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martes, 25 de enero de 2011

Los fractales de Helen (I)



Todo comenzó cuando el fruto del ciruelo reclama su muerte para intuir la tierra… y eso mismo le estaba ocurriendo a Helen Midle pues presentía el ciclo. Y la vi. Yo era el derrame de una ciruela encendida.
Le bruñía la piel con la fiebre y su aliento olía a ecuación de saliva y vapor de caracola. Hundió la pulpa en la boca y refregó el friso meloso en ella. Así es como la fruta parió al paladar de Helen. Desde aquel instante ansió repetirse. Se acordó entonces del día en que su padre le reveló que el agua de la fuente de Sant Pau en realidad siempre era la misma, que una y otra vez lamía idéntico contorno para enseñar su única lengua…
      
        A partir de ese momento no entendió su existencia como algo distinto a un inevitable y fraudulento circuito cerrado. El cauce de la inmortalidad como tal era para ella una entelequia destructiva e incluso aberrante. Es decir, no compartía la idea de que el ser pudiera eternizarse de manera lineal sin liquidar etapas. Por ello Helen planeó alguna irregularidad en la espiral que le permitiera clonar su propio ciclo una y otra vez. Pero no con el hartazgo sostenido de aquella fuente sino de alguna manera que contuviera la trazada invasiva de lo imperecedero…
        Apuntalando sus brotes capilares a toda su estructura se alzó; inyectó más vacío a la atmósfera y, esquivando los despojos de aquellas cárdenas medusas disfrazadas con la piel de las ciruelas, se marchó hasta la casa. Una vez allí hizo posar, sobre su ceñida mesa circular, a un leño, a un hueso y a una concha pródiga. No podía perder más tiempo ya que sus ojos habían convenido con el párpado ser tozudas lúnulas de brillo negro. Al domar las nalgas a la silla, pues era una mujer dividida que aspiraba a seguir tricotando cielos, sintió quemazón genital, pero nunca aplacaba el picor… revivía el pellizco que la madre reventaba en el hombro cuando la niña Helen encontraba su sexo escocido y la doble perforación del desencuentro allí continuaba. Por todo ello le abrasaba cuando sentía ansia. Y el recurso que escondía Helen para no conferirle la mano al pubis era presentir preludio de picazón en el escote y dejar caer allí las uñas por si acaso, razón por la que tenía el escote como una reyerta de patas urticantes.
       Respecto al leño, el hueso y la concha pródiga… es que siempre las tenía a mano,… desde que jugó por vez primera con Lui, su hermano. Había decidido sepultarse el día de su muerte con las tres odas a la levedad, de modo que en las venideras etapas de sopor tendría que embeberlas en el puño…¡qué más daba si el sudor competía con el picor! Lo importante era mantener su voluntad al margen…

Fue fácil no solo planificar sino ejecutar aquel proyecto clonador del ciclo de Helen: si el fin consistía en reiterar su verdadera existencia, el medio para lograrlo vino de la mano de su medicación pues durmiendo abundantemente lograría soñarse a sí misma infinitamente.

En su estado inaugural las visiones de Helen eran de una introspectiva delirante: unos dedos cubistas se erizan sobre un pomo verde como las púas de un rastrillo. Entonces irrumpe una servil portera con el rostro de Helen y, con un hombro perforado por un gran anzuelo untado en pelo cenizo, abre la puerta. Aparece otra Helen que atraviesa el recibidor al tiempo que saluda a la guardesa e indómitamente tropieza con el ojo del vecino, un señor idéntico a Helen que viste de traje. La Helen víctima del obstáculo ocular  seduce al ojo comenzando a inflamar los labios con un guiño de boca pues sabe lo que le gusta al caballero. Mientras el beso de aquella Helen acaba siendo un pezón de aire, otra Helen, la esposa del vecino, llora y desgaja la carne de su esternón. En otro sueño, pongo por caso, las entrampadas gradas de un campo de fútbol detonan al unísono millones de voces idénticas que rebuznan la misma frase una y otra vez: orine en el tarro, Helen. Todos los asientos son ocupados por miles de clones de Helen mientras en el centro del campo, entre la hierba, hay otra Helen en cuclillas intentando, con el pantalón replegado en sus tobillos, atinar su orín en un recipiente traslúcido…

Progresivamente, la ensoñación de Helen le otorgó el gozo de poder vegetar con rostros anónimos pero la totalidad de personajes que protagonizaron sus delirios siguen siendo ella.

Entre ambos mundos, el de la realidad y el de los sueños, la paradoja consuma su obra: nuestra Helen-consciente siempre ha actuado según la voluntad de su entorno. Unos la desearon lasciva y lo fue. Otros la aceptaron anárquica y el desorden se llamó Helen. Algunos le impusieron pasión por Tchaikovsky y la tuvo. Un amante la proclamó sumisa y, trémula, rendía nalgas. Una amiga la declaró experta y tejió como nunca… Insondables y adulteradas connotaciones, algunas íntimamente contradictorias, se regocijaron en una sola carne. Paralelamente, nuestra Helen-sumergida aspira a ser ella misma en infinitas y variopintas carnes, invadiendo a todo cuerpo que el ansia de la reafirmación le conceda devorar.


Acompañaré a Helen en todos sus fractales,… ya me he ungido de ella… con el parto de la ciruela.




          (Imagen cedida por José Valdés Ortiga)


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domingo, 16 de enero de 2011

Teclología






 
Al fin las yemas
Pertenecen
Al reino del lamido.
Poseídas,
Penetradas por la lengua,
Estremecen a la tecla,
Despreciando la uña
O la reyerta.
Y aquel músculo mojado,
En sendos alambiques
De lava convertido,
Colmados de diez filtros
A la boca roba el labio
Al destilar artículo.

No siento la mano
Cual cardumen
De apéndices huesudos.
Palmar insurrecta
Con dos tentaculares lenguas
Que beben ajenos intersticios
Pulsando letras.

Enluto así el fulgor de la pantalla.

Y ahora que está todo invertido,
Tropiezo con el ceño,
Mi hombro ruborizo,
Las venas las encrespo
Para formar colmillos.

Descubro que la niebla
También se vomita,
O que un seno grita
Al escanciar la grieta
Del contiguo.

Y si el mar
Canta calambres
Con la ola,
O la sangre del volcán
Debe a la piedra
Su hemorragia,
Voy a volar
Tan sólo con la tecla.





