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viernes, 15 de abril de 2011

Mitos, prostitución y licantropía

   



   



    El término “cancerbero” en nuestra actual lengua española es sinónimo de vigilante, guardián y otros vocablos de análogo significado. Pero la palabra “cancerbero” debe su origen a la fascinante Mitología Griega.

    Cerbero o Can Cerbero era un ser mitológico, el perro de Hades, un monstruo de tres cabezas que blandía por cola una serpiente. Can Cerbero guardaba la Puerta del Reino de Hades o el inframundo, y aseguraba que los muertos no salieran y que los vivos no pudieran entrar.

 ...  



    La presentí cuando desprende las hebras de piel el invierno. Petroleaba rostros el ocaso y el himen del viento estaba partido.

    Era una prostituta sonámbula que amalgamaba humo en las axilas y cólera urdida en las ingles. Solía sentar el tránsito fúnebre de sus nalgas en portales nocturnos y en latitudes blandas como ganglios de gelatina corrupta.
    Llegué apartando neblina hasta la vibración de una presencia uterina y sombría. Me alojé tras su reverso mudo y le peiné mechones jironados de cabello como lenguas bífidas y apelmazadas por el sólido semen de sus aniquiladores. A la intemperie exponía la columna vertebral, que a penas ensamblaba su carne, estaba roída como una espina boreal que adelgaza con el fuego.

    Y lloré sobre ovarios de desidia, tragué el ectoplasma de mi propia posesión para gritar que exorcistas las manos de todo aquel que extirpa vida de otros cuerpos, orfebres de infamia que punzan las más sumisas alhajas para labrar la rabia frágil y feroz, femenina…

    Ella y su prostíbulo cuerpo nació entre vientres tratantes de pellejo. Maceró en su piel la raíz del lanugo inmaculado, ese vello con el que todos veneramos al origen. La membrana de su niñez ocultó aquellos muñones de pelusa alojados como embriones voraces. Fue viviendo desgarros e inmundicias y poco a poco la carne traficada de hoy fue mutando en humus de una estepa que espesa las fibras capilares para ser escarpias resentidas.

    Yo seguía tras ella, esperando adorar voz y desamparo. Cuando giró su rostro y saldó la mortaja de sus labios para pedirme líquidos embotellados ya no había boca, eran fauces las que le robaban niebla al entorno, eran sus dientes los que estaban enhebrados con hilos de etílica saliva, y una sombra reventaba el espacio entre sus ojos como un hueso al que todavía le quedan cepas de sangre por devorar.
    Acerqué mis incisivos a la nuca de la fiera errante para evitar su dentellada y contra lajas de cabello atormentado murmuré mi trance vengativo: …licantropía… licantropía…

    Enloquecidamente hurgué el lodo suplicando huellas de perra, de ella. Enardecidamente las encontré y exigí lluvia para que rebosara de caldo sus pisadas y beber, de ellas.

    La catarsis ha de transmutar la rabia urdida en el odio para renacer en rabia simple y salvaje.

    Comencé a transfigurarme…

    Efervescencias crujiendo en lagrimales, párpados convexos, exudado de líquidos biliares, entramado de arterias que tiran de la carne como garfios purpúreos que descarnan. Fémures se agitan soterrados, esternón que detona, volatiliza el latido, las manos ocultan su humana procedencia, los labios se fracturan sobre la mandibular crecida, pabellones auditivos fragmentan el silencio para escuchar frecuencias invisibles, se despedazan sentimientos o recuerdos… y ya no soy capaz de proseguir con descripciones homínidas, ajenas a mi nueva y feroz naturaleza…


    Desde entonces persigo a un chacal mutilado que, con el vaivén de su cojera, va cardando el empañado de la niebla. Repele incesantemente mi cercanía porque sabe que es el cancerbero de la Puerta a los Infiernos. Impide mi acceso mientras habito el intramundo, o aquella dimensión entre el mundo de los vivos y el de los muertos.


    Ocupo un fragmento del espacio todavía sin resolver…






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viernes, 8 de abril de 2011

La vida está en otra parte


   

    Pensar que la encumbrada institución del dogma forja elitismos y que éstos, a su vez, son un revulsivo contra la mísera vida de la muchedumbre es una antigua entelequia de adolescencia universitaria.
    Es allí donde lamía frisos de biblioteca o murmuraba sedales articulados para hilar la mente hasta dejarla madeja atorada, apretando instintos ahora devanados.
    Una silla triste de matices, sabiendo que era astilla, fue hurgándome el contorno para suplir al verdadero cordón umbilical, a aquel que constituye el único usufructo que se extingue con la vida y no al contrario.
    Pero un día cualquiera sin retorno, consciente de nadar sumergida en la falsa placenta, intenté alejarme de tanta anémona de papel sobre fondo de pupitre: la dócil e invocada Cerillera de Andersen fue sustituida por esa insoportable levedad del ser que inmortaliza Kundera:

    “Una chica que, en lugar de llegar “más alto”, tiene que servir cerveza a borrachos y los domingos lavarles la ropa sucia a sus hermanos acumula dentro de sí una reserva de vitalidad que no podrían ni soñar las personas que van a la universidad y bostezan en las bibliotecas. Teresa había leído más que ellos, había aprendido de la vida más que ellos, pero nunca será consciente de eso. Lo que diferencia a la persona que ha cursado estudios de un autodidacta no es el nivel de conocimientos, sino cierto grado de vitalidad y confianza en sí mismo. El entusiasmo con el que Teresa se lanzó a vivir en Praga era al mismo tiempo feroz y frágil…”

...

