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viernes, 26 de agosto de 2011

Cilicio de Centauro










Siempre supe que incinerando niebla
Enloquecían sus folículos de ocaso,
Por eso cargo mecha en los ojos
Para que me copule la pira del relámpago.

Siempre supe que los cielos retuercen sus varices
Para torturar el regocijo del rayo,
Que a su muerte anuncia
La descarga fallida de su orgasmo.

Siempre tuve la certeza de que me alumbraste
Anudando alféizares de chispa
Y embalarme así a tu bengala,
Que si me rabiaban a veces las arterias
Escarbando tus raíces arreciabas.
Así ardo y me arrastro y desguarnezco,
Disocio la lava de su piedra
Y mi sombra se enjuaga con materia.

Siempre supo esta matriz de fiera
Que el abrevadero que enervo entre los senos
Pudo ser de lana
Y que la lana se mustia con la niebla.
(Por ello digo que sólo quiero rondarle al fuego).

Dicen que a la muerte la excitan los derrames
Y a su vez en carne
Se ha de sepultar el gozo.
Yo digo que el gozo no posee terminales,
Es un nirvana
Y como tal brota de su cárcel.

Dicen que la máscara culmina
Apuñalando la identidad de su resguardo,
Pero yo sólo me calzo mi cilicio de centauro.
Así voy a buscarte con miedo y sin codicia,
Porque las bestias saben honrar sin apetito
Y no hay más voracidad
Que este deseo en el que habito.
-Nadie sabe lo que un cuerpo hincado
Entierra en su agonía.-
Entonces aparecen escaleras...
Y cuando ansío remontar algún peldaño,
Ostentarlo, exaltarlo y recorrerte
Desperdicio esta raza
De valquiria penitente.

Las escaleras no son para las fieras,
Las escaleras son hogazas ya lamidas,
Se nutren de esquelas
Y refriegas de zapatos,
y como un escapulario desplegable
Plastifican el recelo a las subidas.

Dicen que las ostras desgarradas
Pierden por amor sus astrolabios.
Y que estos ojos chillan centeno
Mientras menstrúa el mundo
Con parteras y sudarios.
Pero yo sólo me calzo mi cilicio de centauro
Y así sigo tropezando, salvaje y sometida,
Como la cuartada que exige el hombre
A su mitología.













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martes, 16 de agosto de 2011

El Delirante Anverso del Deseo










Cuando todo parecía doblegarse al crisol humano hubo una inversión fisiológica del entorno, una permuta entre ausencia y presencia humana.

Los hombres transmutaron a cardúmenes de aire y el aire devino corpóreo. La atmósfera hecha carne se convirtió en un organismo ecuménico, una omnipresencia carnosa acribillada por millones de vejigas de viento. Sí, cada una de ellas era el vacío que ocupaba el éter de cada vida o entidad humana. Y la imagen fue abominable: un esperpéntico navío jugoso relamía la tierra con la prodigalidad propia del naufragio.

Los espíritus, cuajados en sus tradicionales contornos dentro de aquella desproporción encarnada, lejos de intentar pertenecerse a sí mismos, ansiaban desagruparse para pretender la conquista de toda corporeidad circundante. Su angustiosa necedad por repelar cavidades e intersticios de cada horma carnosa era obsesiva. Y así es como la compasión del entorno por intentar salvaguardar intacta la silueta del hombre era desdeñada impetuosamente. Tal ambición humana por identificarse a través de superioridad, de imperio y de dominio sobre todo acopio de materia era una constante.

Sin embargo, el ser espectral pronto comenzó a soltar los antiguos lastres y miserias de la condición humana, se relajó, inició su desintoxicación y empezó a percibir cierta familiaridad en su nuevo estado, dentro de un cerco de carne. La razón de esta empatía es que, sea como fuere, siempre estuvo el espíritu apuntalado al organismo de los hombres y necesita sentir su fragua. Pero ahora era diferente pues la segregación del alma de su receptáculo era absoluta y con ese desprendimiento se sentía recobrada frente a todo el peso de la corporeidad.
Antaño, en el cuerpo de los hombres, el espíritu tan sólo se erigía en parte de un compuesto indisoluto. El reconocimiento de su independencia formaba parte del discurso propio de religiones y demás culto a las divinidades, que se encargaban de postular la separación entre cuerpo y alma, eso sí, pero una vez producida la expiración de su anfitrión.

