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viernes, 4 de mayo de 2012

*Prólogo a otra vida











I.

La hierba llora
el espacio que hubo
entre vidas y torres,
las espinas son de carne
al no existir sus cabellos terribles,
y porque ni un solo ojo
tiene dueño todavía.
Merodean todos en prenda
para no gritar: descíframe o te clavo
en el hombre que serías.

Trayectos metidos hacia sí
como faros lamiéndose solos.
Todo consume centro aquí,
todo se cierne para lograrse deseo.
El instante sonríe jugoso
porque hay un brillo de lombriz
en el tiempo.


Astrolabios se inventan
inasibles a sí mismos
con piedras, raíces
y quistes de sombras.
Más allá unos líquenes
miran en carne viva.
Pienso que es la urgencia de la locura
que está garrapiñando todo lo inmóvil
junto con lo íntimo.

Hay una liturgia
en el negarse de las cosas
tan inédita,
tan capaz,
tan despampanante,
tan hinchada en el jugo de su proceder,
que toda esta nada se comporta
como un universo traicionado,
como una tinaja perpetrando
lo que habría de ella
en el último líquido.


Las gargantas de los pájaros
han quedado esparcidas
a jirones verdes y rubios,
Se recogen como tajos amables
porque saben que volverán a dotar
de agrupada vida
a los privados de lo divisible,
porque los pájaros saben que reunirán
con la misma música antigua
que sólo se escucha cayendo.

En este momento recuerdo
aquello que anduve
sobre el puente de la horas muertas,
anduve un implacable bastión
hacia algo que dormía despertando…
y se hizo un crujido
en forma de nuevo orden
precipitado contra una sola uña.

Estoy cayendo,
y reconozco a este derrumbe predilecto.
Dios ha muerto.

Ahora consigo alcanzar
las gargantas de los pájaros,
ha llegado la hora
de que sea únicamente la música
la que lo cave todo.




II.

En esta otra vida
bebo cada punto de aire
como a una hemorragia.


Ya no escucho tramar
a un puñado de conchas,
veo mejillas ancestrales
que chocan y habitan
en el crujir de los tallos.

Ahora mis ojos le deben vacío
a unos prodigios azules
que se miran con mis córneas.
No dejan de mojar en aquellos
sus baldosas
de frío inmóvil.

Hundo volúmenes de arroyos
en el bramido de la noche,
y las manos se me abren
macizas, frescas, feroces,
empujando,
empujando,
metiendo sombras de anfibios con peces
en la carne por la que todo persiste,
y mis manos tiritan brillo
y favores de pulmones y lenguas
que habitaban últimos
pero ahora me saltan
apretados de olor
a su sangre.

Todo era inverosímil
a la piedad el ojo,
vicio de la bondad y el ruego.
En cambio aquí es la vida
la que se duele
Mientras el hombre se acierta,
Porque aquí sólo habita
el hombre que soporta
el presentimiento de la muerte.


He venido de una ventana parturienta
que separa lo que nunca vio
de lo que nunca quiso,
para que cada mortal
que se asome
se dispense su propio parto.






Imagen: Mi Olivetti del 46 y yo.







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viernes, 27 de abril de 2012

Aunque al final no me tenga la voz





Ahora sé porqué tengo las piernas
largas y torpes,
no era el suelo lo que debía pisar
sino el sinfín de tu nombre.
Y si tosía bosques o desgobiernos
en arrabales, de noche,
es que se me entretiene el pecho
con la cifra de su golpe
y deja hacer a la tos
lo que a ella le venga en gana.

Ahora sé porque guardo un libro
en la punta de una rama,
no es para leerlo nunca
sino para verlo caer
en lo sucio de mi despiste,
que dentro del mal elige
A la mala reputación
(más que a la mala conciencia),
y no hay mayor libertad
que el no saberse libre.

Ahora sé por tu boca
que la lluvia es imposible,
que todo lo que mengua a una nube
tarde o temprano sube
porque tiene que caer.
La permanencia subyuga
aunque nos hagamos los inconstantes.

