que huracana a embestidas.

      Yo: Papel que ansía su origami para existir más en cada doblez que en el cenit de la obra o una raíz de viento.

      Momentos: Membranas que desean fumarse, cabellos que lamen caldos frotados, aullidos invisibles que inflaman los huecos con ortos, horizontes de frisos que anuncian diagonales,  sollozo de cáliz triste y caliente, en los vapores de lidia toda fisura es preludio…

      
      Movimientos: apuntalas al fango, elevas y vuelves a estocar en el molde mojado, enhebras vértebras y tricotas mi médula al barro y tricotas el labio, coses la fuente para que estalle en derrame estrangulado a tu riego, irrigas con vértices y esponjas, saldas tu gozo con la fiebre de mi escote, atornillas el flechazo al eco candente, y muerdo las fugas y tose mi vientre cada vez que lo agitas… espasmos, Universo, temblores, Universo, descargas, Universo, la lluvia es harina de centella o Cúpula de Universo…



      Cuando dos arcos cohabitan para transferirse su peso la luz de algún faro tropieza el silencio.





      Imagen titulada "Ortos", cedida por Joachim&Malik. Podéis acceder a su espacio a través de este enlace: http://www.joachimmalikverlag.blogspot.com/















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domingo, 22 de mayo de 2011

Rapsodia Africana






      Un cardumen de escuálidas crisálidas, un racimo de balas oxidadas agrupa grupa para fingir más carne. Los niños tienen hambre.

     
      Una espuela líquida nace témpano al contacto con el émbolo, un espasmo de saliva liga miga al caer al monolito de nómada barriga, gónada de glabro barro o de arcilla. Las mujeres preparan la comida urdiendo con baba y vara la vasija.

     
      Unos frisos resbaladizos, lisos, abortan en anzuelo de pañuelo, un magma graso de ocaso, una azabache mucosa, oleosa, afloja el nudo del blasón con secreción o brillo de unión. Las mujeres sudan sus mentales pañales con las frentes fulgentes al sol.

     
      Una majada excretada apuñalada al vapor de los tempos indica que derrochado el hedor mordedor deviene en adobe que robe de lanza al cazador; esta proclama reclama al escultor, el de los templos de olor, el de hediondo y hondo adoquine que de la sed libe al aljibe para fundar el hogar del calor. Los obreros alfareros preparan ungüento para orlar los cimientos de las casas del poblado.

     
      Una rama de mojama reclama que se abra la bisagra de la magra, asada, calcinada, mientras su sepulturera espera que aquel que la venera le devuelva el estertor con maltrecho pecho acechado, chamuscado de dolor. Una criatura supura, agoniza y se eterniza blandiendo un brazo hacia la mama disecada de su madre.

    
      Unos grumos de lata que mata enmohecida, esgrimida con terrones saltones que titilan sus esquirlas como espejos al reflejo de la vela que vuela son el lastre de arrastre de una manada de cada ovada siendo esquela de oscura travesura que es locura de cordura. Los púberes del poblado fabrican cacharros con barro y metales letales.

     
      Un manojo cojo de agujas que se estrujan con ambos fardos de dedos maderos, austeros de buscar el lunar, la acupuntura de la cultura, de la cata inmadura que escapa a la llanura. Los hombres del poblado repliegan andanzas agachando lanzas tras un día fracasado de caza.

     
      Unos cárnicos tiranos habituales organizan rituales, tales que una eunuca punzada se presagia en todas las casadas ajadas que se apilan y vigilan para servir sementales panales o afilan sus males en comunión, se acerca el tajo y en connivencia el badajo que cumplirá la decencia de la opresión. Las ninfas vaginales entregan su vaina a la ablación.

     
      Unas alas ralas de vencejo a pellejo al tiempo que penden de los viejos se venden al entorno a partir del torno del contorno que se arruga para urdir la fuga de la piel de papel que ruge y cruje hacia el último memento de cada momento, hacia la postrimería de esta entropía, de esta casquería rústica y fatídica que desvaría de insuficiencia de músculo, glándula, cálculo, fécula, carne en las varillas, papiros de rodillas, ombligos que se astillan, maquetas de chuletas sobre un fondo de arcilla, calcos de pliegue que clonarán su despliegue una y otra vez… Los ancianos del poblado acicalan sus huecos y recovecos con trapos, harapos y huesos para completar el osario o este glosario.



     
      …Para fingir más carne, con baba y vara la vasija, sudan sus mentales pañales, derrochado el hedor mordedor con maltrecho pecho acechado, chamuscado de dolor, son el lastre de arrastre, la acupuntura de la cultura, para servir sementales panales hacia el último memento de cada momento…


Un cardumen de escuálidas crisálidas,
Una espuela líquida,
Unos frisos resbaladizos, lisos
Una majada excretada, apuñalada,
Una rama de mojama,
Unos grumos de lata,
Un manojo cojo de agujas,
Unos cárnicos tiranos habituales,
Unas alas de vencejo a pellejo,
La acupuntura de la cultura.






Imagen perteneciente a cosecha propia, Dibujo nº 1 de la serie "Sociedades Amorfas" (tinta sobre papel)






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miércoles, 18 de mayo de 2011

Sermón del Hambre




Si la cornisa del beso es su huella
O es en la ajena colilla
Donde prende la vuestra,
Cuando de estaño desale un alguero
Vuestra matriz o a su arquero
Pensad en el hambre.


Liba el río su cuenca
Para trenzar el barro,
No entendáis que entendéis algo.


Los lagrimales del trigo
Si los lloras alimentan,
Igual que de patata el dolmen
Y su viruta, postal de guerra.


Si la colmena es maqueta de polen
Y el azafrán únicamente es su hebra,
La aleación de codicia
Es sólo ovario y esperma.


