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domingo, 21 de noviembre de 2010

Alegoría del ojal


Cuando nació Simón fue la propia vida la que le inyectó una densa sobredosis de fantasía para que le fuera más soportable lo que el destino planeó para él: un físico especialmente infrecuente. Su minúsculo rostro contenía todos los inimaginables surcos que se puedan trazar en el espacio para ligar estrellas e inventar constelaciones y sus ojos, hundidos, se sumergían en Simón para beber de sus quimeras.

Ya desde niño el arraigo a su gorra era extremo, se la ponía como quien envaina una espada por prudencia, para evitar más el propio mal que el ajeno. Y cuando algún compañero de colegio se acercaba a la sitiada infancia de Simón, únicamente para preguntarle qué le había ocurrido en el rostro, él siempre frecuentaba el mismo teorema que revelaba la incógnita fisonómica: “Es que me río mucho y duermo poco”. De este modo justificaba la existencia de sus arrugas, aludiendo a la risa, y con el insomnio daba razón de ser a su ojerosa mirada, sepultada minuciosamente entre pliegues. Así era como mediante el trasbordo de esta tesis iba esparciendo, en la memoria de cada niño que le inquiría, su costumbre de reír mucho y dormir poco. Y así conseguía Simón, de vez en cuando, dirigir su solitaria barca hasta alguna isla para que sus días de niñez no naufragaran en la indiferencia. Pero, aunque la piadosa imaginación del niño le había regalado esta frase para divulgarla por doquier, lo cierto es que la rutina de Simón era todo lo contrario: dormía mucho y reía poco.
Simón crecía taciturno, deslizando cada día más hacia sus ojos la sombra de la imprescindible gorra gris, como si fuera bajando lentamente un párpado de fieltro entornado a la doliente realidad, aislado del esparcimiento, la espontaneidad y las travesuras propias de infancia,… Pero todavía esperaba que alguien más le preguntara qué le había ocurrido en el rostro y, de este modo, entablar la breve conversación, eso sí, sin mirarse en los ojos de su interlocutor. Cuando eso ocurría, cuando algún descarrilado niño se acercaba a Simón, éste, al tiempo que proyectaba la intimidad de sus arrugas contra el suelo, tropezaba con su reposada lengua, aletargada bajo su paladar. Era entonces cuando, entre los tímidos estorbos del frío motor que frenaba su habla, lograba Simón arrancar finalmente con la clonada frase de “es que me río mucho y duermo poco”. A Simón le hubiera gustado contener en sus labios una imprenta vocal que se activara con el acercamiento para no tener que balbucear la frase y dedicarse tan sólo a disfrutar de la cercanía de otro niño que, de algún modo, se interesaba por él aunque fuera por la irónica curiosidad.
Pero Simón jamás olvidó aquel día en el que una figura menuda invadió su cerco de fantasías aproximándose demasiado al pálpito de su corazón. Simón dirigió la mirada a la deriva del aire que exhalaba su boca y que le caía hacía las rodillas al tiempo que una voz suave y temprana, como el terciopelo que abriga el frescor de la almendra verde, le hizo una pregunta inesperada: “¿Qué te pasa?”. Entonces una voz lejana voló para posarse en aquel instante y Simón pudo contestar sin balbuceo: “¿Te refieres en la cara?”. Un leve y cálido “No” impresionó al niño, estremecido ya con esta cercanía, tan distinta a las demás, que no tuvo más remedio que buscar la procedencia de aquel susurro en la boca que lo mimaba. Al izar la vista allí estaba ella, el amor, el latido, la respuesta, …todo. Una niña frágil y cristalina que volvía preciosa la luz que tragaba al respirar aunque Simón ya respiraba por los dos. El niño sabía que era su turno, que debía contestar lo antes posible o de lo contrario se condenaría a la invisibilidad eterna mientras el amor o la verdad irían dilatando el espectro de Simón desde una nube para que muriera sin haber probado el misterioso don de vivir. Y Simón, al que la emoción conmocionaba, no pudo más que pronunciar la única frase que llevaba encima: “Es que me río mucho y duermo poco”. Clara siguió abarcando el nativo brillo de Simón y le respondió: “Entonces tienes que conocer a mi abuela, tiene el mismo problema”. Simón se angustió pues pensó inmediatamente en las arrugas de la abuela de Clara, empezó a imaginar el rostro de la señora para hacer la comparativa e intentar predecir quién de los dos tendría más pliegues en… hasta que nuevamente la voz de Clara lo salvó de sus inclinaciones. “Escucha, si quieres te la presento… tiene muchas amigas ¿sabes?”. Simón pudo esbozar un lacónico “Vale” y Clara le ofrendó su sonrisa o lo que a Simón le pareció un ojal ribeteado de pétalos helados que guardó en el interior de sus tejidos más profundos para poder abrochar en él su corazón.
Pero no fue necesario embalsamar aquella sonrisa de Clara para llevársela consigo a la eternidad pues la niña esparcía sobre Simón miles de ellas cada día, y cuando esto ocurría el niño fantaseaba imaginando el roce en sus mejillas de pequeños pétalos sueltos que el viento traía para que se fueran acumulando en su rostro y fueran formando las dobleces de su aspecto convirtiéndolo en una rosa de piel, en una rosa clara.
Clara consiguió hacer reír a Simón quién ahora sí reía mucho pero siguió durmiendo mejor. Simón sentía como se resquebrajaba su coraza de apelmazadas fantasías cuya misión era proteger al intacto núcleo del niño para que no feneciera a la intemperie. Y a través de esa brecha Clara se iba hospedando allí donde habitaban sus pensamientos más íntimos. Hasta que un día, sin venir al caso, le dijo: “Simón, hay niños que jugarían contigo pero no lo hacen porque siempre estás apartado y triste. Si deseas algo tienes que perseguirlo. Vete con ellos”. Y cuando Simón comenzó a forjar sus pasos para integrarse en un reducido grupo de compañeros no pudo evitar detenerse para buscar la aprobación de Clara. Se giró trazando con su visera un arco sencillo pero ella no estaba allí. La inseguridad calaba sus músculos y articulaciones para paralizarlo sin consumir el camino pero el niño ya tenía a Clara alojada en su interior, su corazón ya estaba abrochado a la sonrisa de Clara y la fuerza de aquel vínculo le llevó hasta el aliento de sus compañeros.