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domingo, 9 de enero de 2011

La Selva de Selvas

  

   Algunos de los rincones que integran el Universo de la Fantasía son transportados al mundo real en forma de parches escritos. Sí, es un proceso realizado mediante el uso del lenguaje, de nuestro lenguaje, inventado, por tanto, en este mundo y ajeno a la peculiaridad o, mejor dicho, a la anomalía del mundo fantástico. La palabra ha sido fraguada en el taller de lo humano pero, de momento, es lo único que tenemos (¡y gracias!) para intentar acercarnos a una digna descripción de sus delirantes espacios.


   El descenso, con su doloso lamido, comenzaba a oprimir las rodillas armadas de los guerreros, pues toda bajante acelera el ritmo a cambio de dolor. Pero el inicio de ecos silbados y otros sonidos anónimos que se empujaban entre sí para alcanzar al sigilo de la tropa distraía cualquier extenuación. El sendero empezaba a ser escoltado por una tumoración de tallos azules de crecimiento anillado que tendían sus círculos a lo largo del borde del camino para ser la voluptuosa envoltura de la travesía de la tropa. La altura de estos aros duplicaba a la de los soldados y de su órbita brotaban esquejes en forma de largas agujas que se ensartaban unas con las otras para buscar la mordedura de una especie de vesículas vegetales de pálida membrana con estrías violáceas. Estas ampollas, quizá con la apariencia de labios mortecinos rasgados por el rubor del hematoma, estaban rellenas de una poción traslúcida en la que parecían refregar sus espasmos miles de semillas rojizas. Tras ellas la efigie vigilante de la madera cuyo porte distante era abortado por la acrobacia de infinidad de insectos diminutos y de aves extrañas para los intrusos. De hecho Sarpo, que cepillaba con una de sus pupilas la alineación de aquellas huellas, reservaba su otra retina para sorprenderla con las nuevas especies de flora y fauna que entretenían el paso de los soldados. Sin desdeñar del todo el estado de alerta todos ellos se recreaban con el magnífico despliegue animal de la Selva de Selvas admirando, de un lado a otro, y de arriba abajo, todo cuanto les aparecía a su paso, como si de una expedición turística se tratara. Su marcha sostenida por la pendiente les permitía deleitarse más allá de lo necesario y tal condescendencia era hábilmente justificada por el Gigante pues era consciente de que la franca bajante era tortuosa y de que una vez abandonaran Silce no habría tiempo para la contemplación. Seguían sin púlpito celeste pero la luz era como el halo de cualquier amanecer.
  
   Una bandada de espinas aladas aproximó sus filos hasta la retenida curiosidad de los guerreros para aletearles los brillos purpúreos del stelion. El abdomen de estas aves era como una fina astilla anaranjada, prolongada y ligeramente curva. Su extremo superior trinchaba un cráneo en forma de media luna rojiza y escarchada de diminutas plumas verdes entre las que se apretaban dos globos oculares ambarinos que ocupaban la posición central de la cabeza. Lo realmente hipnótico era vislumbrar como, al tiempo que revoloteaban, iban meciendo dos péndulos que colgaban de sendos lados de la cabeza del pájaro. Al aproximarse hacia los rostros de los óminos pudieron algunos de ellos revelar que sus desarrollados lagrimales se ahorcaban en un manojo de hilos imperceptibles que pendían de aquellos para acabar en discos plumados del mismo color pupilar. Y el pezón inferior de la media luna debía ser el pico de estas insólitas aves pues por tal vértice bañado en plumón emitían un graznido opaco y jubiloso. Aunque más que aletear tiritaban el músculo afilado que poseían como cuerpo para que el temblor les batiera la anarquía del plumaje, pues las alas no eran más que lechos de pluma que habían germinado hacia todas direcciones pareciendo, precisamente, un batido plumado. Cuando saciaron su delirio por el fulgor de las armaduras desaparecieron entre troncos y aros vegetales sin aplacar sus reclamos.

   Al tiempo que las aves eclipsaban su cercanía un ser blanquecino y sin vello movía sus cinco extremidades para erizar el grano del sendero y seguir su rumbo hacia el otro lado. Eran cinco apéndices carnosos los que le proporcionaban un asombroso avance, pues la evolución de su uniforme movimiento era invisible a los ojos de los guerreros ya que éstos tan sólo apreciaban el cambio de posición tentacular como una superposición secuencial de imágenes. Algunos óminos se impresionaron al encontrarle a esta especie animal el parecido con una mano errante pues su estructura era similar: cinco patas delanteras coronaban un muñón desierto de la misma forma que los dedos rodean la palma. Pero el lechoso aliñado de la epidermis y su inquietante andadura sacrificaban su lúdico aspecto para tornarse fantasmal. Cuando hubo atravesado la senda postró la trasera de su muñón albino para defecar en el margen un plasma caliente, coagulado y oleoso cuyos vapores comenzaron a punzar al olfato más próximo, el de Sarpo. Se propagó el escocimiento con la descarga propia del relámpago y los guerreros apresuraron el paso para rebasar aquel cáustico cuajado. Cuando Sarpo retomó su posición inicial para proseguir rastreando la investidura del reino de la senda se encontró con un revuelto de arena tan cardado que le era del todo imposible distinguir, entre tanto bullicio de polvo, el paso de los óminos desconocidos objeto de su experto don explorador. Había impresas huellas de todo tipo como si el cauce del sendero fuera un largo retablo cabalístico de todas las especies de la Selva de Selvas.

   De pronto la atmósfera selvática empezó a supurar su cristalina esencia. Un infinito goteo impregnó la arena, la madera, los tallos, la hoja, las armaduras, todo. Pero las gotas no se comportaban del mismo modo que lo hacen cuando caen siendo lluvia, pues no se desprendían desde arriba para despeñar su breve identidad sino que cada gota nacía de cada poro de aire como si éste fuera víctima de una extendida sudoración o quizá como si el propio aire fuera barro de cántaro tan henchido de humedad que extasiara su rezumar. El fenómeno era definitivamente extraordinario pues en algunas porciones de ambiente el destilado de partículas líquidas era tan copioso que distorsionaba la perspectiva de manera prodigiosa: granulaba la visión del paisaje espumando para ello la imagen. Y es que la secreción termal nacía de cualquier recodo de la atmósfera de modo que hasta la piel del rostro o incluso los ojos de los guerreros concebían la creación de cada partícula como si fuera su propia dermis, o incluso sus córneas, las que rezumaran.



   Con este fragmento de Tierra Naciente y, precísamente, por respeto a sus revelaciones, cierro el ciclo fantástico dedicado a este planeta.






    Imagen perteneciente a óleo de Wolfredo Lam titulado "The Jungle" (1942)

                                                         


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lunes, 27 de diciembre de 2010

Mauran y la Elvia de Agua.



