¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨ARTE, CIENCIA Y POESÍA

sábado, 4 de junio de 2011

Vértigo ( Poema dedicado de Rossana Arellano G. )


                    

VERTIGO (Dedicado a Gabriela Amorós)                 


Hablas y se levantan los rostros, uno tras otro, la calle tan estrecha recoge mi cansancio, una copa de vino en el cristal de las nostalgias,
Ay! corazón perforado, un labio interminable como río, me alarga entre babas esta rara tristeza.

La mano atenazada, rompe los matices del agua, tanto azul sobre el día y yo ave, vuelo transversal, indagando el duelo del aire...


Extraño que no caigas en penitencia ante mis ojos, que pobre de raíz te observo, ni aroma, ni lágrima te alcanzan.

Sepulté tu nombre, cuando resbalo tu alma, en el penúltimo vértigo, pero sabes, la muerte en el camino desliza sus flores perfumadas,
pero tu combates el canto de los deudos y juntas las manos hacia el rezo. Mitad hombre, mitad sobreviviente, te veo cargar la cruz de tu propio funeral.

He aquí, infinita piel acumulada, desgarro,  soledad y  jornada sin canción ni lucha, mucho menos bandera que se asile a los huesos.

¿Van ocultas las auroras?

Amasé un puñado de hermanos y la humedad de la tierra me volvió a barro una vez más el rostro, desde mi palidez extrema, no alcancé su puerta,
nada hay en el crepúsculo, sólo el dominio feroz del dolor y se queda el amor desgranando al alba su desprecio.

¿Quien faltará a la transparencia de todas mis lágrimas?

Va mi voz en la cintura subterránea del azufre y prende el llanto de la espera, así, como madera sin patria, desciendo en estertores hacia
la ceniza del papel de mis poemas exiliados.

Todas las noches, desde aquella, desgarro el traje de mi templanza y en el desvelo lo puedo ver intacto.

Yo, que fui semilla en la desolación, como pude cercenar mi propia herencia, por qué esta alma se prestó a la calumnia, ¿ o no era acaso mía, esa?
Que fea cicatriz se luce en el banquete de los seres  anónimos que muerden y devoran el aroma primaveral de la esperanza.

Al agua... tanto mártir, desheredando hasta los infiernos

Así, los hombres sombra, se restriegan complacidos las manos.

Resiste corazón, el  látigo y herida sobre el canto amarillo y estrecha tu soledad en la unidad de la poesía, cuando se detenga la letra en tu calle,
marcha sobre la tierra, libre, avanza derramando tu sangre en el olvido del tiempo...




Rossana Arellano



Amiga, poeta, gracias por esta dedicatoria tan sobrecogedora para mi como haber visto la fragua del poema en uno de tus comentarios aquí en La Emoción.
Esta vez La Emoción tiembla con la presencia y escritura de tu literatura, Rossana. No puedo más que postrarme ante este gesto tan generoso y verdadero... y tender una mano hacia la tuya para recorrer el camino con la ilusión apoyada en tus ojos.

Te abrazo con los míos.

sábado, 28 de mayo de 2011

Cópula Iluminata







     
      Estas dos manos, apariciones marianas de lo cotidiano, pretenden a su carne cual ramera arrepentida para acotar la devoción de la búsqueda, para ser contempladas como el limbo del tacto.
      Estas dos manos, embaucadoras sacrosantas que rozan apenas manivelas como asen los lirios las vírgenes, tal bocinas invisibles que causan la sordera de la lucha.
      Estas dos manos que beatifican el impulso del roce para esgrimir el grito triunfal del engañado, “al fin lo he tocado”, “por fin lo he sentido”… No, no habrá fin, no habrá desenlace al desplazar la materia. La causa.

      Distinguir una puerta de su ostentación, abortar la sombra del linaje del marco, moldear el umbral en cualquier mendrugo para penetrar sibilina e involuntariamente, como un vello aguijonea a su poro,… igual que copular antes de intuir el deseo de serte atravesado. El objetivo.

      Escaldar el tacto, pero no bajo estridente ebullición anclada a alguno de los tres estados. Lo haré con el tórrido rotor del Faro, borbotón que quema mira y lame, arrastra ojo y su derrame, descarna y descarga otorgando al estigma el don de la cóncava llaga. El método.