De aquel modo es como el espíritu dejó de soportar la carga del organismo y deseó entonces gozar de su levedad. Y aspiró a deleitarse. En aquel momento una carencia sobrevenida pero intuida de algún modo frustró este deseo. El espíritu necesitaba una orilla, un punto de partida, estribos a partir de los cuales alcanzar su nirvana. Necesitaba materia y, por tanto, tuvo que reconciliarse con la carne.

Finalmente cada ente descubrió por sí mismo que sólo a través de su carne podría llegar a complacerse el espíritu.
Porque el gozo tan sólo es la súplica del alma para alejarse un instante de su cuerpo.
Así es como se eleva el espíritu hacia los Cielos y así es como coexiste sin insurrecciones.

Mientras tanto, un espectro urdía los sucesos que rodearon la inversión cómo un Apocalipsis. Sus predicaciones susurraban de espíritu a espíritu. Preconizaba la culpa de todos los hombres como causa universal de una extinción acontecida. Proclamaba que cuerpo y alma se habían disociado y ello no era más que consecuencia de la desaparición del hombre en la faz de la Tierra. Y aducía entonces que todo espectro quedaría soterrado en esta carne corrompida, a no ser que se iniciara el renacimiento a través del arrepentimiento y la devoción a un Espíritu Supremo o, de lo contrario, se les negaría a las almas el acceso al Reino de los Cielos. 

Lo que ocultó aquel espectro es que el Espíritu Supremo, como tal, necesitaba igualmente encarnarse en el cuerpo de los hombres para gozar de su exaltación.




Imagen perteneciente al retablo Infierno del Jardín de las Delicias de El Bosco.








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jueves, 28 de julio de 2011

Amanecer en clave nocturna



     

Lucerna matutina, no me cosas con ansia a mi esqueleto, deja que el ocaso me deshuese y así no habrá acueductos que encaucen mi carne.


La noche es para morirla, para arrastrarte sin que nada te componga.


Arpón constelado, desentierra de mí esta alambrada, desclávame el barrote sumergido que encarcela desde adentro, como una estaca apuntalada por derrames.
     
Hiérveme con ascuas de pantano y escúpeme el destello inyectado por tu barro. Este aerosol me perfora inversamente, igual que una vidriera de llovizna arruinada por el óxido.


Transfúndeme tu oscura sotana, quebrántala sobre estos relámpagos de seno y sangre, como desliz de pantera que descarna con sus fauces mientras besa.


Frota tus terrones de crepúsculo a mis yemas, que las varas de este billar ya no necesitan azules. Golpéame contra una bóveda de perla que de luna es para rendirse.

Este sudor antiguo simula un fósil de redes de bahía. Patíname entonces y espúmalo… aunque has de lloverlo antes, que fue rocío de ardor y reconoce su ciclo.

Te susurro desde estas tejas, o cánulas de labio y de locura, empeñando tan sólo la ocasión y tan poco el verbo. Y cada vez que la holocáustica alborada te ejecuta y seguidamente te absuelve, a ti, porque sabe que eres su fosa irrefutable, me intenta cardar en silencio los escombros pero crujen como pólvora sin gobierno y, por tanto, sin derrota.

Resbalemos siendo culebras mudando su escafandra y así nos recordaremos como lenguas confundidas pues nunca podremos distinguir de quién fue el cuerpo o a qué temblor pertenecimos.

Hazme de ti la sombra que nos pertenece, restituye a la luz tu sepulcro y quédate sin nombre, porque esto son estados donde el ser ya no tiene cabida y a donde nunca pudo llegar el hombre, que sólo busca identidades.

Enciende con tus brasas de ónice toda esta sangre que al fin se eriza sin cortafuegos ni presas. Ya sabes que ningún brillo negro pudo jamás apagarse.







Imagen perteneciente a una obra cosecha propia (o sea, pintado por mí, que me cuesta decirlo), óleo sobre lienzo titulado "Éxodo".









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domingo, 17 de julio de 2011

Génesis 0.0

       




       



        Cuando los hombros se derrotan proyectamos una sombra de hórreo, resignada, desidiosa.
La boca, única branquia que puede renacer engullendo a nudos el aire mientras oculta las patadas de su duelo.
El ocaso, noray de la conjura.