   “La fantasía es una actividad connatural al hombre. Claro está que ni destruye ni ofende a la razón. Y tampoco inhibe nuestra búsqueda ni empaña nuestra percepción de las verdades científicas; al contrario, cuando más aguda y más clara sea la razón, más cerca se encontrará de la fantasía”. J.R.R. Tolkien.
   La Elvia de Agua representaba un símbolo de culto para los Cels. No era, ni mucho menos, un árbol sino más bien un geiser que la tierra se negaba a escupir intentando obstruir, sin éxito, la brecha de su nirvana. La oquedad que le daba rienda suelta a sus aguas era constantemente ahogada por maleza extraña y ajena a la botánica propia de los bosques pues sólo crecía alrededor de aquella fisura llovediza cuyo pálpito acuoso le negaba la sed que toda fractura requiere para su cicatrización. Lo verdaderamente insólito era que el caño de agua que manaba hacia arriba se dividía en su punto justo de altura para formar una suerte de fuego de artificio que imitaba, con un rigor absoluto, el contorno de una Elvia, el árbol típico que poblaba el Bosque de Bren. De los extremos que perfilaban la copa caía a raudales el líquido sobrante hacia la tierra que bebía, inmediatamente y sin dar tiempo a la formación de charca alguna, el remanente. El efecto visual de semejante fenómeno natural, era el de un árbol fantasmagóricamente helado que supuraba su cristalina esencia chorreando hacia afuera para derrochar su silueta.
   La íntima creencia de que las fuerzas de la naturaleza de Tierra Naciente tenían una conciencia propia, no sólo cognoscitiva del entorno sino una imperiosa voluntad de intentar parecer lo que no eran, vino a la mente del cels. Si hubiera conocido Mauran el proceder alevoso de los Cóculos todas sus divagaciones hubieran cimentado su teoría en algo palpable y manifiesto para ser irrefutables.
   Para el pueblo cels la Elvia de Agua constituía el símbolo de la alianza entre la tierra y el agua como binomio totalitario, de modo que la creencia célsica explicaba que si este enhiesto manantial dejara de fluir, el Bosque de Bren moriría de desecamiento. En definitiva, la Elvia de Agua se consolidaba como un medidor del estado de buena salud del bosque. Pero el joven Cels, a diferencia del resto de sus congéneres, no era cultivador de mitos y tradiciones místicas. Mauran se afanaba por descubrir la verdadera causalidad de éste y todos aquellos procesos que se gestaban en el entramado natural que lo envolvía, aunque solía maravillarse fácilmente, y en absoluta soledad, de aquel cosmos del que formaba parte su indagadora existencia. Ese ensimismamiento cotidiano se lo podía permitir con inmediata soltura pues cada vez que advertía algún curioso fenómeno que atentara contra su curiosidad hacía un alto en el camino para observar la escena. Y es que Mauran, debido a su trabajo, disponía de un cómodo atajo para que su pensamiento y sus retinas formaran una indisoluble unidad en la que todo aquello que captaba con la vista fuera sincrónicamente desmenuzado por la analítica fascinación con la que convivía desde una edad muy temprana.
Hasta el momento, la sobriedad comunicativa que Mauran prodigaba entre los suyos era bien entendida por aquellos más cercanos a su círculo, pues conocían el ímpetu que coronaba sus silencios. Para el resto de Cels, Mauran era, más que una singularidad, una asombrosa incoherencia pues cuando el Cels tenía que negociar con los habitantes de otros bosques para sacar el mayor rédito posible, se convertía en un poderoso embajador del encanto característico de su raza, aunque él superaba con creces esta sistematizada habilidad de sus semejantes.
   Una tarde oscura, uno de tantos regresos clonados se desvió de su rutinario devenir para ser especialmente infrecuente. Mauran bajó de su resabiado carro para tomar unas muestras de los tallos y flores que bebían del lodo que circundaba la grieta de la Elvia. Pero un suceso insólito en el agua que espesaba el interior del Árbol provocó que el cels paralizara su mano. Estaba a punto de arrancar una robusta planta de tallo abocardado  y cetrino, coronada por un enjambre de flores con pétalos lánguidos, dorados y retorcidos hasta el punto de colgar como serpentinas trenzadas de las que por sus extremos pendían unas borlas pilosas cuyo hilado se abría y cerraba con un sincrónico vaivén. Escuchó Mauran un plañido e intentó afinar sus sentidos para poder consumar el encuentro de sus tímpanos con lo que parecía una voz quejumbrosa que provenía del agua. No era fácil aislar este bebido sollozo del gorjeo de la Elvia pero el cels era terco en su ímpetu explorador.
   Cuando Mauran derritió las retinas para fundirlas en el bruñido del tronco cristalino y divisar algún fenómeno visual tras la cuajada de agua, atisbó una figura serosa en el interior de la Elvia que permanecía justo a la altura de sus ojos. Mauran no estaba en pie pues se hallaba todavía inclinado y con la mano apretada en el tallo de aquella flor. Pero cuando observó el fenómeno, sus dedos desdeñaron a la planta inmediatamente para ser sumergidos tras la cortina licuada de la Elvia. Al otro lado sintió la forma de otra mano, una insólita mano fría, metálica y esponjosa a la vez, que penetraba a través de su carne para acariciar todos los huesos de su cuerpo. Mauran no daba crédito a tales sensaciones tan increíbles como imposibles pero ese mismo era el confuso efecto, abstracto e incluso metafísico, que estaba viviendo toda su estructura ósea en esos instantes. Un estremecimiento convulsionó todo su ser y cayó entre el lecho de maleza perdiendo por completo los sentidos.
   Al despertar estaba bajo sus sábanas de fibra vegetal, rendido a su habitación y redimido de cansancio y sueño. No podía distinguir con acierto lo acontecido, ni siquiera sabía si lo habría representado en uno de sus delirios nocturnos aunque le pareció muy real. Izó su cuerpo con el empuje del desplegado de una vela sobre un mar de tejidos y, precisamente, le vino a la boca un sabor de agua salobre. Se apresuró hasta el grifo más próximo y bajo el caño de madera verde se refregó la piel de su rostro; de paso, engulló agua a tragos mezclados con el aire reposado de la estancia. Al beber el líquido que tantas veces purificaba su clausura, el sabor marino, lejos de atenuarse, se volvió más intenso. Era imposible que estuviera sorbiendo agua de océano pero eso mismo le pareció a Mauran. No sabía que ese sabor salado acompañaría a sus papilas el resto de sus días.