No retocéis en los sudarios,
Que la muerte es sólo hambre,
El que la vida reclama,
Del que el sepulcro es su queja.


Si atesoráis demasiada costumbre
Sobre ídolos de níquel
Revolveréis al jazmín
Tal escayola deshilada,
Como los pétalos de leche
Que cambiasteis por metales.


No observéis la carcoma con el diente,
Salivad el crujido con la córnea,
Aquel que seréis
Y ver querréis
Cuando ya sea tarde
Y os devuelva su eco la madera.


No juzguéis el arriendo de la carne
Que juzgar es reprochar
Para fingir un estigma,
Y aquello también es hambre.


Entended el parto de los dedos,
Con sus lúnulas majadas
Articulan dentelladas,
Y las uñas son los frisos
Que preceden al miedo
En el enjambre:
No olvidéis que con hambre
Olvida la piel su estocada.


No profanéis del fuego la inocencia,
Que en el credo de su llama
Hallaréis apostasía,
Adorad al humo
Que sirvió a la indigencia
Y al trato,
Del exilio a la voz,
Del pobre a su equipaje,
Del hambriento a su homilía.
Adorad a la ceniza
Al cardo y al rastrojo,
Que ardieron para aliviar
La piel del oprimido,
Para besarle la quimera,
Para tallar vida en sus ojos...

Mientras tanto la ciudad
Va calzando sus cuchillas
Pues la urbe es liquidar,
Es un serrucho de saldo,
Elevan catedrales
Y cielo está en el fango.

No entendáis que entendéis algo,
Pensad en el hambre.



Imagen perteneciente a la obra El grito nº 1, de Oswaldo Guayasamin (http://www.guayasamin.org/).








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viernes, 13 de mayo de 2011

Mientras pintaba SABBATH






      Una ortiga adolescente, al contrario que la adulta, no puede prescindir de la atmósfera que envuelve su urticaria, por ello la transforma, la hirsuta en trazo.

 ...


      La aleación de piel y lunático satén esquirla la carne por sí misma y gravita en cópula, la de su ignición con éter.

      En el limbo del incendio se suicida la visión, siempre fue así.

      Ora son invertidas bóvedas que se ahorcan en su obscena gelatina, ora nucleares monóculos que penden de cornisas de flama, o crisálidas esféricamente ahumadas por ceniza… Hasta que devienen en meduseos cíclopes sacrificados por la decadencia de su perspectiva, condenados a mirar sin tregua y sin sarcófago.

      …Ya no se les puede exigir a unas cuencas oculares carentes de párpado que mastiquen el enfoque.
      Y bajo el romo de su cosmología hibridan las que danzan copuladas, se aparean con las placas tectónicas de la deflagración del espacio.

      Idólatras aquellas que distinguen la piedra fundida de la lava.

      Por consiguiente, para gozar de esta lúbrica iniciática, el pestañeo está proscrito. Entonces,… transgredamos el mecanismo del ojo y su bostezo recurrente, que más que párpados y córneas desplegamos por inercia dos bocas de pescado que boquean al querer eructar canicas.
      Habrá que transfigurar la fascinación por el espasmo de la brújula cuando la plenitud de su inmovilismo la penetra o llamarlo misticismo de los descarriados.
      Develado el horizonte prosigamos entonces urdiendo magma.
     
      El fuego se lamina para alojar secretos entre lascas de piromanía. Pero aquellas aureoladas deidades no consienten que el placer no se comparta. Entonces démosles onzas de fogata con la impronta de la fornicación extasiando la punta de cada espelma. Ofrezcámosles todo lo que demanden para concluir la obra sin contratiempos… aunque, merced de su voluntad, este expresionista invernadero comienza a ser más suyo que del intrínseco cultivo.
     
      Y cada vez que se acercan los dedos a la tela aúllan frecuencias arcanas… descubro que el propio lienzo es un theremín compartido. Cuanta más materia inyecto más deseos de rebatir su evanescencia atesoran estas meretrices, embaucan con cánticos de crines intuidos.

      Aquellas cuerdas invisibles estiran del cráter, se aseguran de que la mano consume la erupción de su emboscada.

      La tiranía se estimula con ceguera.

      Los parámetros se forjan con otras medidas decretadas; éstas, a su vez, se crean con leyes y órdenes sedimentados en terca nervadura… La vida que hemos construido es un aula de moral entumecida, con cimientos de juicio sobre juicio, norma sobre norma. Allí se asientan los tiranos, encima de peldaños de párpados obtusos.

      ¿Dónde está el chasquido en la maqueta apelmazada?

      Sí, la ambición de los íncubos siempre fue aquel crujido que la debilidad suplanta por razón adiestrada.
      El ciclo del espectro se desata en el arte y la pintura.
      De modo que, al tiempo que blandía rígido nervio de pincel, brotaba de un segmento infinito; sí que existen tales.

      Culmino y maldigo al rebuscar algún rincón para ocultar esta arcana alegoría. Encubro las voces con otro polvo, el del padre que repudia al legítimo y, hasta hace poco, ha habitado el sudario de una cavernosa alacena.

      La obra siempre ha pertenecido al reino del seísmo que no a la distocia. Y esta otra que depone sólo es hija de aquella Teoría de Cuerdas que proclama a la partícula como estado tembloroso.


A esta incubadora somática se enfrenta la memoria como un mamado insecticida…


Así urdía el tiempo, tal un alambique hedonista, absorbiendo traficado metano para destilar escapularios de sacrilegio. Uno de ellos fue Sabbath. 



El lienzo de Sabbath me estaba soñando al mismo tiempo que yo lo soñé a él. 



(La imagen pertenece a Sabbath, un óleo sobre lienzo pintado en la adolescencia)









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