Le separo las nalgas a la noche y un ascua blanca se aprieta en un abismo de barranco. Parece un esputo terminal que reverbere encallado entre muslos sucios y tristes.
       
        El frío se desaprende, al igual que el miedo. No tiritaré, no enhebraré con vello el aire, no me escanciaré un cerco fraudulento para rendir la razón a su muralla. Veneramos a una cáscara inextricable que nos aísla de la terminación de nosotros mismos. Y dentro de ese caparazón existimos como cigotos exaltados.
        Y dentro de su vanidosa metralla cada hombre es un órgano que proyecta la divinidad para sentir el mundo.

       
        Decido despeñarme hacia la flema. Caigo abocardada como un borbotón de sangre o un reflujo de esperma (quién sabe si en una u otro se gestó la constelación de mi demencia).
        Mientras desciendo me destruyo, como rapaz que olvida su vuelo en el umbral del barrote, que hinca el préstamo de su carne y esqueleto hacia la faringe roída de su carcelero.
Intentamos burlar la deriva del camino primigenio, la ley que nos expande hacia lo incierto. Pero ahora, proyectil de sacrificio, empiezo a saberme materia…
       
        La vista, azotada por el vértigo, va demorando la imagen del ascua. Al fin aterrizo ilesamente, impugnablemente. Me cierno sobre el origen de aquella lucerna blanca: es una vaina de migas de nácar. Nada flanquea la indivisible rotura de su iridiscencia aunque presiento cercana la masculinidad del océano, se revuelcan los gramos del subsuelo. Si no fuera de sal mi coronaria ni la posidonia se hubiera blandido sobre estas encías no habría rumbo para descarrilar mis pasos. Y como esqueje que soy de marea, rauda encuentro la playa o una orilla de inhóspita rabia.

Nunca aparto la boca del agua, es un conducto.
Que se reconozcan en este paladar los naufragios, que se espeje la saliva con el fanal del océano, siempre fui el faro de los tercos.

Presiento que va a comenzar una adoración inverosímil, previa a su propia causa, razón o discernimiento.

El océano se espuma y jadea mortecino. Si el horizonte siempre gozó de solemnidades exento de verticalismos, ahora sus aguas irrigan pértigas que aguijonean a la mismísima autocracia de los cielos. Se erigen desde la lejanía como escarpias sin ley ni bautismo, como aspersiones desquiciadas, como hilos de baba de unas fauces inmensas que van aproximándose a la costa.

Retiro la visión, por extremista, y miro la franja de este litoral poseso. Veo cáscaras asfixiando la orilla, crujen como fritos de cerámica vidriosa y pretenden emular cadáveres de conchas pero son uñas desprendidas de seres indecibles. Los conozco a todos ellos, sé de sus patronos, de aquellos que las abandonaron declinando forcejeos. Todavía no entiendo la causa de esta insostenible certeza.

        Cuando reintegro mis córneas al océano descubro que aquellos mástiles disléxicos son ristras infinitas de presencias envueltas en mortajas sombrías (o así mi todavía conciencia lo registra). Se atornillan contra el aire levitando con el torneado propio de columnas salomónicas o tal vez son cadenas de ADN de la misma muerte.
        Comienzo a sentir la preexistencia de mis talones milenarios. Percibo cómo me voy aproximando a mi mismo cuerpo… sin embargo  permanecimos incrustados a esta orilla bulliciosa y arañante todo este tiempo,… no es posible. La confusión propia del laberinto entierra sus pasadizos en una clarividencia nunca antes conocida…

        A lo lejos se apolilla una pequeña figura al tiempo que se acerca hacia nuestro destino. Escucho los golpes de su pensamiento en el mío. Se registran sus pasos en mi carne, también sus desvaríos. Dice que todo lo que acontece aquí sucede fuera de tiempo y de la historia, no está catalogado, es previo a sí mismo. Mientras me usurpa pensamientos propios va susurrándome otros de su cosecha: ¿Quieres tocar lo que no han tocado antes los hombres? ¿Quieres escuchar lo que nadie todavía escucha? ¿Quieres que tu cuerpo se mueva a espaldas de tu consentimiento? Verdaderamente todo está por crear.

