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jueves, 28 de octubre de 2010

Los tres estados del barro.





Las trincheras depravan el barro.
Cada cúmulo de fardos
es racimo necrosado
que el hombre impone al fango.
Al llover en las trincheras
se derrite el desangrado
y miles de regueros granates, granizados,
por la terquedad de la piedra
unida al licuado,
se funden para recomponer
un solo estado.

Es allí donde un hombre
retoza en el tránsito,
el de la vida y la muerte,
el del sudor o la suerte
de no ser alcanzado.
-¡Mata, mata Miguel a ese soldado!,
¡no es un hombre de carne,
es un muñón de trapo!.
Pero Miguel empuña el arma
como afloja a la hierba el cayado
y sus dedos pastorean
la luz de otro letargo.
Hasta que vuelve de nuevo a la zanja
y marchita rodillas en charco
para libarle los ojos al trapo…

Le llamaron Miguel,
Ya nació de estiércol
pájaro,
La metralla hilvanada en el pico,
En el monte tricotando,
Con la furia del patrón mordisco
Y la pena del roer vasallo,
Al relámpago iba cosiendo el nicho
porque el lecho lo dejó robado.
Consiguió que volara el sepulcro
Para el regreso a sus horas de prado.

Le expropiaron la fragua a la boca
Y la voz fue rumor de cadalso
Pero nació siendo Miguel
Para morir llamándose barro.


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miércoles, 27 de octubre de 2010

A los que estáis allá afuera.


En uno de los fascinantes mundos que anidan el infinito temblor de Metafantasía existe un planeta inesperadamente asombroso: Tierra Naciente.
Es allí donde me encuentro ahora.
En él ocurren fenómenos imperceptibles para sus personajes aunque su cautivador microcosmos intenta constantemente quebrantar el hilo de la narración para hacernos ver que coexiste con las vidas de aquellos que atraen todo el protagonismo, los personajes.
Pero también espesan el hábitat de Tierra Naciente otros seres,  titánicos, portadores a su vez de una valija de vida inconmensurable, que a su evidente paso hacen enmudecer a los protagonistas para declamar su presencia entre el argumento. Es el caso del Mirtán, una bestia colosal que habita el Océano Errante.
Por favor, a los que estáis allá afuera, ayudadme a sujetar todo este estallido de vida con la impronta de vuestra memoria (yo sola no puedo):

“Oslan divisó una silueta muy lejana que iba acercándose a ellas. A medida que se aproximaba Morna advirtió que su tamaño debía ser descomunal y cuando estuvo a pocos kilómetros de ellas comenzó a entrever que se trataba de un enorme trozo de roca reventado de algas largas y rizadas, listadas en toda la gama de verdes; arbustos de copa  trapezoidal coloreada con la paleta de color de las turmalinas, trinchada en una corteza sinuosa con brotes de musgo púrpura y escarchada de hongos opalescentes;  arboledas apretadas en cónclaves arbóreos disputándose un terroso suelo parecido al terrestre y henchidas de hojas traslúcidas y de frutos con formas estrelladas salpicadas de estrías alternas en color añil y fuego; espirales rojas en rocallas negras que se deshacían y volvían a enrollar su solitario músculo; ermitaños en forma de robustos cúmulos moleculares de los que emergían ligeras pestañas violetas formando abanicos; seres rodantes que iban recorriendo la abrupta y moviente corteza marina como ruedas desprendidas de sus vehículos en cuya membrana circular parecían anidar fragmentos de cristales de colores que iban cambiando de posición con el giro como si fueran caleidoscopios vivos; alambres verdosos que salían despedidos de pequeñas grietas que ajaban guijarros mórbidos para desplegar una membrana circular simulando sombrillas deformes; ampollas de aire que se inflaban en arrecifes coralinos necrosados de conchas cuadriculadas que al reventar esparcían millones de partículas vivas; todo ello coronado por miles de bancos de peces cuneiformes, triangulares, afilados, algunos con siluetas que recordaban a mamíferos terrestres al nadar blandiendo cuatro extremidades en forma de patas; criaturas solitarias provistas de una espina dorsal en forma de gancho para ensamblarse a los tallos marinos; cardúmenes llameantes que divertían el tiempo sumergido;… Un maravilloso fragmento de fondo marino que parecía haber sido arrancado para ser una carroza que mostrara por todo el Océano las exhuberancias que inhalaban sus aguas”.