Ahora sé que hay un ciego aturdido
bajo la luz de toda evidencia,
que hay un sólo instante en los ojos,
que hay un sónar en la duda,
que hay un orín en la rabia,
que hay un sótano en culpa,
que hay ranuras en los sitios
que te vuelven a parir sin cara.
Voy a enterrar ahora ese sitio
para no saber más nada,
que se lo cuente todo al barro,
que el ciclo del agua suba
a la nube toda esta carga,
y que llueva sin piedad locura
de tal forma que cordura se piense.
Que me vuelva a caer encima
lo que tenga otra vez que enterrar,
pues después iré a secarme
con la voz más convicta y oscura.

Ahora os sé, cabellos en la frecuencia,
os vivo como lombrices de sonido arrinconado,
que no era antojadiza esta tos,
es que sabía de ese mudo escenario
que una sombra siempre ensancha
en el fondo del camino.
Voy a toser como nunca
aunque al final no me tenga la voz
y si no, me tengo a las piedras,
pues a ellas no las silencia
ni el facsímil de la lluvia.

Voy a hacer de pie
lo que alivia al cuerpo el sepulcro,
voy a hurgar en el filo de una arista,
voy a romperle los tímpanos al barro
y a robarle el poder a la ceniza.

Seguiré cortando las horas
por vencerme a los pedazos,
aunque sé porqué cargo
mecha en los ojos,
para que me copule la pira del relámpago.










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viernes, 20 de abril de 2012

La última voz







Porque pronuncio dolor
no lo llamo dinastía,
o el daño predilecto arráncame
que de esta extracción mía
no se halle la cifra
para el plan de la carne.

Sácame este coágulo de cristal
que me concreta,
que cuajado me aprieta.

Córtame el orto,  
barranco de leche,
soga destronada.
Esta terrible torpeza
es terrible por sonda
al instante del azote,
es terrible por ronquera
en la sala del crujido,
es un lomo herido
de corteza rogada
al himen
de los charcos,
y es terrible por torpeza
y es torpeza por rogada.

Esta piel es una logia
de fatiga.
El hielo también termina
cuando es membrana,
como chillan
las semillas de las fresas,
para hacerse lápidas gritadas.


Sácame este coágulo de cristal
que me concreta,
que cuajado me aprieta.


Horda fría, piel.
Que te ves hirviente, cuerpo,
de impétigo
cuando hace falta tocar.
También cree que arde
El glaciar
cuando alguien lo camina,
con su poder prestado
cree que arde,
al igual que esta lengua
que fusila
como un relámpago
de carne
y cree que arde.

Porque pronuncio dolor
no lo llamo dinastía,
Que esta seda me grita
aquí adentro.

Cartílago de la tormenta,
tienes tu sombra pactada
cuando el cuerpo te devuelva.

Un sarcófago tengo metido,
un único vértigo,
la última voz del olvido,
la consecuencia tengo,
la respuesta
a un infinito,
todo lo que no improvisa
el viento
es lo que tengo.

Sácame este coágulo de cristal
que me concreta,
que cuajado me aprieta.


Estos exorcismos sólo los reza Satán.








La imagen pertenece a la obra del fotógrafo Chadwick Thyler.







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miércoles, 28 de marzo de 2012

Los tres estados del barro.




“Cuando murió no consistieron que le cerrásemos los ojos.”

Estas palabras desbordaron la inflexible idea que de la muerte se puede tener en la infancia. Una niña desconoce impunemente que tenga que haber una carga de la dignidad en el rictus morti. Tal vez este mensaje surgiera de un puntal ideológico-cristiano o tal vez no. Pero lo cierto es que el hecho de que la negación a cerrarle los ojos a un muerto se convirtiera en un puñal póstumo, en algo mezquino y arrojadizo no sólo contra un cuerpo ya sin vida sino que el "no consentir" se esgrimiera como venganza versus desesperanza (la de unos compañeros privados de libertad y de muchas más cosas) era lo que más desolación me producía.