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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Empezaré desde el principio



Seguro que alguna vez os habéis imaginado el final de todo esto, quiero decir, la extinción de toda vida en nuestro fascinante planeta. Yo también lo soñé un día pero no como el fin infinito y perpetuo sino como un catártico Apocalipsis, un imparable cataclismo compartido con otros seres que habitaban otros mundos y que, por algún motivo, vinieron a fenecer con nosotros para participar, con su carga genética, en el advenimiento de un nuevo origen …

“En el Mundo Antiguo la única raza que poblaba la Tierra era la de los hombres. Duró mucho tiempo su hegemónica existencia. Explotaban todos los recursos naturales sin descanso. Multiplicaban su ambición y sed de poder para hacer suya la riqueza de la tierra. Nacían para morir con dominio sobre el medio que explotaban. Vivían en edificios de mineral sintético similar al blanquecino y translucido cristal de roca. Dicho material lo fabricaban con máquinas que imitaban los procesos naturales de formación geológica. Arrasaban bosques y selvas para instalarse con sus monolitos de roca sin respetar el equilibrio natural. Varios milenios tuvieron que pasar para que su hábitat terrestre mostrara sus últimos estertores. Cultivando sus mentes opacas tan sólo para dedicarlas a la imparable evolución tecnológica, consiguieron inventar todo tipo de aparatos: máquinas que creaban agua potable de la nada, otras que exhalaban oxígeno, artilugios que podían producir cualquier vegetal para ser consumido con sólo un movimiento de pulgar, artefactos clonadores de aquellos seres vivos que les eran útiles para su sustento y un sinfín de robotizados espectros que trabajaban día y noche para sus abominables vidas. Los astros observaban atónitos aquel ultraje al reino natural, impotentes, deseando que sus rayos fueran brazos que apartaran toda esta artimaña falsificadora del sencillo fulgor. Cierto es que la sabiduría del hombre era cada vez mayor a costa del mañana. De hecho, se crearon alianzas entre pueblos para gestionar el conocimiento tecnológico y así proseguir con la inagotable devastación del hábitat en el que el hombre había sido agasajado para después convertirse en su verdugo.
La población humana aumentó considerablemente y cimentó sus pétreos edificios en todo paraje virgen que pudiera habérsele pasado por alto. El humano ya no necesitaba al incauto ecosistema que lo trajo al mundo y que lo eligió de entre todas las especies para preservar la intacta belleza de su núcleo.
Seguramente emular el misterio del génesis de la existencia sería el nuevo e imparable desafío promovido por el hombre.

Pero un día de tantos sin retorno se desencadenó una insólita sucesión de catástrofes. Comenzó por la aparición, en la anochecida atmósfera, de enormes esferas silenciosas tejidas por un material orgánico y desconocido, que descendían de los cielos lentamente cual copos de nieve titánicos. Empezaron a levitar sobre tierra y océanos sin rumbo, moviéndose con la ingravidez propia de los globos de aire. Todo el conocimiento adquirido por el hombre durante estos milenios fue inútil para explicar semejante espectáculo visual. Dos días se mantuvieron las esferas orgánicas planeando por los aires. Y cuando el imperio de los humanos se dio cuenta de que nada de lo que habían aprendido servía para explicar este acontecimiento, se instauró el miedo apocalíptico intrínseco a la raza humana.
Cuando los globos celestes aterrizaron suavemente en la tierra, no tardaron los hombres en acercarse, desconcertados por su presencia, a aquellas monstruosas esferas vivas, duras y tibias, pues un sigiloso latido era percibido cuando en ellas posó el hombre sus manos de artificio. Antes de que la curiosidad humana diera el primer paso, los oscuros copos comenzaron a resquebrajarse y a abrir sus carnosos núcleos tal frutos desgajados por una mano invisible. De su recóndito interior emergieron criaturas extrañas que hablaban en lenguas desconocidas y mediante sonidos nunca percibidos antes en el Mundo Antiguo. Eran seres de diferentes especies, miles de ellas, por lo que, probablemente, procedían de lugares distintos. La fisonomía de cada ente era tan desigual como su idioma, de modo que era imposible comparar una criatura con otra sin perderse en ello. No estaban agrupados por especies sino más bien al contrario, se mezclaban entre ellos intentando vanamente hacerse entender los unos con los otros, hacinados, alzando todos a la vez sus dispares léxicos en un enjambre de sonidos y voces ininteligible.
Los hombres advirtieron que algo terrible ocurrió a estos seres que intentaban sin éxito compartir sus últimas vivencias. Mas el desconcierto de la raza humana era menor al de las criaturas pues al fin y al cabo el hombre seguía en sus dominios pero los seres celestes fueron transportados a tierras inéditas y hostiles. Indefensos, desprovistos de armas, de alimentos, de ambición e incluso de consciente equilibrio, escudriñaban el cielo sin cesar en un vano intento de dar sentido a toda su existencia. Unos gritaban, otros escondían sus rostros, unos se movían de un lado a otro alzando las extremidades, otros se sentaban en la tierra. Algunos permanecían inmóviles con la mirada perdida mientras otros forcejeaban entre sí virulentamente. Se abrazaban los más pequeños, otros parecían reír frenéticamente. Había seres que exploraban el entorno mirando hacía todos lados, otros giraban sus cuellos trescientos sesenta grados. Distintas estaturas, ojos negros, ojos rojizos, ojos siniestros, juntos, organismos con vello, sin vello, seres de todos los colores posibles e imposibles. Con cráneos orondos, espigados, minúsculos, afilados. Cuerpos enjutos, otros voluminosos y robustos, otros curvados hacia atrás, también hacia delante,… los ojos humanos no pudieron procesar tanta información visual. Antes de que el hombre pudiera acercarse a ellos se produjo una huida colectiva hacia todos los rincones de la Tierra.
Y el persistente afán clasificador de los hombres para registrar las especies que llegaron fue en vano ya que miles de seres comenzaron un éxodo generalizado  a todos los lugares del Mundo Antiguo, incluso a los más recónditos y deshabitados por el hombre. También fue una empresa baldía saber la razón de su llegada, procedencia y origen vegetal o animal de las funestas esferas que los transportaron. No se pudo descifrar ninguna de sus lenguas. No se descubrió si gozaban de poderes sobrenaturales y ocultos o si en ellos había fuerzas inconcebibles comprendidas sólo en sus mundos. Pero, sobre todo, la razón de su llegada fue la incógnita más universal planteada hasta ahora. Lo cierto es que una fatídica sombra vino junto a ellos y su presencia cambió el corrupto destino que estaban forjando los hombres.
Lo que ocurrió finalmente fue el Apocalipsis sospechado. La alarma social se expandió en todo el Mundo Antiguo, caos, miedo, crispación y violencia. Durante los días siguientes continuaron aterrizando cientos de globos carnosos que se adherían a edificios, bosques, desiertos, montañas,… repitiéndose el mismo proceso una y otra vez. Hasta que el número de criaturas venidas del cosmos superó con creces a la población humana. Ya no había guarida posible para la ingente masa alienígena que no podía ocupar ni una porción de tierra sin sentir el aliento de la omnipresente existencia de los Mundos. Y fue el hombre el que intentó buscar cobijo en rincones henchidos de cuerpos hacinados e inertes ya algunos. La espesa masa de carne y vísceras asfixiaba la superficie de la Tierra como un vómito sólido y hediondo.
Se desencadenó una gran tormenta en las aguas oceánicas que albergaban al también devastado mundo marino y los océanos comenzaron a tocarse los unos a los otros hasta que el Mundo Antiguo quedó completamente sumergido bajo una lengua oscura, salada y febril que arrancó de la Tierra, con la fuerza de su furia, todo cuanto había construido la raza humana llevándose consigo sus vidas y las de los seres recién llegados que vinieron para morir junto al hombre.
El silencio se convirtió en el único soberano y la Tierra Antigua y toda su historia se redujo a una endeble quimera, un eco lejano que impregnaba las piedras y los pulverizados restos de su civilización.
En el mundo marino la sombría tempestad acontecida desintegró sin más cualquier forma de vida animal o vegetal. Transcurrieron más de cinco millones de años de sol que seguía escupiendo luz al horizonte, ahora mudo y asfixiado por el agua… hasta que la vida despertó de nuevo a la plenitud del Océano. Un nuevo origen surgió y se inició una nueva evolución en las aguas dormidas. El incesante génesis del misterio vital no pudo soportar la eterna inactividad de su aliento.
El Océano comenzó a replegarse sobre sí mismo para dejar al descubierto lo que durante milenios fue su columna vertebral: una orografía terrestre absolutamente sorprendente e indescriptible.
Esta evolución fue distinta, tan asombrosa como irreal. Todas las especies animales y vegetales fruto del segundo origen serían la consecuencia de una simbiosis universal. La alianza biológica entre las miles de especies alienígenas y las que habitaban la Tierra fue un hecho irrefutable, una verdad que estaba gestándose sol tras sol. La receta evolutiva resultó de una mezcla aleatoria entre la carga genética de las criaturas cósmicas y la que contenían las especies terrestres.”