    Descalzada me alejé durante un tiempo de los terrarios que construyen los hombres. En ellos aspiran a pacer como bestias de civilización, incapaces de vibrar con la ofrenda de alborada que saliva sobre vellos y pieles, que consuma el cortejo como un panal de gotas. La atmósfera es un alambique o así comienzo a respirarla con mis nuevas córneas exentas de vidriera.

    El polen temprano espera su transmutación para consumar otras metamorfosis aladas. Sí, ya puedo distinguir cada uno de los ciclos del polen.

    El sentido y el instinto arcaico inician su reencarnación después de milenios levitando por los bosques, reclaman ser ligados en glándula y cartílago. De esta forma, sobre un desahuciado monolito, trituro enloquecida la terracota de mi corazón con otras vísceras que creí extintas.

    Las aves son limadura de libertad que gravita.

    Las huellas ya no son lo que eran o antiguas cicatrices de tacto necrosado. Son meros restos sobre el lodo de grandes y pequeñas amebas que se empujan en procesión.

    El imperio del agua, aquel que funda jabones y otros adulterios, se desvanece  en este retiro para ser un sólo bálsamo que limpie o atempere. Es esencia.

    Los hongos desvirgan las socas de roble con cierta laxitud porque saben que en el árbol ya no existe resistencia y, al igual que la soca, mi cuerpo permite que el parásito engendre sobre muslos o costado, aquí no tiene trascendencia, no como en aquellos terrarios en los que el parásito sí que mina identidades.

    Hundo los pies en alvéolos violeta o escarlata, son como los incesantes peldaños de aquella escalera de Penrose que se eterniza. Musgos que pellizcan verdes la duricia de lascas y cortezas para sonrojar lo árido. Tiempo oblicuo, helada gratinando, raíces son reservas… escucho el estallido de astas o comienza el otoño…

    Hasta que advierto abrevaderos que anestesian la vida silvestre, hasta que huelo cepos como postizas dentelladas que hurden mecanismos letales … estoy en un invernadero más, en una urna camuflada bajo la complaciente y preciada liturgia de la naturaleza que nunca dejará de servir a nuestra tiranía.

    Emprendo rauda el retorno a las aulas de la engañosa infabilidad, galopo más que nunca.

    Frágil y feroz muerdo con vértices de humo.
   
    Frágil, porque estos pies son al camino lo que es al amparo la chabola acribillada y al muñón la prótesis de esparto. Feroz, porque ya sé lo que es nivelarme rellenando con ortigas la carne que me falta, lo haré agachando los hombros contra el barro. Y así, mientras arranco tallos urticantes con una mano, vendimio piedras con la otra y recojo espuelas desechadas, lanzadas para ser obstáculos ahora que han cumplido con la llaga. Así se explota el mal al máximo en el mundo del que siempre huyo sin remedio.
   
    Frágil, porque cualquier gárgara de viento puede sodomizarme la garganta. Feroz, porque la boca aprende rápidamente a plagiar bramidos frugales, de esos que espantan al soplo del humano.
    Feroz, feroz, porque mis pasos a todo lo que aspiran es a ser un concurso fraudulento de uñas arrastradas compitiendo por avasallar el polvo.

    No atesoro ilusiones de rumbo definido porque sé que la vida está en otra parte…











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sábado, 2 de abril de 2011

Testamento salvaje

     


       El cortejo a la vid, un culto sostenido por el ansia a la despreocupación, al imprevisto, o enmendar el esquivo paradero de la dicha, o estimularla etílicamente enmascarando el torpe sedal que nos recompone.

      El cortejo a la vid, cuando la memoria terminal de la añada se preserva apadrinando doce frutos o tal vez se intente olvidar… es un placebo.

      El cortejo a la vid, cuando escucho a Tool y recuerdo la suplica de Keenan sobre la perpetua embriaguez mientras prepara sus viñas… hasta que un día cogí un grano de uva y lo observé al trasluz…sentí la querencia irrefrenable de quebrar su piel, atravesar la pulpa, llegar hasta el núcleo y quedarme allí dentro, observando la luz del día a través de su carne traslúcida… y quise volver…


...



      Vuelvo al bosque, a buscar fractales de liquen y enraizar emboscadas. Vuelvo al parto del fuego, a agasajar la aspereza cavernaria con suaves maquetas de pelo rupestre.
      
      Así es como regresa el salvaje.

      Vuelvo a libar las paredes de la gruta: los átomos de piedra exfoliarán mis vísceras y triturarán todos los cepos masticados que hacen que siempre suenen las alarmas, esas que el hombre impone para protegerse del hombre antes de acceder a las casas que lo representan.
      
      Así es como se purga el salvaje.

      Vuelvo a conquistar el sílex. Con su calizo serrín apelmazaré cada escarpia que sondó a través del párpado mis córneas. De este modo fosilizo pestañas y ensarto cada una de ellas para fabricar el collar o el mecanismo que me arañe la garganta con las uñas de los ojos, que vieron y vivieron desmedidos.
      
      Así es como macera la rabia el salvaje, para reorientarla hacia la caza y la supervivencia.

      Vuelvo a bramarle a los tallos que sólo soy una hembra que ansía desprenderse de la lámina que injerta la feminidad opulenta. Tan sólo dólmenes de niebla en el costado o lúnulas de musgo en los talones adornarán las ondas corporales.
      
      Así es como se equipa el salvaje.

      Vuelvo a desbordar de piel el tronco, a segar el agua con la lengua, a amasar el polen con el labio, a fingirle al rapaz que soy su presa, a inflamar guijarros cenicientos, a lloverle a la hierba hilos sonrosados, que mi ombligo recoja el agua para saciar la sed del animal que después me devore, a estallar el grito esencial contra el orbe antiguo, …
      
      Así es como hace el amor el salvaje.