     
      Cuando las manos arden en quinqué poseso que espera un exorcismo su antorcha confiere… sabe que ha de saltar a otro cuerpo.




      El ocaso palpita. Camino hacia el Faro. Su glande sacude en rotación un chorro de polen. Extasiada en su base provoco a la puerta y se frunce. Penetro y subo peldaños como tabletas obscenas, recostadas disputándose la erección vertical del eje. Este andamio de lengua y deseo culmina en un nudo de escombro. Distinguir la puerta de su ostentación… vale, la desgrano sin contratiempos. Ya me espolea la pirueta demente del foco…

      No expongo sólo las manos, me trilla, me apuñala toda la carne y esqueleto. Y luego desova en su giro hacia la luz del otro faro, el de la isla, justo cuando ambos se besan al chocar la fulminación de sus rayos. Y en esta transfusión lumínica que sólo los faros acaudalan viaja mi contorno humano, transita de haz en haz cada vez que un faro vomita en otro su lucero. Recorro mundo. Tiemblo.

      Decido volver sin silueta y llueve.

      Lluvia: punzadas de aguja anfibia, metrallas de pasta de larva que zurcen volúmenes.

      Charcos: guijarros sin piedra que parten la pierna mitad en ameba y mitad en indignación.

      Jadeo: apuñalar con vacío y guillotina la ráfaga interna, puntillear el aire con aire, los pasos de la mudez.

      Luna menguante: visera de las tinieblas contra el titilo, guadaña de glaciar luminiscente, asoma el párpado el invierno.

      Sorpresa: Pero… ¿Qué haces ahí empapado? No te esperaba esta noche…

      Tú: Andén estepario que trasvasa raíles a mis brazos para encauzar al deseo, pecho de magma que huracana a embestidas.

      Yo: Papel que ansía su origami para existir más en cada doblez que en el cenit de la obra o una raíz de viento.

      Momentos: Membranas que desean fumarse, cabellos que lamen caldos frotados, aullidos invisibles que inflaman los huecos con ortos, horizontes de frisos que anuncian diagonales,  sollozo de cáliz triste y caliente, en los vapores de lidia toda fisura es preludio…

      
      Movimientos: apuntalas al fango, elevas y vuelves a estocar en el molde mojado, enhebras vértebras y tricotas mi médula al barro y tricotas el labio, coses la fuente para que estalle en derrame estrangulado a tu riego, irrigas con vértices y esponjas, saldas tu gozo con la fiebre de mi escote, atornillas el flechazo al eco candente, y muerdo las fugas y tose mi vientre cada vez que lo agitas… espasmos, Universo, temblores, Universo, descargas, Universo, la lluvia es harina de centella o Cúpula de Universo…



      Cuando dos arcos cohabitan para transferirse su peso la luz de algún faro tropieza el silencio.





      Imagen titulada "Ortos", cedida por Joachim&Malik. Podéis acceder a su espacio a través de este enlace: http://www.joachimmalikverlag.blogspot.com/















Licencia de Creative Commons
Cópula Iluminata by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

domingo, 22 de mayo de 2011

Rapsodia Africana






      Un cardumen de escuálidas crisálidas, un racimo de balas oxidadas agrupa grupa para fingir más carne. Los niños tienen hambre.

     
      Una espuela líquida nace témpano al contacto con el émbolo, un espasmo de saliva liga miga al caer al monolito de nómada barriga, gónada de glabro barro o de arcilla. Las mujeres preparan la comida urdiendo con baba y vara la vasija.

     
      Unos frisos resbaladizos, lisos, abortan en anzuelo de pañuelo, un magma graso de ocaso, una azabache mucosa, oleosa, afloja el nudo del blasón con secreción o brillo de unión. Las mujeres sudan sus mentales pañales con las frentes fulgentes al sol.

     
      Una majada excretada apuñalada al vapor de los tempos indica que derrochado el hedor mordedor deviene en adobe que robe de lanza al cazador; esta proclama reclama al escultor, el de los templos de olor, el de hediondo y hondo adoquine que de la sed libe al aljibe para fundar el hogar del calor. Los obreros alfareros preparan ungüento para orlar los cimientos de las casas del poblado.

