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viernes, 20 de abril de 2012

La última voz







Porque pronuncio dolor
no lo llamo dinastía,
o el daño predilecto arráncame
que de esta extracción mía
no se halle la cifra
para el plan de la carne.

Sácame este coágulo de cristal
que me concreta,
que cuajado me aprieta.

Córtame el orto,  
barranco de leche,
soga destronada.
Esta terrible torpeza
es terrible por sonda
al instante del azote,
es terrible por ronquera
en la sala del crujido,
es un lomo herido
de corteza rogada
al himen
de los charcos,
y es terrible por torpeza
y es torpeza por rogada.

Esta piel es una logia
de fatiga.
El hielo también termina
cuando es membrana,
como chillan
las semillas de las fresas,
para hacerse lápidas gritadas.


Sácame este coágulo de cristal
que me concreta,
que cuajado me aprieta.


Horda fría, piel.
Que te ves hirviente, cuerpo,
de impétigo
cuando hace falta tocar.
También cree que arde
El glaciar
cuando alguien lo camina,
con su poder prestado
cree que arde,
al igual que esta lengua
que fusila
como un relámpago
de carne
y cree que arde.

Porque pronuncio dolor
no lo llamo dinastía,
Que esta seda me grita
aquí adentro.

Cartílago de la tormenta,
tienes tu sombra pactada
cuando el cuerpo te devuelva.

Un sarcófago tengo metido,
un único vértigo,
la última voz del olvido,
la consecuencia tengo,
la respuesta
a un infinito,
todo lo que no improvisa
el viento
es lo que tengo.

Sácame este coágulo de cristal
que me concreta,
que cuajado me aprieta.


Estos exorcismos sólo los reza Satán.








La imagen pertenece a la obra del fotógrafo Chadwick Thyler.







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miércoles, 28 de marzo de 2012

Los tres estados del barro.




“Cuando murió no consistieron que le cerrásemos los ojos.”

Estas palabras desbordaron la inflexible idea que de la muerte se puede tener en la infancia. Una niña desconoce impunemente que tenga que haber una carga de la dignidad en el rictus morti. Tal vez este mensaje surgiera de un puntal ideológico-cristiano o tal vez no. Pero lo cierto es que el hecho de que la negación a cerrarle los ojos a un muerto se convirtiera en un puñal póstumo, en algo mezquino y arrojadizo no sólo contra un cuerpo ya sin vida sino que el "no consentir" se esgrimiera como venganza versus desesperanza (la de unos compañeros privados de libertad y de muchas más cosas) era lo que más desolación me producía.

Esta frase la solía repetir mi abuelo José en tertulias familiares de las que a penas recuerdo el contexto. Pero cuando pronunciaba ese “no consintieron que le cerrásemos los ojos” un peso atroz y desconocido me amputaba absolutamente.

Un día no como éste, hace ya 70 años, mi abuelo, al igual que otros compañeros de celda, acompañaron a Miguel Hernández en sus últimos días de agonía, en la cárcel de Alicante. Él, mi abuelo, sólo lo llamaba Miguel, el poeta.

Os dejo un poema que le dediqué a tenor de su "Me llamo barro".

  


Los tres estados del barro. 

Las trincheras depravan el barro.
Cada cúmulo de fardos
es racimo necrosado
que el hombre impone al fango.
Al llover en las trincheras
se derrite el desangrado
y miles de regueros granates, granizados,
por la terquedad de la piedra
unida al licuado,
se funden para recomponer
un solo estado.

Es allí donde un hombre
retoza en el tránsito,
el de la vida y la muerte,
el del sudor o la suerte
de no ser alcanzado.
-¡Mata, mata Miguel a ese soldado!,
¡no es un hombre de carne,
es un muñón de trapo!.
Pero Miguel empuña el arma
como afloja a la hierba el cayado
y sus dedos pastorean
la luz de otro letargo.
Hasta que vuelve de nuevo a la zanja
y marchita rodillas en charco
para libarle los ojos al trapo…

Le llamaron Miguel,
Ya nació de estiércol
pájaro,
La metralla hilvanada en el pico,
En el monte tricotando,
Con la furia del patrón mordisco
Y la pena del roer vasallo,
Al relámpago iba cosiendo el nicho
porque el lecho lo dejó robado.
Consiguió que volara el sepulcro
Para el regreso a sus horas de prado.