Esta frase la solía repetir mi abuelo José en tertulias familiares de las que a penas recuerdo el contexto. Pero cuando pronunciaba ese “no consintieron que le cerrásemos los ojos” un peso atroz y desconocido me amputaba absolutamente.

Un día no como éste, hace ya 70 años, mi abuelo, al igual que otros compañeros de celda, acompañaron a Miguel Hernández en sus últimos días de agonía, en la cárcel de Alicante. Él, mi abuelo, sólo lo llamaba Miguel, el poeta.

Os dejo un poema que le dediqué a tenor de su "Me llamo barro".

  


Los tres estados del barro. 

Las trincheras depravan el barro.
Cada cúmulo de fardos
es racimo necrosado
que el hombre impone al fango.
Al llover en las trincheras
se derrite el desangrado
y miles de regueros granates, granizados,
por la terquedad de la piedra
unida al licuado,
se funden para recomponer
un solo estado.

Es allí donde un hombre
retoza en el tránsito,
el de la vida y la muerte,
el del sudor o la suerte
de no ser alcanzado.
-¡Mata, mata Miguel a ese soldado!,
¡no es un hombre de carne,
es un muñón de trapo!.
Pero Miguel empuña el arma
como afloja a la hierba el cayado
y sus dedos pastorean
la luz de otro letargo.
Hasta que vuelve de nuevo a la zanja
y marchita rodillas en charco
para libarle los ojos al trapo…

Le llamaron Miguel,
Ya nació de estiércol
pájaro,
La metralla hilvanada en el pico,
En el monte tricotando,
Con la furia del patrón mordisco
Y la pena del roer vasallo,
Al relámpago iba cosiendo el nicho
porque el lecho lo dejó robado.
Consiguió que volara el sepulcro
Para el regreso a sus horas de prado.

Le expropiaron la fragua a la boca
Y la voz fue rumor de cadalso
Pero nació siendo Miguel
Para morir llamándose barro.





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viernes, 16 de marzo de 2012

La emoción indomable.





Una cornada desdicha en su molde.
O si se aplasta la palabra
Hacia ella misma,
Sosteniéndose la entraña
Por la sola mano
Que la lincha.
Es un charco en el aire
Acuchillándose el agua
Que lo pende.
Hay que abrirse hasta los dientes
Por si sudan
Cuando la carne recobra
Su voto de látigo.


La emoción indomable.
Una aguja
Arruinando el alarido,
Lo mismo que la púa al sonido
De un gramófono vital.
Es a la fatalidad del polvo
Lo que la gota al sucediendo,
Es un duelo malmetido,
Un clavo torcido y suplicante
O lo que encorva
La cópula al hincarse
Por la fuerza del fallar.


La vida está en otra parte,
No hay que coger
Del botín
Lo más brillante.


La emoción indomable.
El ojo tullido de una sombra
Que se lame
Mientras tiene que mirar.
La emoción indomable.
El antifaz
Que a su cíclope abandona,
Una mentira comprensible
Que se fuga
De su verdad incomprensible
porque ruge
Con demencia de callar.


La emoción indomable.
Una lápida de aceite,
Que es aquí donde muero
Y luego me resbalo,
Y si no soy capaz de morir
No he vivido,
Pues ser más que nunca,
Donde muero,
Es saltarse a la vida
Para vivir primero.


La vida está en otra parte,
No hay que coger
Del botín
Lo más brillante.


La emoción indomable.
Una deposición solitaria
En la mazmorra del rayo,
Dos solos movimientos
(Separación y destello)
Alargando lo fugaz
En el mutuamente
Muriendo.
Reconocerse sólo movimiento
Son en realidad dos movimientos,
Dos tendencias a vivirse.


La emoción indomable,
Un lugar donde morir
Para allí seguir sintiendo
Que es aquí
Donde viví sin mí
Algún tiempo,
Como un trueno destronado
Que se extingue,
Sin hacer otra cosa
Que extinguirse
Para así poder tronar.