     
      Una rama de mojama reclama que se abra la bisagra de la magra, asada, calcinada, mientras su sepulturera espera que aquel que la venera le devuelva el estertor con maltrecho pecho acechado, chamuscado de dolor. Una criatura supura, agoniza y se eterniza blandiendo un brazo hacia la mama disecada de su madre.

    
      Unos grumos de lata que mata enmohecida, esgrimida con terrones saltones que titilan sus esquirlas como espejos al reflejo de la vela que vuela son el lastre de arrastre de una manada de cada ovada siendo esquela de oscura travesura que es locura de cordura. Los púberes del poblado fabrican cacharros con barro y metales letales.

     
      Un manojo cojo de agujas que se estrujan con ambos fardos de dedos maderos, austeros de buscar el lunar, la acupuntura de la cultura, de la cata inmadura que escapa a la llanura. Los hombres del poblado repliegan andanzas agachando lanzas tras un día fracasado de caza.

     
      Unos cárnicos tiranos habituales organizan rituales, tales que una eunuca punzada se presagia en todas las casadas ajadas que se apilan y vigilan para servir sementales panales o afilan sus males en comunión, se acerca el tajo y en connivencia el badajo que cumplirá la decencia de la opresión. Las ninfas vaginales entregan su vaina a la ablación.

     
      Unas alas ralas de vencejo a pellejo al tiempo que penden de los viejos se venden al entorno a partir del torno del contorno que se arruga para urdir la fuga de la piel de papel que ruge y cruje hacia el último memento de cada momento, hacia la postrimería de esta entropía, de esta casquería rústica y fatídica que desvaría de insuficiencia de músculo, glándula, cálculo, fécula, carne en las varillas, papiros de rodillas, ombligos que se astillan, maquetas de chuletas sobre un fondo de arcilla, calcos de pliegue que clonarán su despliegue una y otra vez… Los ancianos del poblado acicalan sus huecos y recovecos con trapos, harapos y huesos para completar el osario o este glosario.



     
      …Para fingir más carne, con baba y vara la vasija, sudan sus mentales pañales, derrochado el hedor mordedor con maltrecho pecho acechado, chamuscado de dolor, son el lastre de arrastre, la acupuntura de la cultura, para servir sementales panales hacia el último memento de cada momento…


Un cardumen de escuálidas crisálidas,
Una espuela líquida,
Unos frisos resbaladizos, lisos
Una majada excretada, apuñalada,
Una rama de mojama,
Unos grumos de lata,
Un manojo cojo de agujas,
Unos cárnicos tiranos habituales,
Unas alas de vencejo a pellejo,
La acupuntura de la cultura.






Imagen perteneciente a cosecha propia, Dibujo nº 1 de la serie "Sociedades Amorfas" (tinta sobre papel)






Licencia de Creative Commons
Rapsodia Africana by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Sermón del Hambre




Si la cornisa del beso es su huella
O es en la ajena colilla
Donde prende la vuestra,
Cuando de estaño desale un alguero
Vuestra matriz o a su arquero
Pensad en el hambre.


Liba el río su cuenca
Para trenzar el barro,
No entendáis que entendéis algo.


Los lagrimales del trigo
Si los lloras alimentan,
Igual que de patata el dolmen
Y su viruta, postal de guerra.


Si la colmena es maqueta de polen
Y el azafrán únicamente es su hebra,
La aleación de codicia
Es sólo ovario y esperma.


No retocéis en los sudarios,
Que la muerte es sólo hambre,
El que la vida reclama,
Del que el sepulcro es su queja.


Si atesoráis demasiada costumbre
Sobre ídolos de níquel
Revolveréis al jazmín
Tal escayola deshilada,
Como los pétalos de leche
Que cambiasteis por metales.


No observéis la carcoma con el diente,
Salivad el crujido con la córnea,
Aquel que seréis
Y ver querréis
Cuando ya sea tarde
Y os devuelva su eco la madera.


No juzguéis el arriendo de la carne
Que juzgar es reprochar
Para fingir un estigma,
Y aquello también es hambre.


Entended el parto de los dedos,
Con sus lúnulas majadas
Articulan dentelladas,
Y las uñas son los frisos
Que preceden al miedo
En el enjambre:
No olvidéis que con hambre
Olvida la piel su estocada.