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martes, 26 de octubre de 2010

La importancia de llamarse Barroco



Barroco, una suerte de escritor y fantasma, era feliz pero incapaz de escribir sobre la felicidad. Esto, en gran medida, obedecía al hecho de que Barroco era felizmente triste, es decir, que se sentía feliz por ser una persona triste. Y a su vez se sentía feliz por ser tristemente feliz, pues sabía que su felicidad se nutría de la tristeza. Para entenderlo algo mejor indagaremos un breve pasaje de su biografía.
Cuando en el año 1.979 las primeras nieves troquelaron su luminiscencia inmaculada alrededor de las ventanas de su cuarto, fue apresado por orden y en nombre de la dictadura que asolaba su Nación. Lo encarcelaron tras dos días de aporreados silencios porque en uno de sus libros carraspeó ante la ideología del Régimen, aunque era consciente de que los barrotes de su celda eran otros, invisibles y eternos.
Y así ocurrió pues cuando fue liberado y su cuerpo se incorporó nuevamente a la adulterada y corrosiva atmósfera de su Nación, aquella que lo había concebido para luego defecarlo, sintió miedo en la piel y comenzó a embalsamar su pensamiento para conservarlo tras el día su muerte. Una vez momificadas, sus inclinaciones y reflexiones ya no serían para su extinta carne pero seguirían perteneciéndole. Esa era su obstinación, decadentemente lógica pues el Régimen exterminaba a todo aquel pensamiento desacorde con los “principios del buen ciudadano”. Y con aquel arcano menester de envasar sus ideas (hasta incluso sus instintos) comenzó Barroco el declive de su identidad. Empezaría enterrando en aquella hermética cápsula algunos retazos de su huella dactilar: que era homosexual aunque nunca lo practicaría, lo cual engrandecía su feliz tristeza; los besos obscenos con los que su madre abortaba sus bostezos de niñez; que, en general, le importaban nada sus posibles amantes salvo aquel preso que sorbió su sopa acercándose al licuado desecho como un cisne con el cuello replegado que, cuando acude a la orilla del agua, teme ver su reflejo impreso en el abismo del cautiverio; que la verdadera razón por la que tosía dormido era porque se había auto impuesto que se activara su tos cuando hablaba en sueños, como un resorte, y ello para que no pudieran reconocer algún concepto que atentara contra el Régimen; que guardaba una foto de Sócrates en un hueco oscuro de su inodoro junto a un boceto del Faro de Alejandría; que odiaba el rígido uniforme azul que permitía a sus exangües articulaciones seguir latiendo; que sabía amar enardecidamente textos prohibidos cuya esencia agazapaba en su alma convirtiendo Barroco su cuerpo en un alambique que destilaba hacia adentro contenidos filosóficos de los grandes pensadores de la historia;…
Barroco siempre dejó malear, sin oponer resistencia, sus actos externos, aquellos que nacen a partir de la capa superficial de su piel. Pero esta sumisión era sólo un molde creado para regalar su desidia al Régimen y desviar el punto de mira respecto de su fuero interno, donde se cocía todo un mundo de insurrectas intenciones. Éstas también las envasaría en el sarcófago de su mente: incluiría que cuando cambió la celda de la cárcel por la de su habitación se hubiera provocado el vómito para infectar los ojos que, tras las cámaras, lo vigilaban en su propia casa; que pensaba ser un líder ideológico cuando todo acabara; que cuando esto pasara publicaría un libro sobre violaciones y torturas que algunos rebeldes vengadores profesarían a los obesos cuerpos de los altos mandos del Régimen; que haría volatilizar los muros de la cárcel y de toda su vida tan sólo con el canto de un pájaro,….pero cuando metió en el arca este pensamiento no pudo evitar pensar en aquel preso con cuello de cisne. Entonces Barroco ansió ser otro cisne para ser su compañero y beber agua junto a aquél durante el resto de su vida.
Barroco murió felizmente triste y con un panteón interno repleto de tesoros pensados. No llegó a respirar en libertad pero su verdadero nombre, que también metió en aquella cápsula para conservarlo intacto, así como su vida y obras, fueron reveladas tras la dictadura a toda la Humanidad.
Su nombre no puede ser descubierto aquí por respeto a la intimidad de sus confesiones pero precisamente hoy, en su tumba frente al lago, están anidando dos cisnes blancos.