Nunca más volvió a ver a Clara, y sufrió mucho por ello, pero una mañana lluviosa de domingo, siendo ya un adulto y compartiendo con su madre las viejas fotografías familiares, apareció una de ellas que a Simón le llamó especialmente la atención pues enmarcaba la imagen de una mujer joven con una rosa blanca en el ojal de la solapa. Simón le preguntó a su madre quién era esa chica y Marta le contestó que era su bisabuela Clara.



Imagen perteneciente a la obra del pintor subrrealista Vladimir Kush (http://www.vladimirkush.com/





Licencia de Creative Commons

lunes, 15 de noviembre de 2010

La rebelión de las esencias (I).



Cada día es único e irrepetible. Es una sucesión entrelazada de pequeños universos que se expanden en acontecimientos, imágenes, sentimientos, emociones, palabras, sonidos, recuerdos, etc… Al combinarse aleatoriamente entre sí, dan lugar a infinitas composiciones que desbordan cada minúsculo fragmento temporal. Para desgranar la fugacidad de un segundo cualquiera, de una breve fracción de tiempo que jamás volverá a repetirse idénticamente, hay que tener en cuenta, entre otros, el análisis de varios planos de desarrollo: el visual, que atrapa las imágenes; el auditivo, que recoge los sonidos; y el sensitivo, que abarca el cúmulo de sensaciones y sentimientos que ha coexistido en el interior de cada ser durante la instantaneidad del segundo.
Procederemos a aislar los sonidos de una escena para percibir el ámbito auditivo: llanto de un niño sofocando el murmullo de una voz femenina al tiempo que un chasquido de maxilares precede un rechine agudo mientras un ladrido ahoga un leve zumbido en el aire que es tragado por el eco del graznido de varias gargantas volátiles que huyen bajo un envolvente soplo aéreo que encapsula bullicio de gentío y ronquido de motores mientras se ecualizan, entre el aterciopelado rumor arbóreo, unas voces trémulas y lejanas diluidas en risas punzantes que se ligan entre sí para ahuyentar el apareamiento de dos silencios.