        Y ya no sé si me acerco yo misma o es la silueta la que se aproxima, si me conozco o me reconozco. Miro de nuevo el hervidero de uñas… sí, allí subsisten ahora las mías, junto con las nuestras, las distinguimos sin vacilaciones, allí se eternizan antes de su coexistencia.

        El contorno y yo nos sorbemos recíprocamente la visión y cuando advertimos que siempre hemos sido la misma vida, idéntico organismo, empieza a engullirnos hacia sí el tornado: a mí, a la mujer inescrutable, y a mí, a un anciano extenuado y errante.

        Percibimos como propias todas las inflexiones de los que generan la tormenta de sudarios, hasta que pasamos a ser del tornado, de la misma materia y única precognición verdadera.

Compartimos preexistencia, Una, Indivisible e Infinita.

Pronto inventaremos la fe en los edenes y perderemos el tiempo en aplazarnos, en diferirnos. Nunca nos alcanzaremos





Fotografía pertenenciente a la obra de Mitch Dobrowner, "Wall Cloud" ( http://www.mitchdobrowner.com/)








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domingo, 10 de julio de 2011

Embrión de poetas (Dedicatoria)



(Dedicado a Scarlet 2807, Rossana Arellano, Mercedes Ridocci, Julio Díaz-Escamilla, Toro Salvaje, Mixha Zizek, Diana Profilio, Pierrot, Raúl Ariza, Beatriz Cáceres, Morgana, Jorge Rodolfo Altmann y Eurice)

Nunca se besaron
Sus costados
Las almenas
Aun formando parte
De la misma huella.

Nunca el páramo dobló su espalda
Como una estera sumisa
Para abrirse a la floresta y al grano.

Nunca se alzó el crepúsculo
Para que la alborada midiera su fuero
Ni el hilo del ocaso
Brocó magnolias de magma.

Nunca lamió la espada
A la fragua que la tienta
Ni agrietó la escarcha su molde.

Nunca la ceniza resurgió como arteria
Ni los líquenes rodaron
Como egagrópilas de mármol.

Nunca el eco selló la garganta
A su frecuencia
Y rebatió su vasallaje
Por clamar su credo antes
Para invadir como elixir el aire
Con la extirpe torrencial de la insistencia.

Nunca se taló al rocío
Para honrar a los estratos de su fuente,
Ni se prendió cual brecha al témpano
Para forjar la blanca sierpe
Que al elevar el pálpito traza
El buche de su pájaro.

Nunca el éxodo fue más célula de labio
Que de andadura
Ni unos pétalos libaron
Tanta vendimia de polen
Para saberse manos.

Nunca el cristal
Atravesó la nube
De su eterna transparencia
Ni hubo lágrimas de albatros
Que golpearan
Idéntica cresta marina.

Pero ahora
Entre huestes de granizo incierto
Todo lo imposible se realiza
Y entre odas cenicientas
Intuimos el sabor de las mejillas.

Le pedimos a las moras
Que se abran como dedos
Para envolver a cada amanecida
Y como pértigas de helecho fatigado
Desplegamos las pestañas y la vela.


Y si en el útero materno
Nunca consiguieron
Brotar las alambradas
Este embrión de poetas
Es un puño, una fragua,
Es un único cabello que eriza su savia,
Es el filo de la sombra que a la luz baranda.

Y cuando las hogueras se derrumben entre niebla
Allí subsistirán las brasas, antes que las teclas.






(Imagen perteneciente a la obra de Vladimir Kush, "La danza del fuego").










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(Dedicado a Scarlet 2807, Rossana Arellano, Mercedes Ridocci, Julio Díaz-Escamilla, Toro Salvaje, Diana Profilio, Mixha Zizek, Raúl Ariza, Pierrot, Morgana, Beatriz Cáceres, Jorge Rodolfo Altmann y Eurice)

miércoles, 6 de julio de 2011

Poema dedicado de Mercedes Ridocci

 

CICLÓPEO PICO - a Gabriela Amorós -




a Gabriela Amorós
http://www.laemocionindomable.com/


En lo alto de un cerro habitan letras blancas sobre páginas negras.
La sabia y joven reina del singular pergamino,
ataviada de azabache y claros de luna,
me recibe entre jeroglíficos de palabras.

A ciegas palpo los conductos de su alma,
a tientas recorro sus atávicos enigmas,
respiro sus símbolos secretos.