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lunes, 25 de octubre de 2010

¿Qué es la Metafantasía?

“La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma” . (La Biblioteca de Babel de J. L. Borges).
La existencia de esta máxima puede que, en el futuro, sea absorbida por la inefabilidad de un agujero negro que planea en el espacio. Lo digo porque la fórmula de Borges bien podría aplicarse a la preexistencia del Universo y sus enigmas, aunque en La Biblioteca de Babel está contextualizada dentro del mundo de lo literalmente escrito del género fantástico. 
Siguiendo este razonamiento personal, la Fantasía se convierte en sinónimo de Universo, y lo es. Y si la atribución de incógnito acompaña a la propia esencia del Cosmos, la Fantasía se nutre igualmente de elementos y procesos a los que metódicamente es imposible llegar.
En el libro de culto “La historia interminable” de Michael Ende, Atreyu pregunta al dragón Fúyur sobre la naturaleza de la emperatriz infantil y éste le responde: “Nadie lo sabe en Fantasía, nadie puede saberlo. Es el misterio más profundo de nuestro mundo. Una vez oí decir a un sabio que quien lo pudiera comprender del todo apagaría de esta forma su propia existencia.”
No se puede decir más sobre Fantasía, en mi caso, tan sólo intentar escribir sobre su reflejo aderezándolo torpemente con algunas especias creadas en el mundo de lo real (que tampoco está definido pero sí está más humanizado) cual son la metáfora  y la metafísica. Y ante esta adulterada composición se me apareció el término de Metafantasía.

Sé que hay un temblor
que habita en las palabras
que estremece a otro rumor.
Voy dando palos de ciego
a ver si palpo su fragua.
Esta íntima traición
Tal vez sea religión (¡oh, no!)
pero esa es otra cuestión.








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El Árbol de la Vida

EL ÁRBOL DE LA VIDA

Es el discurso
de un árbol de ciudad,
su sombra entumecida
palpita bajo un banco.

Las hojas, grises,
rancias de rocío,
apelmazadas
por el yermo desencanto
de los hombres.
Sus vidas
son tan simples
como la tierra
en manos de cualquiera.

Empuñan palomas unas ramas,
invadiendo con las hojas
Se distraen otras ramas.

Quijotesco vagabundo
que hermosea su pasado
con saeta de profano,
como el canto del gallo,
una mueca vislumbra
del árbol.
Las alas de sus ojos
de urbe,
consumidos de buscar
de la vigilia
el verbo,
cual secreto
de confesión,
se posaron para siempre,
mas nunca emprendieron el vuelo.

Despojos de papel,
que del árbol viniste
para ser hoy su verdugo,
oscilan en la sombra
de la exangüe copa,
o aletean
en perpetuo adiós
a su amo.

El amante o el niño
despojaron
del íntimo fulgor
al tronco;
el amante irrumpió
con su vano deseo
abortando el nombre
de su anhelo
y el niño,
de afán principesco,
enarbolando al árbol
su gesto,
un humano corazón
hendió en su cuerpo
enajenado ya por la tierra:
madre fue ayer,
es hoy reyerta.

Y unos brotes encogidos
que verdean,
reafirman con franqueza
el incesante génesis
de la existencia,
aquel que el hombre adultera
a imagen y semejanza
de sus retos corrompidos.
Mientras tanto
el tumulto de allá fuera,
exaltado de muerte y de poder,
protegiendo su estirpe
a costa del mañana.

El árbol de la vida.








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El Deseo y la Siesta

El fulgor tamizado,
Asido por la bóveda amorosa,
La quietud vigorosa
De su cuerpo sosegado.
Viene y va una curva
Que retoza
Envuelta en luz perezosa
Y aspira atmósfera tibia
Enamorada por el labio que suspira.
Atmósfera plasmada en vida.

Emergente luz y sombra
Que por ti veo el reposo
Del cuerpo descansado,
Por otro cuerpo amado.

Gorjeo del agua
Aplacando con frescura el ansia
Allá fuera trina.