Le expropiaron la fragua a la boca
Y la voz fue rumor de cadalso
Pero nació siendo Miguel
Para morir llamándose barro.





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viernes, 16 de marzo de 2012

La emoción indomable.





Una cornada desdicha en su molde.
O si se aplasta la palabra
Hacia ella misma,
Sosteniéndose la entraña
Por la sola mano
Que la lincha.
Es un charco en el aire
Acuchillándose el agua
Que lo pende.
Hay que abrirse hasta los dientes
Por si sudan
Cuando la carne recobra
Su voto de látigo.


La emoción indomable.
Una aguja
Arruinando el alarido,
Lo mismo que la púa al sonido
De un gramófono vital.
Es a la fatalidad del polvo
Lo que la gota al sucediendo,
Es un duelo malmetido,
Un clavo torcido y suplicante
O lo que encorva
La cópula al hincarse
Por la fuerza del fallar.


La vida está en otra parte,
No hay que coger
Del botín
Lo más brillante.


La emoción indomable.
El ojo tullido de una sombra
Que se lame
Mientras tiene que mirar.
La emoción indomable.
El antifaz
Que a su cíclope abandona,
Una mentira comprensible
Que se fuga
De su verdad incomprensible
porque ruge
Con demencia de callar.


La emoción indomable.
Una lápida de aceite,
Que es aquí donde muero
Y luego me resbalo,
Y si no soy capaz de morir
No he vivido,
Pues ser más que nunca,
Donde muero,
Es saltarse a la vida
Para vivir primero.


La vida está en otra parte,
No hay que coger
Del botín
Lo más brillante.


La emoción indomable.
Una deposición solitaria
En la mazmorra del rayo,
Dos solos movimientos
(Separación y destello)
Alargando lo fugaz
En el mutuamente
Muriendo.
Reconocerse sólo movimiento
Son en realidad dos movimientos,
Dos tendencias a vivirse.


La emoción indomable,
Un lugar donde morir
Para allí seguir sintiendo
Que es aquí
Donde viví sin mí
Algún tiempo,
Como un trueno destronado
Que se extingue,
Sin hacer otra cosa
Que extinguirse
Para así poder tronar.


Pues sólo por gritar
Que hemos vivido
Hay que morirse.
El resto únicamente es velar.


La emoción indomable,
No hay que coger
Del botín
Lo más brillante.
El resto únicamente es robar.










Gracias a todos mis compañeros, valiosos y amigos queridos que he conocido gracias a blogger (alguien tenía que decir algo bueno de blogger)  y con los que comparto el sólo instante del pálpito acompasado. Estaré volviendo. Un abrazo inmenso.








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miércoles, 1 de febrero de 2012

La Pietà del Anoche







Donde habito la sustancia persiste en desescombro esperando ser denominada nuevamente. Este lugar, donde habito, es como una pira bautismal excesiva y dada a las sinergias difíciles. La materia aquí tiembla descargada de su nombre, se arroga un impulso secreto, aquí se descarna con el alivio de una huella escarbada. Aguarda ser dicha pero de forma relativa, cambiante incluso, tornadiza. Creedme si os digo que he de recurrir indefectiblemente a la posibilidad, a la noción de una identidad en potencia -e incluso a cierta coincidencia- para recobrarla hacia un bautismo atroz. Nombrar a la sustancia no como se nos presenta en un momento determinado sino por lo que pueda llegar a ser se convierte en una tiranía del no-ser que fatiga. Y después de todo este memento mori resulta que la sustancia todavía se revuelve frente a la carga de un conjunto de sonidos. A esta forma de designar la llamo “lenguaje flotante” (esta etiqueta sí se me permite).