No profanéis del fuego la inocencia,
Que en el credo de su llama
Hallaréis apostasía,
Adorad al humo
Que sirvió a la indigencia
Y al trato,
Del exilio a la voz,
Del pobre a su equipaje,
Del hambriento a su homilía.
Adorad a la ceniza
Al cardo y al rastrojo,
Que ardieron para aliviar
La piel del oprimido,
Para besarle la quimera,
Para tallar vida en sus ojos...

Mientras tanto la ciudad
Va calzando sus cuchillas
Pues la urbe es liquidar,
Es un serrucho de saldo,
Elevan catedrales
Y cielo está en el fango.

No entendáis que entendéis algo,
Pensad en el hambre.



Imagen perteneciente a la obra El grito nº 1, de Oswaldo Guayasamin (http://www.guayasamin.org/).








Licencia de Creative Commons
Sermón del Hambre by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

viernes, 13 de mayo de 2011

Mientras pintaba SABBATH






      Una ortiga adolescente, al contrario que la adulta, no puede prescindir de la atmósfera que envuelve su urticaria, por ello la transforma, la hirsuta en trazo.

 ...


      La aleación de piel y lunático satén esquirla la carne por sí misma y gravita en cópula, la de su ignición con éter.

      En el limbo del incendio se suicida la visión, siempre fue así.

      Ora son invertidas bóvedas que se ahorcan en su obscena gelatina, ora nucleares monóculos que penden de cornisas de flama, o crisálidas esféricamente ahumadas por ceniza… Hasta que devienen en meduseos cíclopes sacrificados por la decadencia de su perspectiva, condenados a mirar sin tregua y sin sarcófago.

      …Ya no se les puede exigir a unas cuencas oculares carentes de párpado que mastiquen el enfoque.
      Y bajo el romo de su cosmología hibridan las que danzan copuladas, se aparean con las placas tectónicas de la deflagración del espacio.

      Idólatras aquellas que distinguen la piedra fundida de la lava.

      Por consiguiente, para gozar de esta lúbrica iniciática, el pestañeo está proscrito. Entonces,… transgredamos el mecanismo del ojo y su bostezo recurrente, que más que párpados y córneas desplegamos por inercia dos bocas de pescado que boquean al querer eructar canicas.
      Habrá que transfigurar la fascinación por el espasmo de la brújula cuando la plenitud de su inmovilismo la penetra o llamarlo misticismo de los descarriados.
      Develado el horizonte prosigamos entonces urdiendo magma.
     
      El fuego se lamina para alojar secretos entre lascas de piromanía. Pero aquellas aureoladas deidades no consienten que el placer no se comparta. Entonces démosles onzas de fogata con la impronta de la fornicación extasiando la punta de cada espelma. Ofrezcámosles todo lo que demanden para concluir la obra sin contratiempos… aunque, merced de su voluntad, este expresionista invernadero comienza a ser más suyo que del intrínseco cultivo.
     
      Y cada vez que se acercan los dedos a la tela aúllan frecuencias arcanas… descubro que el propio lienzo es un theremín compartido. Cuanta más materia inyecto más deseos de rebatir su evanescencia atesoran estas meretrices, embaucan con cánticos de crines intuidos.

      Aquellas cuerdas invisibles estiran del cráter, se aseguran de que la mano consume la erupción de su emboscada.

      La tiranía se estimula con ceguera.

      Los parámetros se forjan con otras medidas decretadas; éstas, a su vez, se crean con leyes y órdenes sedimentados en terca nervadura… La vida que hemos construido es un aula de moral entumecida, con cimientos de juicio sobre juicio, norma sobre norma. Allí se asientan los tiranos, encima de peldaños de párpados obtusos.

      ¿Dónde está el chasquido en la maqueta apelmazada?

      Sí, la ambición de los íncubos siempre fue aquel crujido que la debilidad suplanta por razón adiestrada.
      El ciclo del espectro se desata en el arte y la pintura.
      De modo que, al tiempo que blandía rígido nervio de pincel, brotaba de un segmento infinito; sí que existen tales.

      Culmino y maldigo al rebuscar algún rincón para ocultar esta arcana alegoría. Encubro las voces con otro polvo, el del padre que repudia al legítimo y, hasta hace poco, ha habitado el sudario de una cavernosa alacena.

      La obra siempre ha pertenecido al reino del seísmo que no a la distocia. Y esta otra que depone sólo es hija de aquella Teoría de Cuerdas que proclama a la partícula como estado tembloroso.