      Vuelvo a proclamar que aunque exista la interinidad del color en la flor de temporada, hay eternidad en el azul enloquecido por el dogma del verde, hay esperanza en este azabache que pernocta sobre el buche de jade que cubrió la tierra hace milenios.
      
      Así es como mantiene la fe el salvaje.

      Vuelvo a postrar mi carne y mis huesos al entorno, es lo más valioso que mi consciencia reconoce y cuando fenezca, encogida en un jirón de estiércol, alimentaré a otros vitales ciclos sin derramar cenizas. No deseo verter mis restos sobre la superficie pues con ellos la civilización va emparedando la dócil placenta que amamanta sus corruptelas.
       
      Y si así es como debe morir el salvaje moriré salvajemente...


(Imagen perteneciente a la obra del fotógrafo ruso Igor Amelkovich)






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lunes, 14 de marzo de 2011

Elegía de Astado y Galgo



  
   Ceniza y sangre eructaba la carne del astado. Era una bestia roída al que su lomo y estertores los apostaba el amo, entre festivaleros encierros y cínicas praderas, pues el verdor de éstas era el sudor que el bronce desdeña al oxidarse. Rendido y derrotado de tanta reyerta, su querencia era ya loca y depravada: adicto a la herida y a su herrumbre, codiciaba cada fosa abierta en su espalda en virtud de la corrida como un luto, una pena adoradora de la muerte producida en su manada.

   Pronto reventó el dispensario de prados con el que lo extorsionaban, con el que lo corrompían.

   Solo, con empuje lacónico y furioso, consigue bramar la tormenta y lidiar al rayo vengativo. Incendiarias latitudes y aviesas heladas devienen en virtud de su cornada. No se rinde a la siembra y su confusa adicción a fecundar con polen y metano… pero sus pústulas le rabian, el caudal de la punzada humea contra el sol y la colina, sangra y se desangra, lame y se relame para iniciar un nuevo desangrado.

   Hasta que derrumba la titánica alzada para hundir su latido en el licuado.

   Allá, a lo lejos, una estructura famélica y usada se acerca al venado como una maqueta de viento y estiércol. Es un galgo.

   El can se va acercando al astado…

   El amo del espectro vagabundo, un despiadado cazador, hizo del fiel galgo una astilla de crisol y madrugada a base de enseñarle el pan y negarle el alimento, a fuerza de aporrear su fragua apuñalante contra pellejo, humildad y huesos.
  
   El venado ya era un derrame de tierra y el galgo estaba sediento.

   Cuando ambos se encontraron el perro quiso beber y el toro le ofreció la oscura lava de su cuerpo. Pero la escuálida mandíbula del galgo, como un mecano de arena apelmazada, se quebró con un bostezo sobre el charco granate y granizado. Y cual gris harina polvorienta, espesó los restos del astado.

   Y donde crezca
   el liquen ceniciento
   allí estaremos,
   pues tu eras el toro
   y yo el perro.











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martes, 1 de marzo de 2011

La violonchelista voraz







Un esternón estepario aguarda fatuo. El busto de la violonchelista voraz vomitó dos brazos que a su vez insuflaron tejido celular para rellenar sendas palmas. Las cavidades salivadas de los dedos eran válvulas, retuvieron el secreto de la energía hidráulica a su vez que eólica. Con esta mezcla de aire y de agua buscan aquellos dígitos la lateralidad de la cuerda, y es entonces cuando el perfil aúlla invisiblemente para aparearse: la resonancia cavernaria inflama a este instrumento como devora al seno su glándula.

Mientras tanto, en un tórrido glaciar trasnocha un lobo endémico, se arrastra hasta aquel blasón de rocalla adaptando su alarido a la externa membrana lunar que a su vez es báculo del imperio del crepúsculo. Por tanto el arco es al instrumento lo que el satélite al gemido de aquel sombrío salvaje.

Ella, la violonchelista voraz, intuye que la crin que hierve la cuerda de su elemento desciende de la blanca madeja nocturna. Lo sabe desde aquel día que emergió hacia las tinieblas del bosque para plañir allí la frecuencia, en aquel páramo, hacia el laberinto de tronco y rapaces ondas oscuras. Aquella noche decidió vagarla con su chelo ahorcado entre las nalgas y desde aquel simbiótico concierto habita el bosque desbocadamente.

Cada orto es un embrión que se quiebra para escucharla, siendo la voz que ahora suplanta a su humano timbre la de aquel enigmático escudo que encaja en su carne como un grabado de músculo y madera. Ora estremece yemas con la helada, ora el aire sonámbulo la yerra… ya no intenta llorar de otra forma.


Un lobo terco y antiguo solía reclamar el trance orbitando la fuga de la violonchelista voraz. Ella vertía en su bosque… ignoraba la homínida esencia de su objeto de culto…pero descubrió el gen de la hilada, en un dolmen de luna. Desde entonces su gemido se punza con la cuerda… ya no intenta aullar de otra forma.