A esta nueva Tierra, de relieve imposible, de insólitos ecosistemas que cohabitan en un mismo espacio, donde seres asombrosos y extraordinarias fuerzas caminan a la par, la he llamado Tierra Naciente. Es allí donde a veces me encuentro y, como un testigo mudo, intento narrar todo lo que mi vista puede albergar, que no entender, sobre esta fascinante Tierra.



                                                      

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domingo, 21 de noviembre de 2010

Alegoría del ojal


Cuando nació Simón fue la propia vida la que le inyectó una densa sobredosis de fantasía para que le fuera más soportable lo que el destino planeó para él: un físico especialmente infrecuente. Su minúsculo rostro contenía todos los inimaginables surcos que se puedan trazar en el espacio para ligar estrellas e inventar constelaciones y sus ojos, hundidos, se sumergían en Simón para beber de sus quimeras.

Ya desde niño el arraigo a su gorra era extremo, se la ponía como quien envaina una espada por prudencia, para evitar más el propio mal que el ajeno. Y cuando algún compañero de colegio se acercaba a la sitiada infancia de Simón, únicamente para preguntarle qué le había ocurrido en el rostro, él siempre frecuentaba el mismo teorema que revelaba la incógnita fisonómica: “Es que me río mucho y duermo poco”. De este modo justificaba la existencia de sus arrugas, aludiendo a la risa, y con el insomnio daba razón de ser a su ojerosa mirada, sepultada minuciosamente entre pliegues. Así era como mediante el trasbordo de esta tesis iba esparciendo, en la memoria de cada niño que le inquiría, su costumbre de reír mucho y dormir poco. Y así conseguía Simón, de vez en cuando, dirigir su solitaria barca hasta alguna isla para que sus días de niñez no naufragaran en la indiferencia. Pero, aunque la piadosa imaginación del niño le había regalado esta frase para divulgarla por doquier, lo cierto es que la rutina de Simón era todo lo contrario: dormía mucho y reía poco.
Simón crecía taciturno, deslizando cada día más hacia sus ojos la sombra de la imprescindible gorra gris, como si fuera bajando lentamente un párpado de fieltro entornado a la doliente realidad, aislado del esparcimiento, la espontaneidad y las travesuras propias de infancia,… Pero todavía esperaba que alguien más le preguntara qué le había ocurrido en el rostro y, de este modo, entablar la breve conversación, eso sí, sin mirarse en los ojos de su interlocutor. Cuando eso ocurría, cuando algún descarrilado niño se acercaba a Simón, éste, al tiempo que proyectaba la intimidad de sus arrugas contra el suelo, tropezaba con su reposada lengua, aletargada bajo su paladar. Era entonces cuando, entre los tímidos estorbos del frío motor que frenaba su habla, lograba Simón arrancar finalmente con la clonada frase de “es que me río mucho y duermo poco”. A Simón le hubiera gustado contener en sus labios una imprenta vocal que se activara con el acercamiento para no tener que balbucear la frase y dedicarse tan sólo a disfrutar de la cercanía de otro niño que, de algún modo, se interesaba por él aunque fuera por la irónica curiosidad.
Pero Simón jamás olvidó aquel día en el que una figura menuda invadió su cerco de fantasías aproximándose demasiado al pálpito de su corazón. Simón dirigió la mirada a la deriva del aire que exhalaba su boca y que le caía hacía las rodillas al tiempo que una voz suave y temprana, como el terciopelo que abriga el frescor de la almendra verde, le hizo una pregunta inesperada: “¿Qué te pasa?”. Entonces una voz lejana voló para posarse en aquel instante y Simón pudo contestar sin balbuceo: “¿Te refieres en la cara?”. Un leve y cálido “No” impresionó al niño, estremecido ya con esta cercanía, tan distinta a las demás, que no tuvo más remedio que buscar la procedencia de aquel susurro en la boca que lo mimaba. Al izar la vista allí estaba ella, el amor, el latido, la respuesta, …todo. Una niña frágil y cristalina que volvía preciosa la luz que tragaba al respirar aunque Simón ya respiraba por los dos. El niño sabía que era su turno, que debía contestar lo antes posible o de lo contrario se condenaría a la invisibilidad eterna mientras el amor o la verdad irían dilatando el espectro de Simón desde una nube para que muriera sin haber probado el misterioso don de vivir. Y Simón, al que la emoción conmocionaba, no pudo más que pronunciar la única frase que llevaba encima: “Es que me río mucho y duermo poco”. Clara siguió abarcando el nativo brillo de Simón y le respondió: “Entonces tienes que conocer a mi abuela, tiene el mismo problema”. Simón se angustió pues pensó inmediatamente en las arrugas de la abuela de Clara, empezó a imaginar el rostro de la señora para hacer la comparativa e intentar predecir quién de los dos tendría más pliegues en… hasta que nuevamente la voz de Clara lo salvó de sus inclinaciones. “Escucha, si quieres te la presento… tiene muchas amigas ¿sabes?”. Simón pudo esbozar un lacónico “Vale” y Clara le ofrendó su sonrisa o lo que a Simón le pareció un ojal ribeteado de pétalos helados que guardó en el interior de sus tejidos más profundos para poder abrochar en él su corazón.
Pero no fue necesario embalsamar aquella sonrisa de Clara para llevársela consigo a la eternidad pues la niña esparcía sobre Simón miles de ellas cada día, y cuando esto ocurría el niño fantaseaba imaginando el roce en sus mejillas de pequeños pétalos sueltos que el viento traía para que se fueran acumulando en su rostro y fueran formando las dobleces de su aspecto convirtiéndolo en una rosa de piel, en una rosa clara.
Clara consiguió hacer reír a Simón quién ahora sí reía mucho pero siguió durmiendo mejor. Simón sentía como se resquebrajaba su coraza de apelmazadas fantasías cuya misión era proteger al intacto núcleo del niño para que no feneciera a la intemperie. Y a través de esa brecha Clara se iba hospedando allí donde habitaban sus pensamientos más íntimos. Hasta que un día, sin venir al caso, le dijo: “Simón, hay niños que jugarían contigo pero no lo hacen porque siempre estás apartado y triste. Si deseas algo tienes que perseguirlo. Vete con ellos”. Y cuando Simón comenzó a forjar sus pasos para integrarse en un reducido grupo de compañeros no pudo evitar detenerse para buscar la aprobación de Clara. Se giró trazando con su visera un arco sencillo pero ella no estaba allí. La inseguridad calaba sus músculos y articulaciones para paralizarlo sin consumir el camino pero el niño ya tenía a Clara alojada en su interior, su corazón ya estaba abrochado a la sonrisa de Clara y la fuerza de aquel vínculo le llevó hasta el aliento de sus compañeros.