Pues sólo por gritar
Que hemos vivido
Hay que morirse.
El resto únicamente es velar.


La emoción indomable,
No hay que coger
Del botín
Lo más brillante.
El resto únicamente es robar.










Gracias a todos mis compañeros, valiosos y amigos queridos que he conocido gracias a blogger (alguien tenía que decir algo bueno de blogger)  y con los que comparto el sólo instante del pálpito acompasado. Estaré volviendo. Un abrazo inmenso.








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miércoles, 1 de febrero de 2012

La Pietà del Anoche







Donde habito la sustancia persiste en desescombro esperando ser denominada nuevamente. Este lugar, donde habito, es como una pira bautismal excesiva y dada a las sinergias difíciles. La materia aquí tiembla descargada de su nombre, se arroga un impulso secreto, aquí se descarna con el alivio de una huella escarbada. Aguarda ser dicha pero de forma relativa, cambiante incluso, tornadiza. Creedme si os digo que he de recurrir indefectiblemente a la posibilidad, a la noción de una identidad en potencia -e incluso a cierta coincidencia- para recobrarla hacia un bautismo atroz. Nombrar a la sustancia no como se nos presenta en un momento determinado sino por lo que pueda llegar a ser se convierte en una tiranía del no-ser que fatiga. Y después de todo este memento mori resulta que la sustancia todavía se revuelve frente a la carga de un conjunto de sonidos. A esta forma de designar la llamo “lenguaje flotante” (esta etiqueta sí se me permite).


Aquí os diré también que tengo un gato… llamémosle “gato”, sí. Mi gato siempre me plantea su existencia con algún pajarillo trinchado entre sus fauces. Necesita mediar su sombra entre los pájaros mientras todavía le pertenece viva. Como es uso y delirio, aquella noche salió a cazar, a dudarse, a encajarse cualquier nervadura de buche y pluma viviente.

Mi fiera…llamémosle ahora “fiera”, no perdón, “devoción”… bien, se queda en “tridente”.  Mi tridente atravesó algo tiritante, mínimo y oscuro. No quise nombrarlo esa vez. Hoy os digo que era un pequeño desnudo de mujer que se retorcía hacia arriba como una variz de alma.

-Maldita sea… he asesinado a una confidencia enamorada de un sólo nombre.

Mientras perduraba entre mis manos la mujer mostraba una sumisa habilidad hacia la muerte, perdón, llamémosle “vida”. De espanto y sensualmente excretó desde un labio oculto un nido brusco de barro. Al acercarme a esta pietà de raza tuve que redefinir aquel vómito como una “blonda de látigo”… no, perdón, llamémosle “poema”.



Anoche estuve lloviendo.

Tengo una fuga que desnombra
Todo aquello que sostengo
Y a Bernini tallándome la sombra.
Fauces de óleo,
Dos escarpias de hilo
En mi aliento
Perforan tu nombre.
He venido a foliarte la sangre
Y a archivar tu pecho
En el dínamo estrellado
De mi carne.

Anoche estuve manando.

Grillos de lacre azul
Parían las esquinas pobres,
Raíces de morfina
Para las farolas
Que no quieren morir de iluminadas
Y úteros de hombre
Para desdecir la fortaleza,
Y descarriar al mundo.

Anoche estuve saqueándome el costado.

Y entre las costillas tronaba
Un filo desgajado
Como la saliva rota
Del relámpago.
No hay remache que me reconozca,
Que me ampare para aliviar
Este desfondarte
y volverte a desfondar.
Guantes de una fuerza imperdonable
Tuve que lanzarme,
Que la boca siempre se me olvida.

Anoche estuve flambeando las cornisas.

Como llagas de leche truculenta
Y encendida,
Como cabelleras de azufre
Que fornican
Con todo lo cimentado,
Con todo lo afianzado,
Lo celebrado, lo erigido,
Para tener hijos bastardos
Del incendio del ladrillo
Que llamen padre al menoscabo
Y a la pérdida familia.

Anoche estuve acabándome en tus ojos.