Poco a poco mi cuerpo se transmuta en águila.
Planeo sobre su feudo.
Con vista sagaz arranco con ciclópeo pico
luminarias de su piel sapiente.

Alzo el vuelo y en la distancia aún puedo sentir en mi costado
la cómplice sonrisa de la soberana reina del lugar.

Mercedes Ridocci


     Este es el comentario de Gabriela Amorós, espero paseis por "su reino" y saboreéis sus letras

    Una Reina evanescente traspasa el alambique de mi alma para magnificar el Imperio del Aire, para irradiar su néctar de ocaso y convertir a la noche en un mero disfraz.
     Majestuosa y libertaria tu presencia, Mercedes, mi amiga, poeta y belleza mecida por el éter, la presiento unas veces en mis textos y otras me deleito descubriéndote, sabiéndote en los mundos que me impulsan a escribir,... aunque otras veces siento que el pálpito de mis dedos sobre las teclas son obra de tu danza hechizada.
     Es un poema increíblemente maravilloso, de un impulso visual poderoso y un mensaje intenso. La imagen que elegiste me ha parecido muy especial y es curioso que así me imaginé el escenario.
     Gracias amiga mía, mi admiración y cariño, mi emoción por estos versos que me dedicas y también por toda tu obra poética que sabes que está hermanada con la mía.

     Ha sido maravilloso saberte aquí en la blogosfera.

     Un abrazo infinito.

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     En el universo de Mercedes descubriréis un don que sólo pocos poseen. Si bien nuestro lenguaje escrito muchas veces deviene en insuficiente por no alcanzar la inmensidad de nuestras emociones y estremecimientos, la composición poética de esta Reina evanescente no sólo la constituye un océano de escritura excelsa sino que su cuerpo, libre de sedales y de redes, sí es capaz de expresar todo aquello, sí es capaz de descubrirnos que los contornos de la atmósfera pueden ser movidos por su danza, que es ella la soberana de su envoltorio, que hechiza la brisa con los gestos de su libre albedrío corporal para fundir su halo a lo intangible y que, en todo caso, los hilos son los del aire, que enreda a su antojo porque es su telar simbiótico.
     Iba a poner el enlace sin más pero me es imposible no seguir hablando de Mercedes Ridocci pues es un lujo encontrar esta bellísima trinidad entre escritura, danza y generosidad. 



sábado, 11 de junio de 2011

Mo Cuishle Blue






Efigie, ebúrnea, semental de escarcha, glaciar de ébano, friso verdadero. El azur de la flama es el cirro de tu arrojo. Corsaria de cristal amedallado. Enhebramos el eco del azor con las líneas de raso de tu espalda.


Turmalina rendida con esferas de plomo, ora pistilo de aluvión, ora gárgola boreal forzada al lodo. Intentamos excusar el mástil al naufragio, la parálisis del tiempo hizo desprender de plumas a los trópicos.
       

Último zafiro que el Círculo Polar le regaló a un otero, a aquel que paría flores de invierno. Conjugamos los tarsos de la vida con paso compartido para mediar primero que la brisa.

       
        El vértigo que la luz le oculta al rayo para agotar su rendimiento o su boato, aguja que a la calima sostuvo para ser su tallo o crin salina de Calypso. La razón de tu color fue un secuestro del céfiro a la órbita.

       
        Desplegabas tus perfiles de matriuska para inventar mi sueño, tu vigilia un versículo sin término ni génesis.


La tinta de unicornio se derrama con tu forma. Caldera cenicienta con trazas oceanía, orto de hielo majado en nardo, sudario mío, osario índigo fosilizas tus venas a mi muerte.


Escombro fratasado de utopías, cuanto humo de mi demolición rescataste. Fumo sombra.


Atasco de brillo del vello de la noche. Revivimos en el árbol milenario, aquel abeto que reencarna sus raíces, la pícea solitaria escandinava de la tundra nos oculta.


Mo cuishle blue, el secreto de tu esmalte lo supiste tú.






(La imagen es un carboncillo sobre papel que hice de mi dogo alemán azul, Sandra)








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domingo, 5 de junio de 2011

La Aguadora de las Aberraciones





      La nocturnidad fue dada para extasiar al imperio de los insurrectos, pero esta noche… esta noche he perdido mi escritura.
      La Emoción indomable lo es, lo sigue siendo aunque este trueno condenado a estrellarse dentro de un mismo cuerpo no confiera una vía de escape o la tregua del tecleo.