Nunca más volvió a ver a Clara, y sufrió mucho por ello, pero una mañana lluviosa de domingo, siendo ya un adulto y compartiendo con su madre las viejas fotografías familiares, apareció una de ellas que a Simón le llamó especialmente la atención pues enmarcaba la imagen de una mujer joven con una rosa blanca en el ojal de la solapa. Simón le preguntó a su madre quién era esa chica y Marta le contestó que era su bisabuela Clara.



Imagen perteneciente a la obra del pintor subrrealista Vladimir Kush (http://www.vladimirkush.com/





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lunes, 15 de noviembre de 2010

La rebelión de las esencias (I).



Cada día es único e irrepetible. Es una sucesión entrelazada de pequeños universos que se expanden en acontecimientos, imágenes, sentimientos, emociones, palabras, sonidos, recuerdos, etc… Al combinarse aleatoriamente entre sí, dan lugar a infinitas composiciones que desbordan cada minúsculo fragmento temporal. Para desgranar la fugacidad de un segundo cualquiera, de una breve fracción de tiempo que jamás volverá a repetirse idénticamente, hay que tener en cuenta, entre otros, el análisis de varios planos de desarrollo: el visual, que atrapa las imágenes; el auditivo, que recoge los sonidos; y el sensitivo, que abarca el cúmulo de sensaciones y sentimientos que ha coexistido en el interior de cada ser durante la instantaneidad del segundo.
Procederemos a aislar los sonidos de una escena para percibir el ámbito auditivo: llanto de un niño sofocando el murmullo de una voz femenina al tiempo que un chasquido de maxilares precede un rechine agudo mientras un ladrido ahoga un leve zumbido en el aire que es tragado por el eco del graznido de varias gargantas volátiles que huyen bajo un envolvente soplo aéreo que encapsula bullicio de gentío y ronquido de motores mientras se ecualizan, entre el aterciopelado rumor arbóreo, unas voces trémulas y lejanas diluidas en risas punzantes que se ligan entre sí para ahuyentar el apareamiento de dos silencios.

En el ámbito emocional las sensaciones se ensartan en el seno de cada individuo para contornear con su invisibilidad los espacios: el deseo no satisfecho intenta ser abortado por un afán apaciguador que coexiste con un sentimiento de culpa mientras un impulso burlón cede ante el instinto básico de ahuyentar un ruido molesto siendo el sentido de la alineación del rumbo el que corona a dos esperanzas de seguir viviendo que se aproximan para plagiar a los envites vitalistas del sonrojo intentando cornear el halo sensorial e íntimo que se agazapa en dos cuerpos. Todo ello salpicado de resonancias de tristezas, deseos, soledades, angustias, delirios, ira, felicidad, nostalgia,…

Respecto a la imagen estaría constituida por un retablo de fotogramas que se superponen entre sí: un niño que solloza mientras su madre le murmura entre el bullicioso tránsito de un parque al paso de una niña que rebosa con chicle su boca y raspa con sus dedos la superficie elástica de un globo atado al carrito del niño al tiempo que una abeja inyecta velocidad a su vuelo haciendo que un perro ladre envuelto en la jauría del tráfico mientras una bandada de vencejos chirrían el aire que se rasga con la cresta de los árboles que tiritan hojas para aplaudir al diálogo de dos acicaladas ancianas sentadas en un banco que refriegan sus zapatos brillantes entre risas de unas adolescentes que encubren con su sonora efervescencia los besos de una pareja oculta tras el tronco sinuoso que forma la fusión de sus cuerpos mientras un helado de fresa, que es sujetado a penas por la mano extenuada de ella, gotea para azucarar con motas rosadas el suelo del parque y esmaltar de dulzura a un insignificante escarabajo que agoniza color.
Es evidente que podríamos seguir infinitamente, sumergidos en éste mismo segundo, para añadir acontecimientos que seguirían espesando la escena pero no es necesario.