En el aire El Deseo suspendido
No se ha ido,
No se va.
Estéril gravedad.

Crepuscular estancia vacía,
Rebosante por los cuerpos.
Vertiendo luz el día,
Somnolienta y atardecida,
A la estancia dormida.

Lágrimas recorren silenciosas
Los muros, las losas,
Que un cuerpo aspira tristezas
Y me devuelve flaquezas
Pero estoy allí.

Sueños son caricias,
Caricias en sueños terminan,
Traslúcidas flotan
Sobre piel dormida.
El Deseo gota a gota
Supurando en las esquinas.

Mirlo canta mientras llora
Que La siesta se levanta.
El Deseo no demora
Pues tardanza es la huida.
Permanece aquí en la estancia
Que La Siesta lo vigila.




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domingo, 24 de octubre de 2010

Crisálida

No es para ti este cuerpo,
Ni para el vértigo la fragua.
Te lo intentas despender
Con el temblor de la crisálida.

El delirio afila uñas
y jadean sábanas.

Hasta que llega el sueño
Y bostezas telarañas.
Allí tu piel
Es envoltura
Y la carne,
Que te cosieron al nacer
Para impedir su fuga,
Se parte.

Entonces te expandes,
como hizo el universo
cuando Nada lo contuvo.

Al despertar lo sabes,
Que sigues con tu cuerpo
Destinado para ti
Y el deleite de los cuerdos.

Debe ser que vives
muriendo cada noche.






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sábado, 23 de octubre de 2010

La soledad de Écteru (o el Gigante Rojo) tras el fragor de la batalla.



“Esa noche todos los soldados, guarecidos por el intrínseco metal, se plegaron al sueño, incluso aquellos elegidos para la vigilia, todos menos Écteru, al que sus recuerdos al fin consiguieron atraparlo en un conato de fragilidad y poder imponer sus retrospectivos dictados segregando para ello el bálsamo del insomnio.
Se acordó el Gigante de su difunto padre, Séneton. Un nombre poderoso para un modesto procurador del bienestar de su pueblo. Pero tras esa envoltura sencilla se agazapaban unas arterias irrigadas con la insigne sangre de los Olmatra. Fue un ilusionario en aras de administrar cobijo a la raza merecedora de enraizar su imperio, hasta que lo consiguió. Séneton explicaba a su primogénito que la libertad no debe esgrimirse tras los barrotes de una forma de vida impuesta ya que, de lo contrario, estaríamos condenados a la perpetuidad del cautiverio de su sombra, la de la libertad, pero no gozaríamos de la independencia real. Y esa emancipación no se hallaba en la vida nómada sino en la libre elección de un lugar donde arraigar la soberanía de un pueblo. Con esta ideología y un mapa deslucido liberó a su raza del gravoso peregrinaje avivando mentes para la cimentación de una ciudad subterránea a la que bautizaron con el nombre de Grómondon. Écteru nunca se sintió un ómino insigne por su pertenencia al linaje liberador de los Olmatras. Ni si quiera fue dueño de su tiempo ni de sus pensamientos. Era más bien una creación de ideas articuladas por su padre que se proyectaban en movimientos a su vez inducidos por la férrea educación castrense, pues Séneton debía forjar un legatario del cometido de la salvación de los óminos. Ya por aquel entonces la enfermedad comenzaba su libre albedrío.