En el ámbito emocional las sensaciones se ensartan en el seno de cada individuo para contornear con su invisibilidad los espacios: el deseo no satisfecho intenta ser abortado por un afán apaciguador que coexiste con un sentimiento de culpa mientras un impulso burlón cede ante el instinto básico de ahuyentar un ruido molesto siendo el sentido de la alineación del rumbo el que corona a dos esperanzas de seguir viviendo que se aproximan para plagiar a los envites vitalistas del sonrojo intentando cornear el halo sensorial e íntimo que se agazapa en dos cuerpos. Todo ello salpicado de resonancias de tristezas, deseos, soledades, angustias, delirios, ira, felicidad, nostalgia,…

Respecto a la imagen estaría constituida por un retablo de fotogramas que se superponen entre sí: un niño que solloza mientras su madre le murmura entre el bullicioso tránsito de un parque al paso de una niña que rebosa con chicle su boca y raspa con sus dedos la superficie elástica de un globo atado al carrito del niño al tiempo que una abeja inyecta velocidad a su vuelo haciendo que un perro ladre envuelto en la jauría del tráfico mientras una bandada de vencejos chirrían el aire que se rasga con la cresta de los árboles que tiritan hojas para aplaudir al diálogo de dos acicaladas ancianas sentadas en un banco que refriegan sus zapatos brillantes entre risas de unas adolescentes que encubren con su sonora efervescencia los besos de una pareja oculta tras el tronco sinuoso que forma la fusión de sus cuerpos mientras un helado de fresa, que es sujetado a penas por la mano extenuada de ella, gotea para azucarar con motas rosadas el suelo del parque y esmaltar de dulzura a un insignificante escarabajo que agoniza color.
Es evidente que podríamos seguir infinitamente, sumergidos en éste mismo segundo, para añadir acontecimientos que seguirían espesando la escena pero no es necesario.

Si bien la fugaz escena puede seguir siendo desmenuzada bajo otros criterios de observación, hay un plano que hemos pasado por alto, tal y como solemos hacer en nuestro devenir diario: el de los aromas. Cada segundo de nuestra vida está impregnado de infinitas fragancias que fusionan su núcleo aromático para perder intensidad y, por tanto, pasar desapercibidas. Solemos identificar los olores más penetrantes para nuestro olfato pero ello se debe a una atrofia singular que, precisamente, nuestro sentido del olfato está sufriendo. Y esta fascinante capacidad del ser humano está siendo denostada constantemente por la supremacía de la imagen, el sonido o incluso del uso de brebajes aromatizados para ocultar olores que terminan por emerger. Cada ínfimo instante es una secuencia de esencias, una paleta olfativa en la que se mezclan entre sí los olores que nos acompañan junto con aquellos que se van asomando a nuestro paso. Cada persona, cada hogar, cada rincón, cada momento huele distinto y la subjetividad es absoluta, pues cada uno sentimos de forma distinta el efluvio oloroso de una escena según nuestra posición, nuestro sentido del olfato y los propios olores que emanan de nuestro cuerpo. Volvamos a la escena anterior, situándonos en la posición de la madre del niño que llora, para intentar rescatar los aromas: perfume cítrico con una nota de aliento mentolado que gravita para lanzar su estallido contra el olor de tierra y hojas revueltas por el aire que trae un perfume empolvado y seco con leves trazas afrutadas, tal vez de fresa. Evidentemente existirían otras fragancias pero seguramente sólo podríamos diferenciar éstas que se enumeran (a no ser que disfrutáramos del sentido del olfato del perro de la escena).
Cada soplo que invade la atmósfera contiene una secuencia aromática irrepetible, como si infinitas huellas dactilares fragmentaran los espacios para dotarlos de cuatro dimensiones.
Es curioso, también los aromas pueden ser recordados pues algunos de ellos se quedan impresos en nuestra memoria por alguna razón, tal vez emotiva. Algo parecido era lo que le pasaba a Mateo pero, a diferencia del resto de sus congéneres, podía recordar el orden de todas y cada una de las fragancias que habían saturado los instantes de tres días concretos de su vida. La razón de este insólito sentir la desconozco ahora, pero intentaré averiguar la causa de que Mateo contenga en su memoria la secuencia aromática exacta de tres momentos vitales de su exangüe existencia.