Cuando nacen del mismo barro
Dos miradas,
De la misma extenuación de una vasija
Que se ha hecho más para el derrame
Que para albergar
Idéntico líquido,
Hay un tácito comercio en el vacío,
La pérdida de uno
Va cuajando el hueco
Para que el otro vierta
Su derribo.

De cuanta angustia es cifra
Esta lluvia,
De cuanta privación
Es este fuego,
Cómo llenarte oscuridad
Sino contigo misma.

Anoche estuve anocheciendo.

Y ahora sí, el ocaso no tendrá procedencia ni salida ni nombre.









(El dibujo es cosecha propia, lápiz sobre papel).




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miércoles, 11 de enero de 2012

Cauces de centeno

Burdeles de luz,
Rutilantes avenidas,
Si sólo soy un noray nocturno
Arrancado del fango del suburbio
que ansía amarrarse a sus heridas.







En un callejón de brillo jugoso, donde noche tras noche los contornos simulaban cuarzos lunáticos incendiándose en charol, ocurría algo sutilmente profundo. Dos enigmas se engarzaban en una sucesión de cópulas diferidas. Cada fugaz estremecimiento ahogaba el inicio del siguiente de modo que nunca se alcanzara la precisión de lo absoluto.
Si el ocaso -que en esos instantes rompía- se desfondara en su propio desguace, existirían los borbotones de ónice más que de nube o todo el carbón atormentado de la historia parecería ascender a la espera de su canonización vertical e irrevocable. Pero cada rigor de atmósfera negra no era obra de ningún cráter ni de un titán de grava incandescente. Era la consecuencia salvaje de aquellas arcadas de fiebre que en sí mismas protegían su secuestro lanzándose como cauces de centeno hacia el infinito.

Estos flujos de copo aporreado pudieran ser o bien eclosiones de una progenie transitoria -que aquellos dos enigmas tendieran a engendrar con cada privación de máximos- o algoritmos torrenciales que revelaran la verdadera sinrazón de tales enigmas.

Pronto supe que los géiseres que abrían el éter eran poemas.



Burdeles de luz,
Rutilantes avenidas,
Si sólo soy un noray nocturno
Arrancado del fango del suburbio
Que ansía amarrarse a sus heridas.


Vivir como un seísmo
Robado al inframundo,
Como una carótida exhumada.
Hay lenguajes de abismo
Que rebañan el nirvana.

(Hurgad esta alborada
Y desclavarme de su beatitud).

La verdad comienza
En cada punta de lanza,
El resto es sólo esclavitud.


La eslora de una mano
No se ha de medir a puños,
La profundidad de un grito
No se calcula con bengalas,
No se calcula.
No se traduce la fisura
Ni el miedo se pospone.
No existe en el fuego
La precisión o el orden,
Ni la furia de las bestias
Se podrá jamás besar.


Fastuosos tejidos,
Flamantes discursos,
Tan impecablemente encauzados,
Como glandes de mármol
Púdicamente endurecidos
Para servir a la golfa eternidad.


Disfrazada de sed
Es posible que me encuentre la boca.
Disfrazada de atasco
Podré rebuscarme,
Removerme
O precisar incluso mi escombro.
Y una flota de alientos
Encallará en tanto derribo
Y al fin dejarán de picotear.
Entonces mis pestañas corsarias,
Entonces el pómulo bandido,
Emprenderé más batallas,
Socavaré a los benditos
Con tan sólo gesticular.
No, hoy voy a desarmarme,
Hoy únicamente sostengo
Coraje sencillo,
No es más que eso,
El de una loba galopada
Que por mucho
Que la vejen
Para hacerla ladrar
Nunca renunciará a su aullido.



La imagen pertenece a la obra de la fotógrafa Susan Burnstine


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jueves, 15 de diciembre de 2011

Surrealista maldición de los reflejos










Varias mordeduras de cisne en el iris oscilan en jauría por la sierra. Ellas crearon la tiniebla del ojo. Sospechan frenéticamente levitando sobre un monopolio de frascos y válvulas prósperos de solana.