Aquí os diré también que tengo un gato… llamémosle “gato”, sí. Mi gato siempre me plantea su existencia con algún pajarillo trinchado entre sus fauces. Necesita mediar su sombra entre los pájaros mientras todavía le pertenece viva. Como es uso y delirio, aquella noche salió a cazar, a dudarse, a encajarse cualquier nervadura de buche y pluma viviente.

Mi fiera…llamémosle ahora “fiera”, no perdón, “devoción”… bien, se queda en “tridente”.  Mi tridente atravesó algo tiritante, mínimo y oscuro. No quise nombrarlo esa vez. Hoy os digo que era un pequeño desnudo de mujer que se retorcía hacia arriba como una variz de alma.

-Maldita sea… he asesinado a una confidencia enamorada de un sólo nombre.

Mientras perduraba entre mis manos la mujer mostraba una sumisa habilidad hacia la muerte, perdón, llamémosle “vida”. De espanto y sensualmente excretó desde un labio oculto un nido brusco de barro. Al acercarme a esta pietà de raza tuve que redefinir aquel vómito como una “blonda de látigo”… no, perdón, llamémosle “poema”.



Anoche estuve lloviendo.

Tengo una fuga que desnombra
Todo aquello que sostengo
Y a Bernini tallándome la sombra.
Fauces de óleo,
Dos escarpias de hilo
En mi aliento
Perforan tu nombre.
He venido a foliarte la sangre
Y a archivar tu pecho
En el dínamo estrellado
De mi carne.

Anoche estuve manando.

Grillos de lacre azul
Parían las esquinas pobres,
Raíces de morfina
Para las farolas
Que no quieren morir de iluminadas
Y úteros de hombre
Para desdecir la fortaleza,
Y descarriar al mundo.

Anoche estuve saqueándome el costado.

Y entre las costillas tronaba
Un filo desgajado
Como la saliva rota
Del relámpago.
No hay remache que me reconozca,
Que me ampare para aliviar
Este desfondarte
y volverte a desfondar.
Guantes de una fuerza imperdonable
Tuve que lanzarme,
Que la boca siempre se me olvida.

Anoche estuve flambeando las cornisas.

Como llagas de leche truculenta
Y encendida,
Como cabelleras de azufre
Que fornican
Con todo lo cimentado,
Con todo lo afianzado,
Lo celebrado, lo erigido,
Para tener hijos bastardos
Del incendio del ladrillo
Que llamen padre al menoscabo
Y a la pérdida familia.

Anoche estuve acabándome en tus ojos.

Cuando nacen del mismo barro
Dos miradas,
De la misma extenuación de una vasija
Que se ha hecho más para el derrame
Que para albergar
Idéntico líquido,
Hay un tácito comercio en el vacío,
La pérdida de uno
Va cuajando el hueco
Para que el otro vierta
Su derribo.

De cuanta angustia es cifra
Esta lluvia,
De cuanta privación
Es este fuego,
Cómo llenarte oscuridad
Sino contigo misma.

Anoche estuve anocheciendo.

Y ahora sí, el ocaso no tendrá procedencia ni salida ni nombre.









(El dibujo es cosecha propia, lápiz sobre papel).




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miércoles, 11 de enero de 2012

Cauces de centeno

Burdeles de luz,
Rutilantes avenidas,
Si sólo soy un noray nocturno
Arrancado del fango del suburbio
que ansía amarrarse a sus heridas.







En un callejón de brillo jugoso, donde noche tras noche los contornos simulaban cuarzos lunáticos incendiándose en charol, ocurría algo sutilmente profundo. Dos enigmas se engarzaban en una sucesión de cópulas diferidas. Cada fugaz estremecimiento ahogaba el inicio del siguiente de modo que nunca se alcanzara la precisión de lo absoluto.
Si el ocaso -que en esos instantes rompía- se desfondara en su propio desguace, existirían los borbotones de ónice más que de nube o todo el carbón atormentado de la historia parecería ascender a la espera de su canonización vertical e irrevocable. Pero cada rigor de atmósfera negra no era obra de ningún cráter ni de un titán de grava incandescente. Era la consecuencia salvaje de aquellas arcadas de fiebre que en sí mismas protegían su secuestro lanzándose como cauces de centeno hacia el infinito.