(Imagen perteneciente al óleo titulado "Trilogía de una rosa" de Gabriela Amorós Seller)

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La rueca de los instintos.

   

Hay hechos que resultan esperanzadores cuando cumplen su verdad, dejando por ello una valiosa estela, como sucede en el reino de la rueca. Es en este entorno, el de la rueca, donde una espesa nube lanar va menguando lentamente su volumen tras atravesar aquella máquina encubridora, pues su función no es otra que  doblegar la densidad de la nube para disfrazarla de sedal. Pero en los intersticios de la rueca siempre quedan restos de nube, pequeñas trazas que muestran el verdadero origen del hilado.  
En esta crónica, los instintos son al hombre lo que la nube es a la rueca. ¿Quiere decir esto que el hombre es una rueca para sus instintos? Sí, a veces.

Yorel nació sujetándose el llanto para estrellarlo contra el pecho de su madre pues sintió desde el principio que era en aquel lugar donde debía detonar sus emociones.
Y desde que Yorel comenzó a robarle el hálito a su madre, aquel que Mariela desprendía cuando apoyaba en su esternón la inconclusa cabeza de su hijo, ansió vestirse eternamente con el estremecimiento único que sólo el seno materno podía transmitir a su breve cuerpo. Cada vez que Yorel demandaba el hueco de sus pechos Mariela acudía colmada, invadida antes de hora, hirviendo su piel para darle sentido y de este modo hundir la boca de Yorel en el umbral del seno izquierdo al tiempo que su oreja se expandía sobre el cónclave sencillo que une ambos pechos para formar el busto. Así fue como el valle de Mariela constituyó para Yorel la verdad, la sumisión, el delirio o la ausencia de incertidumbre, el espacio ocupado por el fulgor del relámpago, el recodo que ensarta la dicha a la muerte, la fuente, el tiempo antes de su origen o el origen en sí mismo. Fuera de este vínculo no existía nada, el vacío colmaba los ángulos oscuros de las habitaciones y el resplandor que encendía los espacios no provenía de astro o lámpara alguna sino de la luz que manaba de la unión de ambos cuerpos, el de Mariela y el de Yorel.
Yorel fue creciendo, y no sólo en estatura física sino emocional. Si bien es cierto que no necesitaba, como años antes, frecuentar con la misma sin razón los senos de Mariela, éstos seguían siendo para él una absorbente plenitud. Cuando la madre derrumbaba su tibieza en el sillón del hogar, Yorel, que parecía estar despistado con sus juegos, acudía inmediatamente a los brazos de Mariela perfilando el giro de su cráneo para encajarlo en aquel barranco de piel y glándula. Una vez allí se ungía con la sencilla integridad, aquella que su madre comenzaba a negarle en algunas ocasiones. De hecho, la piel desnuda de los pechos de Mariela comenzó a ser un coto abstracto en la mente del niño y se tuvo que conformar con sentir su cercanía a través de fibras que nada tenían de parecido con la tersura de la madre. Su pequeña mano fría acariciaba un pecho de Mariela para ir derrochando su contorno mientras la tela se interponía entre ambos para ser la censura al libre albedrío de los instintos. Pronto Yorel advirtió que existía una íntima relación entre la limitación de las incursiones en el reino de los senos y la presencia de otros adultos, de modo que evitaba demandar sus invasiones cuando ambos no estaban solos. También se dio cuenta Yorel de que su madre ya no gozaba como antes de aquellos encuentros y eso le hacía sentir culpable. Ello porque, al arrimar su cabeza a la corona oprimida, el niño advertía que, mientras él desplegaba las alas del esplendor para sobrevolar la estancia, su madre, con las suyas ahora peladas e inertes, lo miraba desde arriba con gesto de discrepancia.