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martes, 25 de enero de 2011

Los fractales de Helen (I)



Todo comenzó cuando el fruto del ciruelo reclama su muerte para intuir la tierra… y eso mismo le estaba ocurriendo a Helen Midle pues presentía el ciclo. Y la vi. Yo era el derrame de una ciruela encendida.
Le bruñía la piel con la fiebre y su aliento olía a ecuación de saliva y vapor de caracola. Hundió la pulpa en la boca y refregó el friso meloso en ella. Así es como la fruta parió al paladar de Helen. Desde aquel instante ansió repetirse. Se acordó entonces del día en que su padre le reveló que el agua de la fuente de Sant Pau en realidad siempre era la misma, que una y otra vez lamía idéntico contorno para enseñar su única lengua…
      
        A partir de ese momento no entendió su existencia como algo distinto a un inevitable y fraudulento circuito cerrado. El cauce de la inmortalidad como tal era para ella una entelequia destructiva e incluso aberrante. Es decir, no compartía la idea de que el ser pudiera eternizarse de manera lineal sin liquidar etapas. Por ello Helen planeó alguna irregularidad en la espiral que le permitiera clonar su propio ciclo una y otra vez. Pero no con el hartazgo sostenido de aquella fuente sino de alguna manera que contuviera la trazada invasiva de lo imperecedero…
        Apuntalando sus brotes capilares a toda su estructura se alzó; inyectó más vacío a la atmósfera y, esquivando los despojos de aquellas cárdenas medusas disfrazadas con la piel de las ciruelas, se marchó hasta la casa. Una vez allí hizo posar, sobre su ceñida mesa circular, a un leño, a un hueso y a una concha pródiga. No podía perder más tiempo ya que sus ojos habían convenido con el párpado ser tozudas lúnulas de brillo negro. Al domar las nalgas a la silla, pues era una mujer dividida que aspiraba a seguir tricotando cielos, sintió quemazón genital, pero nunca aplacaba el picor… revivía el pellizco que la madre reventaba en el hombro cuando la niña Helen encontraba su sexo escocido y la doble perforación del desencuentro allí continuaba. Por todo ello le abrasaba cuando sentía ansia. Y el recurso que escondía Helen para no conferirle la mano al pubis era presentir preludio de picazón en el escote y dejar caer allí las uñas por si acaso, razón por la que tenía el escote como una reyerta de patas urticantes.
       Respecto al leño, el hueso y la concha pródiga… es que siempre las tenía a mano,… desde que jugó por vez primera con Lui, su hermano. Había decidido sepultarse el día de su muerte con las tres odas a la levedad, de modo que en las venideras etapas de sopor tendría que embeberlas en el puño…¡qué más daba si el sudor competía con el picor! Lo importante era mantener su voluntad al margen…

Fue fácil no solo planificar sino ejecutar aquel proyecto clonador del ciclo de Helen: si el fin consistía en reiterar su verdadera existencia, el medio para lograrlo vino de la mano de su medicación pues durmiendo abundantemente lograría soñarse a sí misma infinitamente.

En su estado inaugural las visiones de Helen eran de una introspectiva delirante: unos dedos cubistas se erizan sobre un pomo verde como las púas de un rastrillo. Entonces irrumpe una servil portera con el rostro de Helen y, con un hombro perforado por un gran anzuelo untado en pelo cenizo, abre la puerta. Aparece otra Helen que atraviesa el recibidor al tiempo que saluda a la guardesa e indómitamente tropieza con el ojo del vecino, un señor idéntico a Helen que viste de traje. La Helen víctima del obstáculo ocular  seduce al ojo comenzando a inflamar los labios con un guiño de boca pues sabe lo que le gusta al caballero. Mientras el beso de aquella Helen acaba siendo un pezón de aire, otra Helen, la esposa del vecino, llora y desgaja la carne de su esternón. En otro sueño, pongo por caso, las entrampadas gradas de un campo de fútbol detonan al unísono millones de voces idénticas que rebuznan la misma frase una y otra vez: orine en el tarro, Helen. Todos los asientos son ocupados por miles de clones de Helen mientras en el centro del campo, entre la hierba, hay otra Helen en cuclillas intentando, con el pantalón replegado en sus tobillos, atinar su orín en un recipiente traslúcido…

Progresivamente, la ensoñación de Helen le otorgó el gozo de poder vegetar con rostros anónimos pero la totalidad de personajes que protagonizaron sus delirios siguen siendo ella.

Entre ambos mundos, el de la realidad y el de los sueños, la paradoja consuma su obra: nuestra Helen-consciente siempre ha actuado según la voluntad de su entorno. Unos la desearon lasciva y lo fue. Otros la aceptaron anárquica y el desorden se llamó Helen. Algunos le impusieron pasión por Tchaikovsky y la tuvo. Un amante la proclamó sumisa y, trémula, rendía nalgas. Una amiga la declaró experta y tejió como nunca… Insondables y adulteradas connotaciones, algunas íntimamente contradictorias, se regocijaron en una sola carne. Paralelamente, nuestra Helen-sumergida aspira a ser ella misma en infinitas y variopintas carnes, invadiendo a todo cuerpo que el ansia de la reafirmación le conceda devorar.


Acompañaré a Helen en todos sus fractales,… ya me he ungido de ella… con el parto de la ciruela.




          (Imagen cedida por José Valdés Ortiga)


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domingo, 16 de enero de 2011

Teclología






 
Al fin las yemas
Pertenecen
Al reino del lamido.
Poseídas,
Penetradas por la lengua,
Estremecen a la tecla,
Despreciando la uña
O la reyerta.
Y aquel músculo mojado,
En sendos alambiques
De lava convertido,
Colmados de diez filtros
A la boca roba el labio
Al destilar artículo.

No siento la mano
Cual cardumen
De apéndices huesudos.
Palmar insurrecta
Con dos tentaculares lenguas
Que beben ajenos intersticios
Pulsando letras.

Enluto así el fulgor de la pantalla.

Y ahora que está todo invertido,
Tropiezo con el ceño,
Mi hombro ruborizo,
Las venas las encrespo
Para formar colmillos.

Descubro que la niebla
También se vomita,
O que un seno grita
Al escanciar la grieta
Del contiguo.

Y si el mar
Canta calambres
Con la ola,
O la sangre del volcán
Debe a la piedra
Su hemorragia,
Voy a volar
Tan sólo con la tecla.