Si bien la fugaz escena puede seguir siendo desmenuzada bajo otros criterios de observación, hay un plano que hemos pasado por alto, tal y como solemos hacer en nuestro devenir diario: el de los aromas. Cada segundo de nuestra vida está impregnado de infinitas fragancias que fusionan su núcleo aromático para perder intensidad y, por tanto, pasar desapercibidas. Solemos identificar los olores más penetrantes para nuestro olfato pero ello se debe a una atrofia singular que, precisamente, nuestro sentido del olfato está sufriendo. Y esta fascinante capacidad del ser humano está siendo denostada constantemente por la supremacía de la imagen, el sonido o incluso del uso de brebajes aromatizados para ocultar olores que terminan por emerger. Cada ínfimo instante es una secuencia de esencias, una paleta olfativa en la que se mezclan entre sí los olores que nos acompañan junto con aquellos que se van asomando a nuestro paso. Cada persona, cada hogar, cada rincón, cada momento huele distinto y la subjetividad es absoluta, pues cada uno sentimos de forma distinta el efluvio oloroso de una escena según nuestra posición, nuestro sentido del olfato y los propios olores que emanan de nuestro cuerpo. Volvamos a la escena anterior, situándonos en la posición de la madre del niño que llora, para intentar rescatar los aromas: perfume cítrico con una nota de aliento mentolado que gravita para lanzar su estallido contra el olor de tierra y hojas revueltas por el aire que trae un perfume empolvado y seco con leves trazas afrutadas, tal vez de fresa. Evidentemente existirían otras fragancias pero seguramente sólo podríamos diferenciar éstas que se enumeran (a no ser que disfrutáramos del sentido del olfato del perro de la escena).
Cada soplo que invade la atmósfera contiene una secuencia aromática irrepetible, como si infinitas huellas dactilares fragmentaran los espacios para dotarlos de cuatro dimensiones.
Es curioso, también los aromas pueden ser recordados pues algunos de ellos se quedan impresos en nuestra memoria por alguna razón, tal vez emotiva. Algo parecido era lo que le pasaba a Mateo pero, a diferencia del resto de sus congéneres, podía recordar el orden de todas y cada una de las fragancias que habían saturado los instantes de tres días concretos de su vida. La razón de este insólito sentir la desconozco ahora, pero intentaré averiguar la causa de que Mateo contenga en su memoria la secuencia aromática exacta de tres momentos vitales de su exangüe existencia.



(Imagen perteneciente al óleo titulado "Trilogía de una rosa" de Gabriela Amorós Seller)

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La rueca de los instintos.

   

Hay hechos que resultan esperanzadores cuando cumplen su verdad, dejando por ello una valiosa estela, como sucede en el reino de la rueca. Es en este entorno, el de la rueca, donde una espesa nube lanar va menguando lentamente su volumen tras atravesar aquella máquina encubridora, pues su función no es otra que  doblegar la densidad de la nube para disfrazarla de sedal. Pero en los intersticios de la rueca siempre quedan restos de nube, pequeñas trazas que muestran el verdadero origen del hilado.  
En esta crónica, los instintos son al hombre lo que la nube es a la rueca. ¿Quiere decir esto que el hombre es una rueca para sus instintos? Sí, a veces.

Yorel nació sujetándose el llanto para estrellarlo contra el pecho de su madre pues sintió desde el principio que era en aquel lugar donde debía detonar sus emociones.
Y desde que Yorel comenzó a robarle el hálito a su madre, aquel que Mariela desprendía cuando apoyaba en su esternón la inconclusa cabeza de su hijo, ansió vestirse eternamente con el estremecimiento único que sólo el seno materno podía transmitir a su breve cuerpo. Cada vez que Yorel demandaba el hueco de sus pechos Mariela acudía colmada, invadida antes de hora, hirviendo su piel para darle sentido y de este modo hundir la boca de Yorel en el umbral del seno izquierdo al tiempo que su oreja se expandía sobre el cónclave sencillo que une ambos pechos para formar el busto. Así fue como el valle de Mariela constituyó para Yorel la verdad, la sumisión, el delirio o la ausencia de incertidumbre, el espacio ocupado por el fulgor del relámpago, el recodo que ensarta la dicha a la muerte, la fuente, el tiempo antes de su origen o el origen en sí mismo. Fuera de este vínculo no existía nada, el vacío colmaba los ángulos oscuros de las habitaciones y el resplandor que encendía los espacios no provenía de astro o lámpara alguna sino de la luz que manaba de la unión de ambos cuerpos, el de Mariela y el de Yorel.
Yorel fue creciendo, y no sólo en estatura física sino emocional. Si bien es cierto que no necesitaba, como años antes, frecuentar con la misma sin razón los senos de Mariela, éstos seguían siendo para él una absorbente plenitud. Cuando la madre derrumbaba su tibieza en el sillón del hogar, Yorel, que parecía estar despistado con sus juegos, acudía inmediatamente a los brazos de Mariela perfilando el giro de su cráneo para encajarlo en aquel barranco de piel y glándula. Una vez allí se ungía con la sencilla integridad, aquella que su madre comenzaba a negarle en algunas ocasiones. De hecho, la piel desnuda de los pechos de Mariela comenzó a ser un coto abstracto en la mente del niño y se tuvo que conformar con sentir su cercanía a través de fibras que nada tenían de parecido con la tersura de la madre. Su pequeña mano fría acariciaba un pecho de Mariela para ir derrochando su contorno mientras la tela se interponía entre ambos para ser la censura al libre albedrío de los instintos. Pronto Yorel advirtió que existía una íntima relación entre la limitación de las incursiones en el reino de los senos y la presencia de otros adultos, de modo que evitaba demandar sus invasiones cuando ambos no estaban solos. También se dio cuenta Yorel de que su madre ya no gozaba como antes de aquellos encuentros y eso le hacía sentir culpable. Ello porque, al arrimar su cabeza a la corona oprimida, el niño advertía que, mientras él desplegaba las alas del esplendor para sobrevolar la estancia, su madre, con las suyas ahora peladas e inertes, lo miraba desde arriba con gesto de discrepancia.
A la edad de cinco años Mariela, con una auto impuesta displicencia, comerciaba con el tiempo a solas de ella y su hijo y cada vez que veía acercarse al niño para asaltar su valle del prejuicio le pagaba con discursos incompresibles para Yorel sobre “la intimidad del cuerpo de cada persona”. A partir de entonces Yorel cobijó en su cuerpo el pecho y la piel de su madre para soñarlos y seguir sintiendo el eco de su excelsitud, aunque ya no era lo mismo. Pero no se conformó con el palpo imaginario y aprovechó cualquier material y situación para emular los senos de su madre. Comenzó con la espuma del baño, a la que daba forma de pechos. Luego descubrió que el barro puede adoptar la silueta deseada. También experimentó con la arena apelmazada de humedad; ocasionalmente esculpió los senos con nieve embarrada; un triturado de hojas de otoño fue comprimido para formar dos amorfos montículos; conservó dos conglomerados de chicle que iba alimentando con aquellos que entre dientes masticaba tan sólo para ablandarles su forma pero sin consumir su sabor.
Si bien Mariela continuó con voz cariñosa, Yorel ansiaba aquel sentir metafísico que sólo podía alcanzar con el tocamiento de lo físico y no entendía por qué se le negaba tal maravillosa transmutación. Yorel no se libró del peregrinaje pasajero al mundo de la adolescencia y fue en él donde retozó en la palabra sexo. Allí experimentó su cuerpo otras formas de gozo con pechos ajenos… pero lo que sentía Yorel al sumergirse en los venerados senos de su madre no guardaba relación alguna con aquellos placenteros momentos de intensidad superficial.
La vida deparó a cada uno su destino pero Yorel, un hombre adulto y ensimismado, seguía recordando.
Mariela, arrugada y mustia, vivía con el hijo único, casado ahora, al que amaba sobre todas las cosas aunque permitió que el prejuicio distanciara la cercanía de Yorel. Éste mimaba la fragilidad de su madre, la ayudaba a subir escaleras, aseaba su rostro y peinaba sus quebradizos y pobres cabellos. Pero el pudor de Mariela seguía asfixiando sus instintos pues cuando llegaba el momento del baño integral de su a penas rozado y envejecido cuerpo, era Rebeca, su nuera, la encargada de combatir en estas lindes.
Una noche Yorel se despertó sobresaltado al escuchar un minúsculo gemido que provenía de la habitación de Mariela. Cuando entró en ella vió a su madre incorporada en la cama aguantándose el llanto para seguir siendo la dueña de sus silencios. Instintivamente Yorel se levantó la tela del pijama para apoyar la cabeza de su madre en su pecho descubierto y cuando su madre rozó la velluda piel de su hijo comenzó a sollozar sin reservas. Entonces Yorel le susurró en el cabello: ¿Ves mamá, como no era tan pecaminoso? Y ambos se quedaron así abrazados durante un largo instante que sólo fue eclipsado por la luz del alba.