      Robaron cielos para meterme en los ojos la luz de la tormenta.

      Cargo piedra como una esclava nubia y libertaria que instala el bloque sedicioso inversamente, para revolver la dignidad de la pirámide y tornarla en receptáculo. O tal vez sienta el peso como una madame de prostíbulo que transita con espejos los rincones de su propio patrocinio. Eso nunca se sabe, el primer acto es veritas y el segundo veritatis.

      Robaron cielos para meterme en los ojos la luz de la tormenta.

      Imploro al espectro, al de aquel al que empotraron la ceguera como pretexto. Su hombre era un cuerpo de ciego que palpaba las calles de Buenos Aires, su fantasma la misión. Invoco, por tanto, al hacedor, al espectro:

      -Maestro, el rayo que no cesa… reniega de su toma a tierra y no consigo pulsaciones.

      -Ley del deseo no entiende de la elección de la descarga. Te voy a mostrar una senda, la que lleva a la Ciudad de los Inmortales. Allí hay escenarios que todavía no han sino descritos. No intentes buscar el sentido de lo que allí acontece… sólo necesitan un estómago que transporte líquidos. Has de partir tu rostro… ya sabes como. Toma, coge esto, sólo tienes que darles de beber.

      Robaron cielos para meterme en los ojos la luz de la tormenta.

      El orto es un hombre hundiéndose en el tálamo. Transito con un trapecio de hueso preñado de agua. Desciendo por un lienzo resbaladizo que no consiente deshacer mi erguida postura. Desafío a la mórbida pendiente en pie, caminando. No voy a deslizarme sentada, la lógica onírica está presente ahora, la tela zurciría mis lumbares al tejido castigando el asentamiento sobre sutilezas.
     
      La bajante y su doloso lamido oprimen rodillas. Todo descenso acelera el ritmo a cambio de dolor. Allí está, la percibo… La Ciudad de los Inmortales…
Robaron cielos para meterme en los ojos la luz de la tormenta.

      Una infame arquitectura arremete contra la razón: Peldaños sueltos descomponiendo a hachazos las fachadas. Racimos de cúpulas soldadas unas con las otras formando un coloso molecular descascarillado, trinchado en dólmenes escuálidos que a penas lo sostienen. A una fachada suelta en la loma la apuñala la columnata de algún templo ausente, irrumpe como dinosáurica espina dorsal regurgitada. Corredores que surgen desde intersecciones entre arcos de medio punto y ojivales superpuestos en mueca rumiante. Tumoración de arquivoltas escarbando el inmovilismo de un tímpano que yace como la losa del arquitecto que las creó concubinas. Pináculos desgajan gárgolas mitológicas, metralla justiciera de la fe… Aberraciones todas ellas que obligan a mirar.

      Si las ruinas transfieren desolación y naufragio, esta Ciudad injerta a la sangre una insólita locura… Un ojo comienza a recuperar el oído.

      Las líneas sensoriales asimiladas en el mundo de los mortales se deconstruyen: el advenimiento del verticalizonte.
Susurros corpóreos entran por los ojos clamando a mi paso con sonidos nunca antes percibidos.
       
      Ellos, los inmortales, asoman de entre la urbe inverosímil. Están sumergidos en moldes inhóspitos… duele mirarlos… No me detengo en descripciones ahora. Tiran de mis senos hacia un pórtico trabado a una fachada ventricular… se abre la fachada, la puerta no, sólo bosteza cerrada… no es posible…

        Robaron cielos para meterme en los ojos la luz de la tormenta.

        El monte de Venus también es pellizcado para agrupar mi contorno a la escena interna. Tiemblo.
        Y allí donde la abominación de los mortales alcanza su cenit es donde se despereza la aberrante liturgia de los inmortales.
        Lo que vislumbro a partir de este instante es inabordable bajo los cimientos del discurso…

-Cierto, maestro, no se puede afrontar con cognición o fundamento, te comprendo y describo lo que mi pudor consienta.

Robaron cielos para meterme en los ojos la luz de la tormenta.