Estos flujos de copo aporreado pudieran ser o bien eclosiones de una progenie transitoria -que aquellos dos enigmas tendieran a engendrar con cada privación de máximos- o algoritmos torrenciales que revelaran la verdadera sinrazón de tales enigmas.

Pronto supe que los géiseres que abrían el éter eran poemas.



Burdeles de luz,
Rutilantes avenidas,
Si sólo soy un noray nocturno
Arrancado del fango del suburbio
Que ansía amarrarse a sus heridas.


Vivir como un seísmo
Robado al inframundo,
Como una carótida exhumada.
Hay lenguajes de abismo
Que rebañan el nirvana.

(Hurgad esta alborada
Y desclavarme de su beatitud).

La verdad comienza
En cada punta de lanza,
El resto es sólo esclavitud.


La eslora de una mano
No se ha de medir a puños,
La profundidad de un grito
No se calcula con bengalas,
No se calcula.
No se traduce la fisura
Ni el miedo se pospone.
No existe en el fuego
La precisión o el orden,
Ni la furia de las bestias
Se podrá jamás besar.


Fastuosos tejidos,
Flamantes discursos,
Tan impecablemente encauzados,
Como glandes de mármol
Púdicamente endurecidos
Para servir a la golfa eternidad.


Disfrazada de sed
Es posible que me encuentre la boca.
Disfrazada de atasco
Podré rebuscarme,
Removerme
O precisar incluso mi escombro.
Y una flota de alientos
Encallará en tanto derribo
Y al fin dejarán de picotear.
Entonces mis pestañas corsarias,
Entonces el pómulo bandido,
Emprenderé más batallas,
Socavaré a los benditos
Con tan sólo gesticular.
No, hoy voy a desarmarme,
Hoy únicamente sostengo
Coraje sencillo,
No es más que eso,
El de una loba galopada
Que por mucho
Que la vejen
Para hacerla ladrar
Nunca renunciará a su aullido.



La imagen pertenece a la obra de la fotógrafa Susan Burnstine


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jueves, 15 de diciembre de 2011

Surrealista maldición de los reflejos










Varias mordeduras de cisne en el iris oscilan en jauría por la sierra. Ellas crearon la tiniebla del ojo. Sospechan frenéticamente levitando sobre un monopolio de frascos y válvulas prósperos de solana.

Intuyen que la ninfomanía de la bruma del día anterior ha lubricado el desangrado del vertedero del páramo.

Este asedio se pudo presagiar en la propia estructura de la ostentación del agua. Siempre ha sido longitudinalmente sucesiva pero ahora debe desplazarse a muñones por la loma. Porque el agua tiene miedo planea que su brillo se confite. Entonces comienza transitando horcajada, insomne, vesicular, malmetida, agolpada, sucia, a puños frescos, truculenta, serosa, rebanadamente hídrica, a nalgas de ponzoña que reptan por los riscos y las bestias.
Se ha desatado el declive del transcurso, la decadencia del reguero y su reverberancia, ha claudicado el flujo, toda corriente de agua se torna coágulo. El sólo concepto de derrame se extingue abruptamente. La vida se desdice.

En este estado de trashumancia linfática las pozas y las charcas se anticipan adherentes como cuajos de introspección gelatinosa. Y comienzan a irrogarse una belleza molusca, inimaginable de reprochar, e incluso medúseamente maceran todos los orificios de la sierra. Ignoran la existencia de tímpanos en las puntas del aire. Éstos urden perfiles ocultos, los expulsan y perpetran hasta que logran soterrarlos en la entraña del agua.

Una vez se hincan en la inquina termal los tímpanos eructan acecho reclinable: la misión es empalar todo tumor de líquido corrupto y vergonzante porque brilla.

Pero más incesto hay en el acecho que invierte en desangrados, más desvergüenza, porque no es lícito ser rapaz y gangrena al mismo tiempo, como no lo es ser ojo y carcoma: estas mordeduras de cisne abominan reglas y costumbres pues los creadores de este mecanismo no toleran que la horma del reflejo se exima de la vigilancia.