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jueves, 28 de octubre de 2010

Los tres estados del barro.





Las trincheras depravan el barro.
Cada cúmulo de fardos
es racimo necrosado
que el hombre impone al fango.
Al llover en las trincheras
se derrite el desangrado
y miles de regueros granates, granizados,
por la terquedad de la piedra
unida al licuado,
se funden para recomponer
un solo estado.

Es allí donde un hombre
retoza en el tránsito,
el de la vida y la muerte,
el del sudor o la suerte
de no ser alcanzado.
-¡Mata, mata Miguel a ese soldado!,
¡no es un hombre de carne,
es un muñón de trapo!.
Pero Miguel empuña el arma
como afloja a la hierba el cayado
y sus dedos pastorean
la luz de otro letargo.
Hasta que vuelve de nuevo a la zanja
y marchita rodillas en charco
para libarle los ojos al trapo…

Le llamaron Miguel,
Ya nació de estiércol
pájaro,
La metralla hilvanada en el pico,
En el monte tricotando,
Con la furia del patrón mordisco
Y la pena del roer vasallo,
Al relámpago iba cosiendo el nicho
porque el lecho lo dejó robado.
Consiguió que volara el sepulcro
Para el regreso a sus horas de prado.

Le expropiaron la fragua a la boca
Y la voz fue rumor de cadalso
Pero nació siendo Miguel
Para morir llamándose barro.


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miércoles, 27 de octubre de 2010

A los que estáis allá afuera.


En uno de los fascinantes mundos que anidan el infinito temblor de Metafantasía existe un planeta inesperadamente asombroso: Tierra Naciente.
Es allí donde me encuentro ahora.
En él ocurren fenómenos imperceptibles para sus personajes aunque su cautivador microcosmos intenta constantemente quebrantar el hilo de la narración para hacernos ver que coexiste con las vidas de aquellos que atraen todo el protagonismo, los personajes.
Pero también espesan el hábitat de Tierra Naciente otros seres,  titánicos, portadores a su vez de una valija de vida inconmensurable, que a su evidente paso hacen enmudecer a los protagonistas para declamar su presencia entre el argumento. Es el caso del Mirtán, una bestia colosal que habita el Océano Errante.
Por favor, a los que estáis allá afuera, ayudadme a sujetar todo este estallido de vida con la impronta de vuestra memoria (yo sola no puedo):

“Oslan divisó una silueta muy lejana que iba acercándose a ellas. A medida que se aproximaba Morna advirtió que su tamaño debía ser descomunal y cuando estuvo a pocos kilómetros de ellas comenzó a entrever que se trataba de un enorme trozo de roca reventado de algas largas y rizadas, listadas en toda la gama de verdes; arbustos de copa  trapezoidal coloreada con la paleta de color de las turmalinas, trinchada en una corteza sinuosa con brotes de musgo púrpura y escarchada de hongos opalescentes;  arboledas apretadas en cónclaves arbóreos disputándose un terroso suelo parecido al terrestre y henchidas de hojas traslúcidas y de frutos con formas estrelladas salpicadas de estrías alternas en color añil y fuego; espirales rojas en rocallas negras que se deshacían y volvían a enrollar su solitario músculo; ermitaños en forma de robustos cúmulos moleculares de los que emergían ligeras pestañas violetas formando abanicos; seres rodantes que iban recorriendo la abrupta y moviente corteza marina como ruedas desprendidas de sus vehículos en cuya membrana circular parecían anidar fragmentos de cristales de colores que iban cambiando de posición con el giro como si fueran caleidoscopios vivos; alambres verdosos que salían despedidos de pequeñas grietas que ajaban guijarros mórbidos para desplegar una membrana circular simulando sombrillas deformes; ampollas de aire que se inflaban en arrecifes coralinos necrosados de conchas cuadriculadas que al reventar esparcían millones de partículas vivas; todo ello coronado por miles de bancos de peces cuneiformes, triangulares, afilados, algunos con siluetas que recordaban a mamíferos terrestres al nadar blandiendo cuatro extremidades en forma de patas; criaturas solitarias provistas de una espina dorsal en forma de gancho para ensamblarse a los tallos marinos; cardúmenes llameantes que divertían el tiempo sumergido;… Un maravilloso fragmento de fondo marino que parecía haber sido arrancado para ser una carroza que mostrara por todo el Océano las exhuberancias que inhalaban sus aguas”.



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