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domingo, 9 de enero de 2011

La Selva de Selvas

  

   Algunos de los rincones que integran el Universo de la Fantasía son transportados al mundo real en forma de parches escritos. Sí, es un proceso realizado mediante el uso del lenguaje, de nuestro lenguaje, inventado, por tanto, en este mundo y ajeno a la peculiaridad o, mejor dicho, a la anomalía del mundo fantástico. La palabra ha sido fraguada en el taller de lo humano pero, de momento, es lo único que tenemos (¡y gracias!) para intentar acercarnos a una digna descripción de sus delirantes espacios.


   El descenso, con su doloso lamido, comenzaba a oprimir las rodillas armadas de los guerreros, pues toda bajante acelera el ritmo a cambio de dolor. Pero el inicio de ecos silbados y otros sonidos anónimos que se empujaban entre sí para alcanzar al sigilo de la tropa distraía cualquier extenuación. El sendero empezaba a ser escoltado por una tumoración de tallos azules de crecimiento anillado que tendían sus círculos a lo largo del borde del camino para ser la voluptuosa envoltura de la travesía de la tropa. La altura de estos aros duplicaba a la de los soldados y de su órbita brotaban esquejes en forma de largas agujas que se ensartaban unas con las otras para buscar la mordedura de una especie de vesículas vegetales de pálida membrana con estrías violáceas. Estas ampollas, quizá con la apariencia de labios mortecinos rasgados por el rubor del hematoma, estaban rellenas de una poción traslúcida en la que parecían refregar sus espasmos miles de semillas rojizas. Tras ellas la efigie vigilante de la madera cuyo porte distante era abortado por la acrobacia de infinidad de insectos diminutos y de aves extrañas para los intrusos. De hecho Sarpo, que cepillaba con una de sus pupilas la alineación de aquellas huellas, reservaba su otra retina para sorprenderla con las nuevas especies de flora y fauna que entretenían el paso de los soldados. Sin desdeñar del todo el estado de alerta todos ellos se recreaban con el magnífico despliegue animal de la Selva de Selvas admirando, de un lado a otro, y de arriba abajo, todo cuanto les aparecía a su paso, como si de una expedición turística se tratara. Su marcha sostenida por la pendiente les permitía deleitarse más allá de lo necesario y tal condescendencia era hábilmente justificada por el Gigante pues era consciente de que la franca bajante era tortuosa y de que una vez abandonaran Silce no habría tiempo para la contemplación. Seguían sin púlpito celeste pero la luz era como el halo de cualquier amanecer.
  
   Una bandada de espinas aladas aproximó sus filos hasta la retenida curiosidad de los guerreros para aletearles los brillos purpúreos del stelion. El abdomen de estas aves era como una fina astilla anaranjada, prolongada y ligeramente curva. Su extremo superior trinchaba un cráneo en forma de media luna rojiza y escarchada de diminutas plumas verdes entre las que se apretaban dos globos oculares ambarinos que ocupaban la posición central de la cabeza. Lo realmente hipnótico era vislumbrar como, al tiempo que revoloteaban, iban meciendo dos péndulos que colgaban de sendos lados de la cabeza del pájaro. Al aproximarse hacia los rostros de los óminos pudieron algunos de ellos revelar que sus desarrollados lagrimales se ahorcaban en un manojo de hilos imperceptibles que pendían de aquellos para acabar en discos plumados del mismo color pupilar. Y el pezón inferior de la media luna debía ser el pico de estas insólitas aves pues por tal vértice bañado en plumón emitían un graznido opaco y jubiloso. Aunque más que aletear tiritaban el músculo afilado que poseían como cuerpo para que el temblor les batiera la anarquía del plumaje, pues las alas no eran más que lechos de pluma que habían germinado hacia todas direcciones pareciendo, precisamente, un batido plumado. Cuando saciaron su delirio por el fulgor de las armaduras desaparecieron entre troncos y aros vegetales sin aplacar sus reclamos.

   Al tiempo que las aves eclipsaban su cercanía un ser blanquecino y sin vello movía sus cinco extremidades para erizar el grano del sendero y seguir su rumbo hacia el otro lado. Eran cinco apéndices carnosos los que le proporcionaban un asombroso avance, pues la evolución de su uniforme movimiento era invisible a los ojos de los guerreros ya que éstos tan sólo apreciaban el cambio de posición tentacular como una superposición secuencial de imágenes. Algunos óminos se impresionaron al encontrarle a esta especie animal el parecido con una mano errante pues su estructura era similar: cinco patas delanteras coronaban un muñón desierto de la misma forma que los dedos rodean la palma. Pero el lechoso aliñado de la epidermis y su inquietante andadura sacrificaban su lúdico aspecto para tornarse fantasmal. Cuando hubo atravesado la senda postró la trasera de su muñón albino para defecar en el margen un plasma caliente, coagulado y oleoso cuyos vapores comenzaron a punzar al olfato más próximo, el de Sarpo. Se propagó el escocimiento con la descarga propia del relámpago y los guerreros apresuraron el paso para rebasar aquel cáustico cuajado. Cuando Sarpo retomó su posición inicial para proseguir rastreando la investidura del reino de la senda se encontró con un revuelto de arena tan cardado que le era del todo imposible distinguir, entre tanto bullicio de polvo, el paso de los óminos desconocidos objeto de su experto don explorador. Había impresas huellas de todo tipo como si el cauce del sendero fuera un largo retablo cabalístico de todas las especies de la Selva de Selvas.