La tiniebla se fragmenta y engulle filamentos de luz de dientes y uñas. Alargadas sombras fálicas se tornan vértigos de látigo que espolean ristras de lenguas que brotan de vulvas sin cuerpo. Unas ubres mortecinas se arrastran sobre pezones pastosos. Elevan una aureola que se abre y se cierra como el enfoque de una cámara fotográfica. Demandan líquido. Los riego.

Dedos son astillas que trillan a las nalgas y gemidos remueven vesículas de carne, la ingle o branquia serosa suda, labios que suplantan a la horca, gónadas penetran con violencia a lamentos vaginales, fauces atestadas de glandes espasmódicos,…los ojos de ellos, aviesos, miran sin estar apuntalados a los rostros, sonríen como antorchas siniestras… todo el mecanismo orgiástico se va acercando en bloque para tragar el caldo del ánfora que el creador me encomienda. Agitan engranajes, suplican cercanía de mi carne mortal. No deseo mirar… el creador lo sabía, solo él puede hacerlo.

Espolvoreo sobre volúmenes el líquido con párpados sensualmente entornados, como pirómano que irriga con bidón de gasolina… ansío cerillas y su fósforo…

Robaron cielos para meterme en los ojos la luz de la tormenta.


Ahora sí,… elijo la descarga del rayo sobre el baile de los desperdicios…



















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sábado, 4 de junio de 2011

Vértigo ( Poema dedicado de Rossana Arellano G. )


                    

VERTIGO (Dedicado a Gabriela Amorós)                 


Hablas y se levantan los rostros, uno tras otro, la calle tan estrecha recoge mi cansancio, una copa de vino en el cristal de las nostalgias,
Ay! corazón perforado, un labio interminable como río, me alarga entre babas esta rara tristeza.

La mano atenazada, rompe los matices del agua, tanto azul sobre el día y yo ave, vuelo transversal, indagando el duelo del aire...


Extraño que no caigas en penitencia ante mis ojos, que pobre de raíz te observo, ni aroma, ni lágrima te alcanzan.

Sepulté tu nombre, cuando resbalo tu alma, en el penúltimo vértigo, pero sabes, la muerte en el camino desliza sus flores perfumadas,
pero tu combates el canto de los deudos y juntas las manos hacia el rezo. Mitad hombre, mitad sobreviviente, te veo cargar la cruz de tu propio funeral.

He aquí, infinita piel acumulada, desgarro,  soledad y  jornada sin canción ni lucha, mucho menos bandera que se asile a los huesos.

¿Van ocultas las auroras?

Amasé un puñado de hermanos y la humedad de la tierra me volvió a barro una vez más el rostro, desde mi palidez extrema, no alcancé su puerta,
nada hay en el crepúsculo, sólo el dominio feroz del dolor y se queda el amor desgranando al alba su desprecio.

¿Quien faltará a la transparencia de todas mis lágrimas?

Va mi voz en la cintura subterránea del azufre y prende el llanto de la espera, así, como madera sin patria, desciendo en estertores hacia
la ceniza del papel de mis poemas exiliados.

Todas las noches, desde aquella, desgarro el traje de mi templanza y en el desvelo lo puedo ver intacto.

Yo, que fui semilla en la desolación, como pude cercenar mi propia herencia, por qué esta alma se prestó a la calumnia, ¿ o no era acaso mía, esa?
Que fea cicatriz se luce en el banquete de los seres  anónimos que muerden y devoran el aroma primaveral de la esperanza.

Al agua... tanto mártir, desheredando hasta los infiernos

Así, los hombres sombra, se restriegan complacidos las manos.

Resiste corazón, el  látigo y herida sobre el canto amarillo y estrecha tu soledad en la unidad de la poesía, cuando se detenga la letra en tu calle,
marcha sobre la tierra, libre, avanza derramando tu sangre en el olvido del tiempo...




Rossana Arellano



Amiga, poeta, gracias por esta dedicatoria tan sobrecogedora para mi como haber visto la fragua del poema en uno de tus comentarios aquí en La Emoción.
Esta vez La Emoción tiembla con la presencia y escritura de tu literatura, Rossana. No puedo más que postrarme ante este gesto tan generoso y verdadero... y tender una mano hacia la tuya para recorrer el camino con la ilusión apoyada en tus ojos.