Allá supuran escarmiento un desahucio de desperdicios. Están apuñalando el ruinoso esplendor de sus bolsas raquíticas. Celebran al fin su venganza frente a las fauces de plástico que los convirtieron en testículos inmundos. Saben que se ha iniciado un nuevo orden, la crucifixión del rutilo. Es el momento de gozar de su apagado.

Justamente, en ese apartado de la loma hay una reserva de maldad del recuerdo, se percibe lo siniestro de lo premeditado pretérito: unos caparazones vacantes de caracol se fagocitan como prelados y hacen recuento de todas las mollas y babas y sueños que engulleron; carraspea un cardumen de latones violentos con lo que fue su apertura, una muerte fanática; se relame un orgiástico terrón de chapas y adherencias, parece un manojo carnívoro acordándose de lo que sostuvo la sangre;  hay liquen que no sabe esperar y se arroja contra las comisuras de alma de cualquier sombra. Todo ello vigoriza a este hórreo de astuta necesidad.


Pero el cenit de la conspiración siempre pretende raíles y los engranajes de toda unidad terminan cediendo a la infrecuencia, a la particularidad o al ostracismo.

Precisamente un teselado de labios de sosa pulula indispensable y tornadizo. Sus bocas forman parte de la forja de parásitos que murmura en el margen de las mordeduras. Aunque no hay voluntad en su apetito porque estas bocas lo que roen es lo que no escogen, lo que arruinan es lo que no rozan. Merodean junto al iris ya mordido y escarbado, desnutriéndose de lo que elige hurgar su ojo. Pronto sucumbirán y con ellas todo este rotor funesto.


Sin embargo en todos los valles, en las sierras, en los objetos interrumpidos, en los cuerpos, en la pérdida, en el polvo, en la sed, en el espasmo hay un fuego que se refleja en las posturas, un fuego que es de fiebre, de senda hecha fusil, de góndola bengala, hay un fuego de un material cantero, que talla y que ruge y que lanza. Si este fuego fuera capaz de decir lo que busca, tan sólo de nombrarlo, la vida sería una sátira de azufre rebuscando en el infinito otra forma de llorar.


*(La imagen es un dibujo propio hecho a lápiz sobre papel)
















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martes, 27 de septiembre de 2011

Poemas dedicados de Ana Muela Sopeña







ESPUMA DEL AZAR

A Gabriela Amorós, con mi admiración por tus letras y mi aprecio por tu calidad humana

Gabriela escribe siempre en un zigzag
a la noche, en la piel de la penumbra,
besando los presagios de Kochab.
Recita invocaciones del ayer,
irradia cual varilla zahorí
en el instinto abierto de una nube.
La estrella desafía a lo abisal
ahora que su sombra es más antigua.

A veces se aclimata en una hora
mientras mira despacio su gran álbum
o estrecha la negrura bajo el humo
rugiente como espuma del azar,
ondeando en el límite marino
sin temor a crepúsculos azules.


Ana Muela Sopeña


*****

Kochab: Estrella Beta de la constelación de la Osa Menor.



*****





POR LA HISTORIA PRIMIGENIA


A Gabriela Amorós, escritora original y deslumbrante.


I


Cabalgas por la historia primigenia,
para atrapar palabras escondidas
en minerales y árboles atávicos.


II


Encuentras en los códices perdidos
las voces del pasado
que viajan en los trenes de los sueños.


III


Te adueñas del lenguaje
que habita en las edades prehistóricas
y lo doblas con una maestría
de quien no tiene pánico a lo único.


IV


Te enfrentas a los monstruos colectivos
y amaestras diablos con tus dedos
de domadora de serpientes.


V


El instinto colectivo de la especie 
te tiene fascinada.


VI


Eres una amanuense
que en vez de residir
en algún monasterio medieval
resuenas con la época moderna
y viajas por los túneles del tiempo
como en novelas de ciencia ficción.