A esta incubadora somática se enfrenta la memoria como un mamado insecticida…


Así urdía el tiempo, tal un alambique hedonista, absorbiendo traficado metano para destilar escapularios de sacrilegio. Uno de ellos fue Sabbath. 



El lienzo de Sabbath me estaba soñando al mismo tiempo que yo lo soñé a él. 



(La imagen pertenece a Sabbath, un óleo sobre lienzo pintado en la adolescencia)









Licencia de Creative Commons
Mientras pintaba SABBATH by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

viernes, 15 de abril de 2011

Mitos, prostitución y licantropía

   



   



    El término “cancerbero” en nuestra actual lengua española es sinónimo de vigilante, guardián y otros vocablos de análogo significado. Pero la palabra “cancerbero” debe su origen a la fascinante Mitología Griega.

    Cerbero o Can Cerbero era un ser mitológico, el perro de Hades, un monstruo de tres cabezas que blandía por cola una serpiente. Can Cerbero guardaba la Puerta del Reino de Hades o el inframundo, y aseguraba que los muertos no salieran y que los vivos no pudieran entrar.

 ...  



    La presentí cuando desprende las hebras de piel el invierno. Petroleaba rostros el ocaso y el himen del viento estaba partido.

    Era una prostituta sonámbula que amalgamaba humo en las axilas y cólera urdida en las ingles. Solía sentar el tránsito fúnebre de sus nalgas en portales nocturnos y en latitudes blandas como ganglios de gelatina corrupta.
    Llegué apartando neblina hasta la vibración de una presencia uterina y sombría. Me alojé tras su reverso mudo y le peiné mechones jironados de cabello como lenguas bífidas y apelmazadas por el sólido semen de sus aniquiladores. A la intemperie exponía la columna vertebral, que a penas ensamblaba su carne, estaba roída como una espina boreal que adelgaza con el fuego.

    Y lloré sobre ovarios de desidia, tragué el ectoplasma de mi propia posesión para gritar que exorcistas las manos de todo aquel que extirpa vida de otros cuerpos, orfebres de infamia que punzan las más sumisas alhajas para labrar la rabia frágil y feroz, femenina…

    Ella y su prostíbulo cuerpo nació entre vientres tratantes de pellejo. Maceró en su piel la raíz del lanugo inmaculado, ese vello con el que todos veneramos al origen. La membrana de su niñez ocultó aquellos muñones de pelusa alojados como embriones voraces. Fue viviendo desgarros e inmundicias y poco a poco la carne traficada de hoy fue mutando en humus de una estepa que espesa las fibras capilares para ser escarpias resentidas.

    Yo seguía tras ella, esperando adorar voz y desamparo. Cuando giró su rostro y saldó la mortaja de sus labios para pedirme líquidos embotellados ya no había boca, eran fauces las que le robaban niebla al entorno, eran sus dientes los que estaban enhebrados con hilos de etílica saliva, y una sombra reventaba el espacio entre sus ojos como un hueso al que todavía le quedan cepas de sangre por devorar.
    Acerqué mis incisivos a la nuca de la fiera errante para evitar su dentellada y contra lajas de cabello atormentado murmuré mi trance vengativo: …licantropía… licantropía…

    Enloquecidamente hurgué el lodo suplicando huellas de perra, de ella. Enardecidamente las encontré y exigí lluvia para que rebosara de caldo sus pisadas y beber, de ellas.

    La catarsis ha de transmutar la rabia urdida en el odio para renacer en rabia simple y salvaje.

    Comencé a transfigurarme…

    Efervescencias crujiendo en lagrimales, párpados convexos, exudado de líquidos biliares, entramado de arterias que tiran de la carne como garfios purpúreos que descarnan. Fémures se agitan soterrados, esternón que detona, volatiliza el latido, las manos ocultan su humana procedencia, los labios se fracturan sobre la mandibular crecida, pabellones auditivos fragmentan el silencio para escuchar frecuencias invisibles, se despedazan sentimientos o recuerdos… y ya no soy capaz de proseguir con descripciones homínidas, ajenas a mi nueva y feroz naturaleza…


    Desde entonces persigo a un chacal mutilado que, con el vaivén de su cojera, va cardando el empañado de la niebla. Repele incesantemente mi cercanía porque sabe que es el cancerbero de la Puerta a los Infiernos. Impide mi acceso mientras habito el intramundo, o aquella dimensión entre el mundo de los vivos y el de los muertos.