   De pronto la atmósfera selvática empezó a supurar su cristalina esencia. Un infinito goteo impregnó la arena, la madera, los tallos, la hoja, las armaduras, todo. Pero las gotas no se comportaban del mismo modo que lo hacen cuando caen siendo lluvia, pues no se desprendían desde arriba para despeñar su breve identidad sino que cada gota nacía de cada poro de aire como si éste fuera víctima de una extendida sudoración o quizá como si el propio aire fuera barro de cántaro tan henchido de humedad que extasiara su rezumar. El fenómeno era definitivamente extraordinario pues en algunas porciones de ambiente el destilado de partículas líquidas era tan copioso que distorsionaba la perspectiva de manera prodigiosa: granulaba la visión del paisaje espumando para ello la imagen. Y es que la secreción termal nacía de cualquier recodo de la atmósfera de modo que hasta la piel del rostro o incluso los ojos de los guerreros concebían la creación de cada partícula como si fuera su propia dermis, o incluso sus córneas, las que rezumaran.



   Con este fragmento de Tierra Naciente y, precísamente, por respeto a sus revelaciones, cierro el ciclo fantástico dedicado a este planeta.






    Imagen perteneciente a óleo de Wolfredo Lam titulado "The Jungle" (1942)

                                                         


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lunes, 27 de diciembre de 2010

Mauran y la Elvia de Agua.



   “La fantasía es una actividad connatural al hombre. Claro está que ni destruye ni ofende a la razón. Y tampoco inhibe nuestra búsqueda ni empaña nuestra percepción de las verdades científicas; al contrario, cuando más aguda y más clara sea la razón, más cerca se encontrará de la fantasía”. J.R.R. Tolkien.
   La Elvia de Agua representaba un símbolo de culto para los Cels. No era, ni mucho menos, un árbol sino más bien un geiser que la tierra se negaba a escupir intentando obstruir, sin éxito, la brecha de su nirvana. La oquedad que le daba rienda suelta a sus aguas era constantemente ahogada por maleza extraña y ajena a la botánica propia de los bosques pues sólo crecía alrededor de aquella fisura llovediza cuyo pálpito acuoso le negaba la sed que toda fractura requiere para su cicatrización. Lo verdaderamente insólito era que el caño de agua que manaba hacia arriba se dividía en su punto justo de altura para formar una suerte de fuego de artificio que imitaba, con un rigor absoluto, el contorno de una Elvia, el árbol típico que poblaba el Bosque de Bren. De los extremos que perfilaban la copa caía a raudales el líquido sobrante hacia la tierra que bebía, inmediatamente y sin dar tiempo a la formación de charca alguna, el remanente. El efecto visual de semejante fenómeno natural, era el de un árbol fantasmagóricamente helado que supuraba su cristalina esencia chorreando hacia afuera para derrochar su silueta.
   La íntima creencia de que las fuerzas de la naturaleza de Tierra Naciente tenían una conciencia propia, no sólo cognoscitiva del entorno sino una imperiosa voluntad de intentar parecer lo que no eran, vino a la mente del cels. Si hubiera conocido Mauran el proceder alevoso de los Cóculos todas sus divagaciones hubieran cimentado su teoría en algo palpable y manifiesto para ser irrefutables.
   Para el pueblo cels la Elvia de Agua constituía el símbolo de la alianza entre la tierra y el agua como binomio totalitario, de modo que la creencia célsica explicaba que si este enhiesto manantial dejara de fluir, el Bosque de Bren moriría de desecamiento. En definitiva, la Elvia de Agua se consolidaba como un medidor del estado de buena salud del bosque. Pero el joven Cels, a diferencia del resto de sus congéneres, no era cultivador de mitos y tradiciones místicas. Mauran se afanaba por descubrir la verdadera causalidad de éste y todos aquellos procesos que se gestaban en el entramado natural que lo envolvía, aunque solía maravillarse fácilmente, y en absoluta soledad, de aquel cosmos del que formaba parte su indagadora existencia. Ese ensimismamiento cotidiano se lo podía permitir con inmediata soltura pues cada vez que advertía algún curioso fenómeno que atentara contra su curiosidad hacía un alto en el camino para observar la escena. Y es que Mauran, debido a su trabajo, disponía de un cómodo atajo para que su pensamiento y sus retinas formaran una indisoluble unidad en la que todo aquello que captaba con la vista fuera sincrónicamente desmenuzado por la analítica fascinación con la que convivía desde una edad muy temprana.
Hasta el momento, la sobriedad comunicativa que Mauran prodigaba entre los suyos era bien entendida por aquellos más cercanos a su círculo, pues conocían el ímpetu que coronaba sus silencios. Para el resto de Cels, Mauran era, más que una singularidad, una asombrosa incoherencia pues cuando el Cels tenía que negociar con los habitantes de otros bosques para sacar el mayor rédito posible, se convertía en un poderoso embajador del encanto característico de su raza, aunque él superaba con creces esta sistematizada habilidad de sus semejantes.
   Una tarde oscura, uno de tantos regresos clonados se desvió de su rutinario devenir para ser especialmente infrecuente. Mauran bajó de su resabiado carro para tomar unas muestras de los tallos y flores que bebían del lodo que circundaba la grieta de la Elvia. Pero un suceso insólito en el agua que espesaba el interior del Árbol provocó que el cels paralizara su mano. Estaba a punto de arrancar una robusta planta de tallo abocardado  y cetrino, coronada por un enjambre de flores con pétalos lánguidos, dorados y retorcidos hasta el punto de colgar como serpentinas trenzadas de las que por sus extremos pendían unas borlas pilosas cuyo hilado se abría y cerraba con un sincrónico vaivén. Escuchó Mauran un plañido e intentó afinar sus sentidos para poder consumar el encuentro de sus tímpanos con lo que parecía una voz quejumbrosa que provenía del agua. No era fácil aislar este bebido sollozo del gorjeo de la Elvia pero el cels era terco en su ímpetu explorador.
   Cuando Mauran derritió las retinas para fundirlas en el bruñido del tronco cristalino y divisar algún fenómeno visual tras la cuajada de agua, atisbó una figura serosa en el interior de la Elvia que permanecía justo a la altura de sus ojos. Mauran no estaba en pie pues se hallaba todavía inclinado y con la mano apretada en el tallo de aquella flor. Pero cuando observó el fenómeno, sus dedos desdeñaron a la planta inmediatamente para ser sumergidos tras la cortina licuada de la Elvia. Al otro lado sintió la forma de otra mano, una insólita mano fría, metálica y esponjosa a la vez, que penetraba a través de su carne para acariciar todos los huesos de su cuerpo. Mauran no daba crédito a tales sensaciones tan increíbles como imposibles pero ese mismo era el confuso efecto, abstracto e incluso metafísico, que estaba viviendo toda su estructura ósea en esos instantes. Un estremecimiento convulsionó todo su ser y cayó entre el lecho de maleza perdiendo por completo los sentidos.
   Al despertar estaba bajo sus sábanas de fibra vegetal, rendido a su habitación y redimido de cansancio y sueño. No podía distinguir con acierto lo acontecido, ni siquiera sabía si lo habría representado en uno de sus delirios nocturnos aunque le pareció muy real. Izó su cuerpo con el empuje del desplegado de una vela sobre un mar de tejidos y, precisamente, le vino a la boca un sabor de agua salobre. Se apresuró hasta el grifo más próximo y bajo el caño de madera verde se refregó la piel de su rostro; de paso, engulló agua a tragos mezclados con el aire reposado de la estancia. Al beber el líquido que tantas veces purificaba su clausura, el sabor marino, lejos de atenuarse, se volvió más intenso. Era imposible que estuviera sorbiendo agua de océano pero eso mismo le pareció a Mauran. No sabía que ese sabor salado acompañaría a sus papilas el resto de sus días.