VII


Amasas las metáforas
en el atanor del alquimista
con el mercurio de los sabios
y el azufre que muerde a los demonios.


VIII


Leerte es una experiencia original.
Tú logras la inmersión en otros reinos
con espacios que algunos
por la doble moral imperante
pretenden reducir al gran silencio.


IX


Las piedras resonando en las marismas
archivan de tus letras
el númen que cautiva en el hechizo.






Ana Muela Sopeña.


LABERINTO DE LLUVIA
http://www.laberintodelluvia.com/

jueves, 15 de septiembre de 2011

El Ciclo del Destino



Dedicado al escritor, poeta y amigo Julio Díaz-Escamilla.









Una noche de brillo implacable la pértiga furtiva de un poeta salvadoreño saltó hasta mi puerta. Y engendró un titilo de palabras orgánicas, se alumbraban las unas a las otras en una placenta de humo, como las contracciones de una arcabucería remota cuya ronca bocanada se aproxima.




…Dos picotas de Llovizna rugen en sus manos. Les susurra que vayan a buscarte y explota irremediable la tormenta.

Llovizna. Desguace picado de Océano que los líquenes desecan a jirones.

Océano. Silo que cardas tu Pulpa hasta doler con los Temblores del Poeta.
Pulpa hasta doler porque Él te desclava, Él te encrespa el índigo mármol a penas sumergido y hace de ti su cantera.

Te encrespa el índigo mármol, estira el asta ultramarina punzando su estucado. Es lo que llaman Marea, porque Su Voz eriza al reclamarte.



Su Voz.



Es lo que llaman Marea, a Los Temblores del Poeta. Trovador de estepa, misionero de lucernas que boquea claveles de lino y arroyuelos. Da estocadas a Su Fuente y con la malla termal Enfunda Tu Barranco.

Enfunda Tu Barranco como todo Barranco, como un ánfora de ortos precoces embocando Sus Ascuas de Aire.

       Sus Ascuas de Aire son tu hambre o su lamento, Sus Ascuas de Viento son Temblor de raíles de labio o soplos que le llevan a Tu Cetro.
Sus Ascuas silban Pistilos sangrados y sarmientos, Pistilos que se anudan a tu Templo, a tu Nervio fascinado, a tu estola de hilo laminado.
Tu Nervio es Su Sangre, Tinta carcelera de ti y de Su Carne. Tinta que te van a rogar que rompas tu barreño.
Su Carne ya no es del tiempo, Su Carne excedida de ti se arranca momentos y altitudes, como la nieve que alivia y confiere soledad a los aludes.



Y en el corazón de la luz, en la más brillante carestía, tras el  armazón de su certeza más inabarcable e insumisa... se aprieta Su Voz.



Su Voz.



Mujer, escarba tu cabello, encuéntrale volutas a los juncos, hallarás su ofrenda cincelada de tanto concebirte. No has perdido aún tu realidad, comiénzate sobre la tierra, irrumpe, que delirada no sabrás que el barro oculta Su Voz, que en el subsuelo agolpan los latidos. Brótate, emana, que cuando siente cerca tu resuello se hace su silencio. Por ello aleja el hálito del lodo y honrará tu lejanía con Su Verso.

Su Verso. Latifundio de brillo acorazado por el lastre de Tu Cetro.

Su Verso. Irrefrenable reguero que hiende con terca nervadura. Derrame encendido e irreductible, exequia hirviente de Cirio febril y prodigioso.

Y como Cirio consagrado que se niega a consumirse, a dejar de avivarte, ha de arrebatarse sin tregua su unidad y su contorno.

Mujer, fragmenta ya el azúcar de Tu Cetro, desgránate siseante para Él como lo hacen los enjambres.


Así El Poeta descarna su última frontera, ora se derrumba, ora se imprecisa y tiembla para abarcarte de nuevo, para añorarte Su Voz con el gen de la Llovizna.




Su Voz.









Imagen perteneciente a la obra del fotógrafo norteamericano Mitch Dobrowner ( http://www.mitchdobrowner.com/ )  








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