    Ocupo un fragmento del espacio todavía sin resolver…






Licencia de Creative Commons
Mitos, prostitución y licantropía by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

viernes, 8 de abril de 2011

La vida está en otra parte


   

    Pensar que la encumbrada institución del dogma forja elitismos y que éstos, a su vez, son un revulsivo contra la mísera vida de la muchedumbre es una antigua entelequia de adolescencia universitaria.
    Es allí donde lamía frisos de biblioteca o murmuraba sedales articulados para hilar la mente hasta dejarla madeja atorada, apretando instintos ahora devanados.
    Una silla triste de matices, sabiendo que era astilla, fue hurgándome el contorno para suplir al verdadero cordón umbilical, a aquel que constituye el único usufructo que se extingue con la vida y no al contrario.
    Pero un día cualquiera sin retorno, consciente de nadar sumergida en la falsa placenta, intenté alejarme de tanta anémona de papel sobre fondo de pupitre: la dócil e invocada Cerillera de Andersen fue sustituida por esa insoportable levedad del ser que inmortaliza Kundera:

    “Una chica que, en lugar de llegar “más alto”, tiene que servir cerveza a borrachos y los domingos lavarles la ropa sucia a sus hermanos acumula dentro de sí una reserva de vitalidad que no podrían ni soñar las personas que van a la universidad y bostezan en las bibliotecas. Teresa había leído más que ellos, había aprendido de la vida más que ellos, pero nunca será consciente de eso. Lo que diferencia a la persona que ha cursado estudios de un autodidacta no es el nivel de conocimientos, sino cierto grado de vitalidad y confianza en sí mismo. El entusiasmo con el que Teresa se lanzó a vivir en Praga era al mismo tiempo feroz y frágil…”

...

    Descalzada me alejé durante un tiempo de los terrarios que construyen los hombres. En ellos aspiran a pacer como bestias de civilización, incapaces de vibrar con la ofrenda de alborada que saliva sobre vellos y pieles, que consuma el cortejo como un panal de gotas. La atmósfera es un alambique o así comienzo a respirarla con mis nuevas córneas exentas de vidriera.

    El polen temprano espera su transmutación para consumar otras metamorfosis aladas. Sí, ya puedo distinguir cada uno de los ciclos del polen.

    El sentido y el instinto arcaico inician su reencarnación después de milenios levitando por los bosques, reclaman ser ligados en glándula y cartílago. De esta forma, sobre un desahuciado monolito, trituro enloquecida la terracota de mi corazón con otras vísceras que creí extintas.

    Las aves son limadura de libertad que gravita.

    Las huellas ya no son lo que eran o antiguas cicatrices de tacto necrosado. Son meros restos sobre el lodo de grandes y pequeñas amebas que se empujan en procesión.

    El imperio del agua, aquel que funda jabones y otros adulterios, se desvanece  en este retiro para ser un sólo bálsamo que limpie o atempere. Es esencia.

    Los hongos desvirgan las socas de roble con cierta laxitud porque saben que en el árbol ya no existe resistencia y, al igual que la soca, mi cuerpo permite que el parásito engendre sobre muslos o costado, aquí no tiene trascendencia, no como en aquellos terrarios en los que el parásito sí que mina identidades.

    Hundo los pies en alvéolos violeta o escarlata, son como los incesantes peldaños de aquella escalera de Penrose que se eterniza. Musgos que pellizcan verdes la duricia de lascas y cortezas para sonrojar lo árido. Tiempo oblicuo, helada gratinando, raíces son reservas… escucho el estallido de astas o comienza el otoño…

    Hasta que advierto abrevaderos que anestesian la vida silvestre, hasta que huelo cepos como postizas dentelladas que hurden mecanismos letales … estoy en un invernadero más, en una urna camuflada bajo la complaciente y preciada liturgia de la naturaleza que nunca dejará de servir a nuestra tiranía.

    Emprendo rauda el retorno a las aulas de la engañosa infabilidad, galopo más que nunca.

    Frágil y feroz muerdo con vértices de humo.
   