Por primera vez desde su nacimiento, Écteru, lejos de la Ciudad que maleó su infancia, y en tierras hostiles, empezaba a sentir la frescura del aire anochecido avivando un latido hasta ahora oculto en su pecho. Sus recuerdos también le concedieron rememorar los encuentros con su hermana, Linvala, a la que también moldearon para que honrase la progenie de los Olmatra con el cometido de parir descendencia sin más límite que los achaques que su metabolismo impusiera. La veía a lo lejos, siempre entre caricias y sermones de su madre, deseando formar parte de este vínculo de sentimientos. Pero el eco de Séneton arrebatándole el estremecimiento de la escena siempre le devolvía a su puesto, a las aulas de la infalibilidad.
Estaba tan absorto con el retroactivo balanceo de su reconciliado pálpito emocional que ni siquiera descubrió el sigiloso desperece del microcosmos de Silce. No sintió el recorrido sobre el metal de su rodilla de una forma de vida tentacular que con su serpenteo abría unas estrías purpúreas de las que brotaban jirones de piel rosada como confeti. Tampoco percibió un beso alveolado que se adhirió con sus ventosas al yelmo para recibir su color y burlar a las fauces derretidas de un mamífero con una cabeza velluda por tórax y varios ojos impresos en forma de estambres que se enroscaban alrededor de su craneal cuerpo. Ni tampoco advirtió la curiosidad de una manada de sombras fijas en la proximidad de su rostro que ronroneaban mientras sufrían leves descargas refulgentes al aflojar su hilada lengua de forma convulsiva hacia el metal de la armadura. No captó el lacónico vuelo de una semilla filosa que se encajó en el labrado de su pecho y desgajó su mórbida cáscara para emerger la crisálida traslúcida que la saturaba.
Y sin percatarse lo más mínimo del fascinante orto que engullía tinieblas, y habiendo clausurado completamente los sentidos a aquellos sonidos nocturnos que ahora retrocedían lentamente al compás del alba, Écteru deshizo su postura reclinada para inhalar el aire más cercano a los cielos. Y comenzó a martillar el suelo de rocalla con sus herraduras de stelion. Se dirigió al embadurnamiento lineal de cadáveres y contempló la obra de la muerte en la batalla que se adelanta al destino de fenecer recordando sueños inalcanzables. Sus pasos dejaron la huella de una contenida estridencia que comenzó a estimular a sus soldados. Al volver tras sus pasos y admirar a la prole guerrera sintió una colmena de rostros observando sus divagaciones.
-¿Qué estáis mirando? ¿Acaso no habéis visto nunca a un soldado que vela el sueño de los veladores? – El Gigante utilizó un falso tono de reproche pues hasta ese preciso momento no descubrió el letargo de los guardianes elegidos para la noche desvanecida.
Todos los guerreros comenzaron a levantar sus espaldas fruncidas por las horas de inamovilidad acumuladas mientras sujetaban el silencio de la alborada al contemplar, con los primeros fulgores del sol de Idlin, el precario cementerio de compañeros que yacía a su lado.” 

(Fragmento perteneciente a la novela "Tierra Naciente" de Gabriela Amorós)






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Las edades de Odetta.