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Mauran y la Elvia de Agua by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Empezaré desde el principio



Seguro que alguna vez os habéis imaginado el final de todo esto, quiero decir, la extinción de toda vida en nuestro fascinante planeta. Yo también lo soñé un día pero no como el fin infinito y perpetuo sino como un catártico Apocalipsis, un imparable cataclismo compartido con otros seres que habitaban otros mundos y que, por algún motivo, vinieron a fenecer con nosotros para participar, con su carga genética, en el advenimiento de un nuevo origen …

“En el Mundo Antiguo la única raza que poblaba la Tierra era la de los hombres. Duró mucho tiempo su hegemónica existencia. Explotaban todos los recursos naturales sin descanso. Multiplicaban su ambición y sed de poder para hacer suya la riqueza de la tierra. Nacían para morir con dominio sobre el medio que explotaban. Vivían en edificios de mineral sintético similar al blanquecino y translucido cristal de roca. Dicho material lo fabricaban con máquinas que imitaban los procesos naturales de formación geológica. Arrasaban bosques y selvas para instalarse con sus monolitos de roca sin respetar el equilibrio natural. Varios milenios tuvieron que pasar para que su hábitat terrestre mostrara sus últimos estertores. Cultivando sus mentes opacas tan sólo para dedicarlas a la imparable evolución tecnológica, consiguieron inventar todo tipo de aparatos: máquinas que creaban agua potable de la nada, otras que exhalaban oxígeno, artilugios que podían producir cualquier vegetal para ser consumido con sólo un movimiento de pulgar, artefactos clonadores de aquellos seres vivos que les eran útiles para su sustento y un sinfín de robotizados espectros que trabajaban día y noche para sus abominables vidas. Los astros observaban atónitos aquel ultraje al reino natural, impotentes, deseando que sus rayos fueran brazos que apartaran toda esta artimaña falsificadora del sencillo fulgor. Cierto es que la sabiduría del hombre era cada vez mayor a costa del mañana. De hecho, se crearon alianzas entre pueblos para gestionar el conocimiento tecnológico y así proseguir con la inagotable devastación del hábitat en el que el hombre había sido agasajado para después convertirse en su verdugo.
La población humana aumentó considerablemente y cimentó sus pétreos edificios en todo paraje virgen que pudiera habérsele pasado por alto. El humano ya no necesitaba al incauto ecosistema que lo trajo al mundo y que lo eligió de entre todas las especies para preservar la intacta belleza de su núcleo.
Seguramente emular el misterio del génesis de la existencia sería el nuevo e imparable desafío promovido por el hombre.