    Frágil, porque estos pies son al camino lo que es al amparo la chabola acribillada y al muñón la prótesis de esparto. Feroz, porque ya sé lo que es nivelarme rellenando con ortigas la carne que me falta, lo haré agachando los hombros contra el barro. Y así, mientras arranco tallos urticantes con una mano, vendimio piedras con la otra y recojo espuelas desechadas, lanzadas para ser obstáculos ahora que han cumplido con la llaga. Así se explota el mal al máximo en el mundo del que siempre huyo sin remedio.
   
    Frágil, porque cualquier gárgara de viento puede sodomizarme la garganta. Feroz, porque la boca aprende rápidamente a plagiar bramidos frugales, de esos que espantan al soplo del humano.
    Feroz, feroz, porque mis pasos a todo lo que aspiran es a ser un concurso fraudulento de uñas arrastradas compitiendo por avasallar el polvo.

    No atesoro ilusiones de rumbo definido porque sé que la vida está en otra parte…











Licencia de Creative Commons
La vida está en otra parte by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

sábado, 2 de abril de 2011

Testamento salvaje

     


       El cortejo a la vid, un culto sostenido por el ansia a la despreocupación, al imprevisto, o enmendar el esquivo paradero de la dicha, o estimularla etílicamente enmascarando el torpe sedal que nos recompone.

      El cortejo a la vid, cuando la memoria terminal de la añada se preserva apadrinando doce frutos o tal vez se intente olvidar… es un placebo.

      El cortejo a la vid, cuando escucho a Tool y recuerdo la suplica de Keenan sobre la perpetua embriaguez mientras prepara sus viñas… hasta que un día cogí un grano de uva y lo observé al trasluz…sentí la querencia irrefrenable de quebrar su piel, atravesar la pulpa, llegar hasta el núcleo y quedarme allí dentro, observando la luz del día a través de su carne traslúcida… y quise volver…


...



      Vuelvo al bosque, a buscar fractales de liquen y enraizar emboscadas. Vuelvo al parto del fuego, a agasajar la aspereza cavernaria con suaves maquetas de pelo rupestre.
      
      Así es como regresa el salvaje.

      Vuelvo a libar las paredes de la gruta: los átomos de piedra exfoliarán mis vísceras y triturarán todos los cepos masticados que hacen que siempre suenen las alarmas, esas que el hombre impone para protegerse del hombre antes de acceder a las casas que lo representan.
      
      Así es como se purga el salvaje.

      Vuelvo a conquistar el sílex. Con su calizo serrín apelmazaré cada escarpia que sondó a través del párpado mis córneas. De este modo fosilizo pestañas y ensarto cada una de ellas para fabricar el collar o el mecanismo que me arañe la garganta con las uñas de los ojos, que vieron y vivieron desmedidos.
      
      Así es como macera la rabia el salvaje, para reorientarla hacia la caza y la supervivencia.

      Vuelvo a bramarle a los tallos que sólo soy una hembra que ansía desprenderse de la lámina que injerta la feminidad opulenta. Tan sólo dólmenes de niebla en el costado o lúnulas de musgo en los talones adornarán las ondas corporales.
      
      Así es como se equipa el salvaje.

      Vuelvo a desbordar de piel el tronco, a segar el agua con la lengua, a amasar el polen con el labio, a fingirle al rapaz que soy su presa, a inflamar guijarros cenicientos, a lloverle a la hierba hilos sonrosados, que mi ombligo recoja el agua para saciar la sed del animal que después me devore, a estallar el grito esencial contra el orbe antiguo, …
      
      Así es como hace el amor el salvaje.

      Vuelvo a proclamar que aunque exista la interinidad del color en la flor de temporada, hay eternidad en el azul enloquecido por el dogma del verde, hay esperanza en este azabache que pernocta sobre el buche de jade que cubrió la tierra hace milenios.
      
      Así es como mantiene la fe el salvaje.

      Vuelvo a postrar mi carne y mis huesos al entorno, es lo más valioso que mi consciencia reconoce y cuando fenezca, encogida en un jirón de estiércol, alimentaré a otros vitales ciclos sin derramar cenizas. No deseo verter mis restos sobre la superficie pues con ellos la civilización va emparedando la dócil placenta que amamanta sus corruptelas.
       
      Y si así es como debe morir el salvaje moriré salvajemente...