Una pequeña mujer, arrugada por la espalda, como si un cristalino y tenso sedal intentara coserle la boca a los pies, buscó acomodo a su mecida silueta junto a la joven encinta. Odetta, como así se llamaba la presunta bienaventurada, saboreaba, con una mano relamiendo su vientre, fotos de niños preciosos estampados en una revista desvencijada que se consagraba a la algodonada temática del bebé. A su lado, invadiendo la intimidad de su espacio, respiraba aquella mujercita plegada, que no era todo lo mayor que se esperaba de ella pero el polvo de una vida errante incrustaba en su alma su remanente, apelmazando piel y corazón. El declive de sus vértebras era, en todo caso, hereditario.
Visualmente, el acoplamiento entre el inflamado vientre de Odetta y la cóncava mueca del cuerpo de Reina era perfecto, como dos piezas de un puzzle condenadas a encajar eternamente una con la otra. Como lo era, perfecta también, la antítesis formada por el reflejo que manaba de cada una de ellas: Odetta esparcía vacío, aquel que siente una preñada que sabe que no va a poder renunciar al amor de un mínimo cuerpo, de un ser no nacido que se oculta en sus entrañas, un desconocido que, haga lo que haga en la vida, dispondrá eternamente del latido de su madre, de tal modo que, simultáneamente, se gesta feto y devoción en el cuerpo de Odetta; en cambio Reina escanciaba plenitud, se le caía de los ojos, pese a su vientre mordido y succionado por el vértigo que produce la hambruna en el estómago. Y así, sin ellas saberlo, existían como dos caras de la misma moneda y, como tales, era imposible que pudieran compartir una mirada mutua, asomarse a las retinas de la otra.
Al parar el autobús Odetta se levantó del asiento y dejó en él aquella revista, de madres cariñosas y bebés felices, de la misma forma en que la había encontrado, abierta por una rígida página de publicidad. Odetta se desvaneció por la bajante del autobús y Reina, con un movimiento mecánico e incluso intuitivo, cogió aquellos papeles preñados de imágenes de niños pelones pues alguna utilidad podría sacarles. Ninguna de ellas se dio cuenta de la presencia de la otra. Tampoco sabían que se volverían a encontrar, que estaban condenadas a encontrarse.
Fue en un banco anclado a un viejo parque, en un banco cansado de esperar… Fue Reina quién consumó el encuentro con él, la que daba vida a la madera del asiento como si fuera su barniz, y los dos juntos, Reina y el asiento, respiraran a través de un cuerpo que no era de ninguno de los dos, ni siquiera del banco. Entonces una joven ensombrecida aplomó sus carnes frías junto a la mujer mecida. Y ambas contemplaron sincrónicamente, como si un mismo control remoto sirviera para sus dos cabezas, el espacio que había entre ellas y las estrellas. Del mismo modo se levantaron y buscaron otro tipo de silencio, desapareciendo cada una hacia cada lado, y el banco volvió a su estado de inexistencia.
Pasaron dos años y Reina, callejera indomable, ya se fundía con asfalto y comía luz de farolas y mendrugos de pan rellenos de cotidianeidad de otros. Quería atrapar a un pequeño gorrión caído pero su espalda ya no se enderezaba como antes, estaba definitivamente cosida hacia sus pasos y no podía alcanzar la rama que acogía a una vida parecida a la de ella. Al tiempo que alzaba su huesuda mano hacía el gorrión la ráfaga de una mujer se detuvo ante la imagen del pájaro. Su tristeza parecía querer las alas del ave y su cuerpo frío ansiaba ser ocupado por otro ser que le diera más calor, otro aliento que no fuera el de Odetta. Cuando Reina giró, como pudo, sus hombros al sentir la presencia de Odetta, ésta ya estaba a años luz de la escena.
Otro reencuentro se produjo en un cine desmantelado a las afueras de la ciudad, otro más en un callejón de oscuridad amarillenta, dos veces aterrizaron sus rostros al mismo tiempo sobre el cristal del escaparate adornado con ropas de bebé. El reflejo que ambas proyectaban ahora parecía encontrarse, al igual que sus cuerpos: Odetta estaba llenándose y sus ojos se comían el aire mientras Reina estaba ya saciada de todo lo que había comido. Incluso la espalda de Odetta se solidarizó con la de Reina pues una leve languidez tapizaba su dorso esbozando su silueta el contorno de una nota musical que buscaba incesantemente a la clave de sol representada por el cuerpo de Reina.
En el autobús urbano ya solían acomodarse una al lado de la otra pero sus ojos seguían sin asomarse al balcón mutuo pues continuaban siendo dos caras de una misma moneda. Pero poco a poco la realidad comenzó a descartar la coincidencia y su bagaje compartido las llevó al mismo hospital…
Iban cada una en su camilla con la cabeza ladeada y la mirada perdida, tal vez en la vida de la otra. El historial médico de ambas era el siguiente:

Fecha de ingreso: 2 de octubre de 1.988.
Nombre del paciente: Dª Odetta Alminar Redken.
Fecha de nacimiento: 3 de mayo de 1961.
Dirección: C/ del Árbol Seco, número 11, 3º.
Causa de ingreso: paciente que presenta lesiones en brazos y piernas producidas con arma blanca y con un cuadro de depresión severa probablemente debido a trastorno esquizo-afectivo sin diagnosticar.

Fecha de ingreso: 23 de enero de 2.008.
Nombre del paciente: dice llamarse Reina. (no posee documento de identidad)
Fecha de nacimiento: no sabe.
Dirección: no sabe.
Causa de ingreso: rotura de cadera producida por caída desde la rama de un árbol de un parque público, a dos metros de altura aproximadamente.

Por supuesto, se volvieron a encontrar. Y fue en el mínimo espacio del ascensor del hospital, cuando sus camillas chocaron inevitablemente. Las cuatro retinas se buscaron y al fin se dieron cuenta de que pertenecían a la misma persona.
De este modo Reina recordó quién había sido y Odetta supo en quién se convertiría.




(Imagen perteneciente a la obra del artista Vladimir Kush titulada To the top. http://www.vladimirkush.com/)
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