Pero un día de tantos sin retorno se desencadenó una insólita sucesión de catástrofes. Comenzó por la aparición, en la anochecida atmósfera, de enormes esferas silenciosas tejidas por un material orgánico y desconocido, que descendían de los cielos lentamente cual copos de nieve titánicos. Empezaron a levitar sobre tierra y océanos sin rumbo, moviéndose con la ingravidez propia de los globos de aire. Todo el conocimiento adquirido por el hombre durante estos milenios fue inútil para explicar semejante espectáculo visual. Dos días se mantuvieron las esferas orgánicas planeando por los aires. Y cuando el imperio de los humanos se dio cuenta de que nada de lo que habían aprendido servía para explicar este acontecimiento, se instauró el miedo apocalíptico intrínseco a la raza humana.
Cuando los globos celestes aterrizaron suavemente en la tierra, no tardaron los hombres en acercarse, desconcertados por su presencia, a aquellas monstruosas esferas vivas, duras y tibias, pues un sigiloso latido era percibido cuando en ellas posó el hombre sus manos de artificio. Antes de que la curiosidad humana diera el primer paso, los oscuros copos comenzaron a resquebrajarse y a abrir sus carnosos núcleos tal frutos desgajados por una mano invisible. De su recóndito interior emergieron criaturas extrañas que hablaban en lenguas desconocidas y mediante sonidos nunca percibidos antes en el Mundo Antiguo. Eran seres de diferentes especies, miles de ellas, por lo que, probablemente, procedían de lugares distintos. La fisonomía de cada ente era tan desigual como su idioma, de modo que era imposible comparar una criatura con otra sin perderse en ello. No estaban agrupados por especies sino más bien al contrario, se mezclaban entre ellos intentando vanamente hacerse entender los unos con los otros, hacinados, alzando todos a la vez sus dispares léxicos en un enjambre de sonidos y voces ininteligible.
Los hombres advirtieron que algo terrible ocurrió a estos seres que intentaban sin éxito compartir sus últimas vivencias. Mas el desconcierto de la raza humana era menor al de las criaturas pues al fin y al cabo el hombre seguía en sus dominios pero los seres celestes fueron transportados a tierras inéditas y hostiles. Indefensos, desprovistos de armas, de alimentos, de ambición e incluso de consciente equilibrio, escudriñaban el cielo sin cesar en un vano intento de dar sentido a toda su existencia. Unos gritaban, otros escondían sus rostros, unos se movían de un lado a otro alzando las extremidades, otros se sentaban en la tierra. Algunos permanecían inmóviles con la mirada perdida mientras otros forcejeaban entre sí virulentamente. Se abrazaban los más pequeños, otros parecían reír frenéticamente. Había seres que exploraban el entorno mirando hacía todos lados, otros giraban sus cuellos trescientos sesenta grados. Distintas estaturas, ojos negros, ojos rojizos, ojos siniestros, juntos, organismos con vello, sin vello, seres de todos los colores posibles e imposibles. Con cráneos orondos, espigados, minúsculos, afilados. Cuerpos enjutos, otros voluminosos y robustos, otros curvados hacia atrás, también hacia delante,… los ojos humanos no pudieron procesar tanta información visual. Antes de que el hombre pudiera acercarse a ellos se produjo una huida colectiva hacia todos los rincones de la Tierra.
Y el persistente afán clasificador de los hombres para registrar las especies que llegaron fue en vano ya que miles de seres comenzaron un éxodo generalizado  a todos los lugares del Mundo Antiguo, incluso a los más recónditos y deshabitados por el hombre. También fue una empresa baldía saber la razón de su llegada, procedencia y origen vegetal o animal de las funestas esferas que los transportaron. No se pudo descifrar ninguna de sus lenguas. No se descubrió si gozaban de poderes sobrenaturales y ocultos o si en ellos había fuerzas inconcebibles comprendidas sólo en sus mundos. Pero, sobre todo, la razón de su llegada fue la incógnita más universal planteada hasta ahora. Lo cierto es que una fatídica sombra vino junto a ellos y su presencia cambió el corrupto destino que estaban forjando los hombres.
Lo que ocurrió finalmente fue el Apocalipsis sospechado. La alarma social se expandió en todo el Mundo Antiguo, caos, miedo, crispación y violencia. Durante los días siguientes continuaron aterrizando cientos de globos carnosos que se adherían a edificios, bosques, desiertos, montañas,… repitiéndose el mismo proceso una y otra vez. Hasta que el número de criaturas venidas del cosmos superó con creces a la población humana. Ya no había guarida posible para la ingente masa alienígena que no podía ocupar ni una porción de tierra sin sentir el aliento de la omnipresente existencia de los Mundos. Y fue el hombre el que intentó buscar cobijo en rincones henchidos de cuerpos hacinados e inertes ya algunos. La espesa masa de carne y vísceras asfixiaba la superficie de la Tierra como un vómito sólido y hediondo.
Se desencadenó una gran tormenta en las aguas oceánicas que albergaban al también devastado mundo marino y los océanos comenzaron a tocarse los unos a los otros hasta que el Mundo Antiguo quedó completamente sumergido bajo una lengua oscura, salada y febril que arrancó de la Tierra, con la fuerza de su furia, todo cuanto había construido la raza humana llevándose consigo sus vidas y las de los seres recién llegados que vinieron para morir junto al hombre.
El silencio se convirtió en el único soberano y la Tierra Antigua y toda su historia se redujo a una endeble quimera, un eco lejano que impregnaba las piedras y los pulverizados restos de su civilización.
En el mundo marino la sombría tempestad acontecida desintegró sin más cualquier forma de vida animal o vegetal. Transcurrieron más de cinco millones de años de sol que seguía escupiendo luz al horizonte, ahora mudo y asfixiado por el agua… hasta que la vida despertó de nuevo a la plenitud del Océano. Un nuevo origen surgió y se inició una nueva evolución en las aguas dormidas. El incesante génesis del misterio vital no pudo soportar la eterna inactividad de su aliento.
El Océano comenzó a replegarse sobre sí mismo para dejar al descubierto lo que durante milenios fue su columna vertebral: una orografía terrestre absolutamente sorprendente e indescriptible.
Esta evolución fue distinta, tan asombrosa como irreal. Todas las especies animales y vegetales fruto del segundo origen serían la consecuencia de una simbiosis universal. La alianza biológica entre las miles de especies alienígenas y las que habitaban la Tierra fue un hecho irrefutable, una verdad que estaba gestándose sol tras sol. La receta evolutiva resultó de una mezcla aleatoria entre la carga genética de las criaturas cósmicas y la que contenían las especies terrestres.”

A esta nueva Tierra, de relieve imposible, de insólitos ecosistemas que cohabitan en un mismo espacio, donde seres asombrosos y extraordinarias fuerzas caminan a la par, la he llamado Tierra Naciente. Es allí donde a veces me encuentro y, como un testigo mudo, intento narrar todo lo que mi vista puede albergar, que no entender, sobre esta fascinante Tierra.



                                                      

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