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miércoles, 28 de marzo de 2012

Los tres estados del barro.




“Cuando murió no consistieron que le cerrásemos los ojos.”

Estas palabras desbordaron la inflexible idea que de la muerte se puede tener en la infancia. Una niña desconoce impunemente que tenga que haber una carga de la dignidad en el rictus morti. Tal vez este mensaje surgiera de un puntal ideológico-cristiano o tal vez no. Pero lo cierto es que el hecho de que la negación a cerrarle los ojos a un muerto se convirtiera en un puñal póstumo, en algo mezquino y arrojadizo no sólo contra un cuerpo ya sin vida sino que el "no consentir" se esgrimiera como venganza versus desesperanza (la de unos compañeros privados de libertad y de muchas más cosas) era lo que más desolación me producía.

Esta frase la solía repetir mi abuelo José en tertulias familiares de las que a penas recuerdo el contexto. Pero cuando pronunciaba ese “no consintieron que le cerrásemos los ojos” un peso atroz y desconocido me amputaba absolutamente.

Un día no como éste, hace ya 70 años, mi abuelo, al igual que otros compañeros de celda, acompañaron a Miguel Hernández en sus últimos días de agonía, en la cárcel de Alicante. Él, mi abuelo, sólo lo llamaba Miguel, el poeta.

Os dejo un poema que le dediqué a tenor de su "Me llamo barro".

  


Los tres estados del barro. 

Las trincheras depravan el barro.
Cada cúmulo de fardos
es racimo necrosado
que el hombre impone al fango.
Al llover en las trincheras
se derrite el desangrado
y miles de regueros granates, granizados,
por la terquedad de la piedra
unida al licuado,
se funden para recomponer
un solo estado.

Es allí donde un hombre
retoza en el tránsito,
el de la vida y la muerte,
el del sudor o la suerte
de no ser alcanzado.
-¡Mata, mata Miguel a ese soldado!,
¡no es un hombre de carne,
es un muñón de trapo!.
Pero Miguel empuña el arma
como afloja a la hierba el cayado
y sus dedos pastorean
la luz de otro letargo.
Hasta que vuelve de nuevo a la zanja
y marchita rodillas en charco
para libarle los ojos al trapo…

Le llamaron Miguel,
Ya nació de estiércol
pájaro,
La metralla hilvanada en el pico,
En el monte tricotando,
Con la furia del patrón mordisco
Y la pena del roer vasallo,
Al relámpago iba cosiendo el nicho
porque el lecho lo dejó robado.
Consiguió que volara el sepulcro
Para el regreso a sus horas de prado.

Le expropiaron la fragua a la boca
Y la voz fue rumor de cadalso
Pero nació siendo Miguel
Para morir llamándose barro.





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La emocion indomable by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

viernes, 16 de marzo de 2012

La emoción indomable.





Una cornada desdicha en su molde.
O si se aplasta la palabra
Hacia ella misma,
Sosteniéndose la entraña
Por la sola mano
Que la lincha.
Es un charco en el aire
Acuchillándose el agua
Que lo pende.
Hay que abrirse hasta los dientes
Por si sudan
Cuando la carne recobra
Su voto de látigo.


La emoción indomable.
Una aguja
Arruinando el alarido,
Lo mismo que la púa al sonido
De un gramófono vital.
Es a la fatalidad del polvo
Lo que la gota al sucediendo,
Es un duelo malmetido,
Un clavo torcido y suplicante
O lo que encorva
La cópula al hincarse
Por la fuerza del fallar.


La vida está en otra parte,
No hay que coger
Del botín
Lo más brillante.


La emoción indomable.
El ojo tullido de una sombra
Que se lame
Mientras tiene que mirar.
La emoción indomable.
El antifaz
Que a su cíclope abandona,
Una mentira comprensible
Que se fuga
De su verdad incomprensible
porque ruge
Con demencia de callar.


La emoción indomable.
Una lápida de aceite,
Que es aquí donde muero
Y luego me resbalo,
Y si no soy capaz de morir
No he vivido,
Pues ser más que nunca,
Donde muero,
Es saltarse a la vida
Para vivir primero.


La vida está en otra parte,
No hay que coger
Del botín
Lo más brillante.


La emoción indomable.
Una deposición solitaria
En la mazmorra del rayo,
Dos solos movimientos
(Separación y destello)
Alargando lo fugaz
En el mutuamente
Muriendo.
Reconocerse sólo movimiento
Son en realidad dos movimientos,
Dos tendencias a vivirse.


La emoción indomable,
Un lugar donde morir
Para allí seguir sintiendo
Que es aquí
Donde viví sin mí
Algún tiempo,
Como un trueno destronado
Que se extingue,
Sin hacer otra cosa
Que extinguirse
Para así poder tronar.


Pues sólo por gritar
Que hemos vivido
Hay que morirse.
El resto únicamente es velar.


La emoción indomable,
No hay que coger
Del botín
Lo más brillante.
El resto únicamente es robar.










Gracias a todos mis compañeros, valiosos y amigos queridos que he conocido gracias a blogger (alguien tenía que decir algo bueno de blogger)  y con los que comparto el sólo instante del pálpito acompasado. Estaré volviendo. Un abrazo inmenso.








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