Intuyen que la ninfomanía de la bruma del día anterior ha lubricado el desangrado del vertedero del páramo.

Este asedio se pudo presagiar en la propia estructura de la ostentación del agua. Siempre ha sido longitudinalmente sucesiva pero ahora debe desplazarse a muñones por la loma. Porque el agua tiene miedo planea que su brillo se confite. Entonces comienza transitando horcajada, insomne, vesicular, malmetida, agolpada, sucia, a puños frescos, truculenta, serosa, rebanadamente hídrica, a nalgas de ponzoña que reptan por los riscos y las bestias.
Se ha desatado el declive del transcurso, la decadencia del reguero y su reverberancia, ha claudicado el flujo, toda corriente de agua se torna coágulo. El sólo concepto de derrame se extingue abruptamente. La vida se desdice.

En este estado de trashumancia linfática las pozas y las charcas se anticipan adherentes como cuajos de introspección gelatinosa. Y comienzan a irrogarse una belleza molusca, inimaginable de reprochar, e incluso medúseamente maceran todos los orificios de la sierra. Ignoran la existencia de tímpanos en las puntas del aire. Éstos urden perfiles ocultos, los expulsan y perpetran hasta que logran soterrarlos en la entraña del agua.

Una vez se hincan en la inquina termal los tímpanos eructan acecho reclinable: la misión es empalar todo tumor de líquido corrupto y vergonzante porque brilla.

Pero más incesto hay en el acecho que invierte en desangrados, más desvergüenza, porque no es lícito ser rapaz y gangrena al mismo tiempo, como no lo es ser ojo y carcoma: estas mordeduras de cisne abominan reglas y costumbres pues los creadores de este mecanismo no toleran que la horma del reflejo se exima de la vigilancia.

Allá supuran escarmiento un desahucio de desperdicios. Están apuñalando el ruinoso esplendor de sus bolsas raquíticas. Celebran al fin su venganza frente a las fauces de plástico que los convirtieron en testículos inmundos. Saben que se ha iniciado un nuevo orden, la crucifixión del rutilo. Es el momento de gozar de su apagado.

Justamente, en ese apartado de la loma hay una reserva de maldad del recuerdo, se percibe lo siniestro de lo premeditado pretérito: unos caparazones vacantes de caracol se fagocitan como prelados y hacen recuento de todas las mollas y babas y sueños que engulleron; carraspea un cardumen de latones violentos con lo que fue su apertura, una muerte fanática; se relame un orgiástico terrón de chapas y adherencias, parece un manojo carnívoro acordándose de lo que sostuvo la sangre;  hay liquen que no sabe esperar y se arroja contra las comisuras de alma de cualquier sombra. Todo ello vigoriza a este hórreo de astuta necesidad.


Pero el cenit de la conspiración siempre pretende raíles y los engranajes de toda unidad terminan cediendo a la infrecuencia, a la particularidad o al ostracismo.

Precisamente un teselado de labios de sosa pulula indispensable y tornadizo. Sus bocas forman parte de la forja de parásitos que murmura en el margen de las mordeduras. Aunque no hay voluntad en su apetito porque estas bocas lo que roen es lo que no escogen, lo que arruinan es lo que no rozan. Merodean junto al iris ya mordido y escarbado, desnutriéndose de lo que elige hurgar su ojo. Pronto sucumbirán y con ellas todo este rotor funesto.


Sin embargo en todos los valles, en las sierras, en los objetos interrumpidos, en los cuerpos, en la pérdida, en el polvo, en la sed, en el espasmo hay un fuego que se refleja en las posturas, un fuego que es de fiebre, de senda hecha fusil, de góndola bengala, hay un fuego de un material cantero, que talla y que ruge y que lanza. Si este fuego fuera capaz de decir lo que busca, tan sólo de nombrarlo, la vida sería una sátira de azufre rebuscando en el infinito otra forma de llorar.


*(La imagen es un dibujo propio hecho a lápiz sobre papel)
















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