Te abrazo con los míos.

sábado, 28 de mayo de 2011

Cópula Iluminata







     
      Estas dos manos, apariciones marianas de lo cotidiano, pretenden a su carne cual ramera arrepentida para acotar la devoción de la búsqueda, para ser contempladas como el limbo del tacto.
      Estas dos manos, embaucadoras sacrosantas que rozan apenas manivelas como asen los lirios las vírgenes, tal bocinas invisibles que causan la sordera de la lucha.
      Estas dos manos que beatifican el impulso del roce para esgrimir el grito triunfal del engañado, “al fin lo he tocado”, “por fin lo he sentido”… No, no habrá fin, no habrá desenlace al desplazar la materia. La causa.

      Distinguir una puerta de su ostentación, abortar la sombra del linaje del marco, moldear el umbral en cualquier mendrugo para penetrar sibilina e involuntariamente, como un vello aguijonea a su poro,… igual que copular antes de intuir el deseo de serte atravesado. El objetivo.

      Escaldar el tacto, pero no bajo estridente ebullición anclada a alguno de los tres estados. Lo haré con el tórrido rotor del Faro, borbotón que quema mira y lame, arrastra ojo y su derrame, descarna y descarga otorgando al estigma el don de la cóncava llaga. El método.

     
      Cuando las manos arden en quinqué poseso que espera un exorcismo su antorcha confiere… sabe que ha de saltar a otro cuerpo.




      El ocaso palpita. Camino hacia el Faro. Su glande sacude en rotación un chorro de polen. Extasiada en su base provoco a la puerta y se frunce. Penetro y subo peldaños como tabletas obscenas, recostadas disputándose la erección vertical del eje. Este andamio de lengua y deseo culmina en un nudo de escombro. Distinguir la puerta de su ostentación… vale, la desgrano sin contratiempos. Ya me espolea la pirueta demente del foco…

      No expongo sólo las manos, me trilla, me apuñala toda la carne y esqueleto. Y luego desova en su giro hacia la luz del otro faro, el de la isla, justo cuando ambos se besan al chocar la fulminación de sus rayos. Y en esta transfusión lumínica que sólo los faros acaudalan viaja mi contorno humano, transita de haz en haz cada vez que un faro vomita en otro su lucero. Recorro mundo. Tiemblo.

      Decido volver sin silueta y llueve.

      Lluvia: punzadas de aguja anfibia, metrallas de pasta de larva que zurcen volúmenes.

      Charcos: guijarros sin piedra que parten la pierna mitad en ameba y mitad en indignación.

      Jadeo: apuñalar con vacío y guillotina la ráfaga interna, puntillear el aire con aire, los pasos de la mudez.

      Luna menguante: visera de las tinieblas contra el titilo, guadaña de glaciar luminiscente, asoma el párpado el invierno.

      Sorpresa: Pero… ¿Qué haces ahí empapado? No te esperaba esta noche…

      Tú: Andén estepario que trasvasa raíles a mis brazos para encauzar al deseo, pecho de magma que huracana a embestidas.

      Yo: Papel que ansía su origami para existir más en cada doblez que en el cenit de la obra o una raíz de viento.

      Momentos: Membranas que desean fumarse, cabellos que lamen caldos frotados, aullidos invisibles que inflaman los huecos con ortos, horizontes de frisos que anuncian diagonales,  sollozo de cáliz triste y caliente, en los vapores de lidia toda fisura es preludio…

      
      Movimientos: apuntalas al fango, elevas y vuelves a estocar en el molde mojado, enhebras vértebras y tricotas mi médula al barro y tricotas el labio, coses la fuente para que estalle en derrame estrangulado a tu riego, irrigas con vértices y esponjas, saldas tu gozo con la fiebre de mi escote, atornillas el flechazo al eco candente, y muerdo las fugas y tose mi vientre cada vez que lo agitas… espasmos, Universo, temblores, Universo, descargas, Universo, la lluvia es harina de centella o Cúpula de Universo…



      Cuando dos arcos cohabitan para transferirse su peso la luz de algún faro tropieza el silencio.





      Imagen titulada "Ortos", cedida por Joachim&Malik. Podéis acceder a su espacio a través de este enlace: http://www.joachimmalikverlag.blogspot.com/















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Cópula Iluminata by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
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