A la edad de cinco años Mariela, con una auto impuesta displicencia, comerciaba con el tiempo a solas de ella y su hijo y cada vez que veía acercarse al niño para asaltar su valle del prejuicio le pagaba con discursos incompresibles para Yorel sobre “la intimidad del cuerpo de cada persona”. A partir de entonces Yorel cobijó en su cuerpo el pecho y la piel de su madre para soñarlos y seguir sintiendo el eco de su excelsitud, aunque ya no era lo mismo. Pero no se conformó con el palpo imaginario y aprovechó cualquier material y situación para emular los senos de su madre. Comenzó con la espuma del baño, a la que daba forma de pechos. Luego descubrió que el barro puede adoptar la silueta deseada. También experimentó con la arena apelmazada de humedad; ocasionalmente esculpió los senos con nieve embarrada; un triturado de hojas de otoño fue comprimido para formar dos amorfos montículos; conservó dos conglomerados de chicle que iba alimentando con aquellos que entre dientes masticaba tan sólo para ablandarles su forma pero sin consumir su sabor.
Si bien Mariela continuó con voz cariñosa, Yorel ansiaba aquel sentir metafísico que sólo podía alcanzar con el tocamiento de lo físico y no entendía por qué se le negaba tal maravillosa transmutación. Yorel no se libró del peregrinaje pasajero al mundo de la adolescencia y fue en él donde retozó en la palabra sexo. Allí experimentó su cuerpo otras formas de gozo con pechos ajenos… pero lo que sentía Yorel al sumergirse en los venerados senos de su madre no guardaba relación alguna con aquellos placenteros momentos de intensidad superficial.
La vida deparó a cada uno su destino pero Yorel, un hombre adulto y ensimismado, seguía recordando.
Mariela, arrugada y mustia, vivía con el hijo único, casado ahora, al que amaba sobre todas las cosas aunque permitió que el prejuicio distanciara la cercanía de Yorel. Éste mimaba la fragilidad de su madre, la ayudaba a subir escaleras, aseaba su rostro y peinaba sus quebradizos y pobres cabellos. Pero el pudor de Mariela seguía asfixiando sus instintos pues cuando llegaba el momento del baño integral de su a penas rozado y envejecido cuerpo, era Rebeca, su nuera, la encargada de combatir en estas lindes.
Una noche Yorel se despertó sobresaltado al escuchar un minúsculo gemido que provenía de la habitación de Mariela. Cuando entró en ella vió a su madre incorporada en la cama aguantándose el llanto para seguir siendo la dueña de sus silencios. Instintivamente Yorel se levantó la tela del pijama para apoyar la cabeza de su madre en su pecho descubierto y cuando su madre rozó la velluda piel de su hijo comenzó a sollozar sin reservas. Entonces Yorel le susurró en el cabello: ¿Ves mamá, como no era tan pecaminoso? Y ambos se quedaron así abrazados durante un largo instante que sólo fue eclipsado por la luz del alba.





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