(Imagen perteneciente a la obra del fotógrafo ruso Igor Amelkovich)






Licencia de Creative Commons
Testamento salvaje by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

lunes, 14 de marzo de 2011

Elegía de Astado y Galgo



  
   Ceniza y sangre eructaba la carne del astado. Era una bestia roída al que su lomo y estertores los apostaba el amo, entre festivaleros encierros y cínicas praderas, pues el verdor de éstas era el sudor que el bronce desdeña al oxidarse. Rendido y derrotado de tanta reyerta, su querencia era ya loca y depravada: adicto a la herida y a su herrumbre, codiciaba cada fosa abierta en su espalda en virtud de la corrida como un luto, una pena adoradora de la muerte producida en su manada.

   Pronto reventó el dispensario de prados con el que lo extorsionaban, con el que lo corrompían.

   Solo, con empuje lacónico y furioso, consigue bramar la tormenta y lidiar al rayo vengativo. Incendiarias latitudes y aviesas heladas devienen en virtud de su cornada. No se rinde a la siembra y su confusa adicción a fecundar con polen y metano… pero sus pústulas le rabian, el caudal de la punzada humea contra el sol y la colina, sangra y se desangra, lame y se relame para iniciar un nuevo desangrado.

   Hasta que derrumba la titánica alzada para hundir su latido en el licuado.

   Allá, a lo lejos, una estructura famélica y usada se acerca al venado como una maqueta de viento y estiércol. Es un galgo.

   El can se va acercando al astado…

   El amo del espectro vagabundo, un despiadado cazador, hizo del fiel galgo una astilla de crisol y madrugada a base de enseñarle el pan y negarle el alimento, a fuerza de aporrear su fragua apuñalante contra pellejo, humildad y huesos.
  
   El venado ya era un derrame de tierra y el galgo estaba sediento.

   Cuando ambos se encontraron el perro quiso beber y el toro le ofreció la oscura lava de su cuerpo. Pero la escuálida mandíbula del galgo, como un mecano de arena apelmazada, se quebró con un bostezo sobre el charco granate y granizado. Y cual gris harina polvorienta, espesó los restos del astado.

   Y donde crezca
   el liquen ceniciento
   allí estaremos,
   pues tu eras el toro
   y yo el perro.











Licencia de Creative Commons
Elegía de Astado y Galgo by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

martes, 1 de marzo de 2011

La violonchelista voraz







Un esternón estepario aguarda fatuo. El busto de la violonchelista voraz vomitó dos brazos que a su vez insuflaron tejido celular para rellenar sendas palmas. Las cavidades salivadas de los dedos eran válvulas, retuvieron el secreto de la energía hidráulica a su vez que eólica. Con esta mezcla de aire y de agua buscan aquellos dígitos la lateralidad de la cuerda, y es entonces cuando el perfil aúlla invisiblemente para aparearse: la resonancia cavernaria inflama a este instrumento como devora al seno su glándula.

Mientras tanto, en un tórrido glaciar trasnocha un lobo endémico, se arrastra hasta aquel blasón de rocalla adaptando su alarido a la externa membrana lunar que a su vez es báculo del imperio del crepúsculo. Por tanto el arco es al instrumento lo que el satélite al gemido de aquel sombrío salvaje.

Ella, la violonchelista voraz, intuye que la crin que hierve la cuerda de su elemento desciende de la blanca madeja nocturna. Lo sabe desde aquel día que emergió hacia las tinieblas del bosque para plañir allí la frecuencia, en aquel páramo, hacia el laberinto de tronco y rapaces ondas oscuras. Aquella noche decidió vagarla con su chelo ahorcado entre las nalgas y desde aquel simbiótico concierto habita el bosque desbocadamente.

Cada orto es un embrión que se quiebra para escucharla, siendo la voz que ahora suplanta a su humano timbre la de aquel enigmático escudo que encaja en su carne como un grabado de músculo y madera. Ora estremece yemas con la helada, ora el aire sonámbulo la yerra… ya no intenta llorar de otra forma.


Un lobo terco y antiguo solía reclamar el trance orbitando la fuga de la violonchelista voraz. Ella vertía en su bosque… ignoraba la homínida esencia de su objeto de culto…pero descubrió el gen de la hilada, en un dolmen de luna. Desde entonces su gemido se punza con la cuerda… ya no intenta aullar de otra forma.














Licencia de Creative Commons
La violonchelista voraz by Gabriela Amorós Seller is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...